Daniel Morcate

Lo cubano en la campaña presidencial

La actual contienda presidencial refuerza el criterio de quienes pensamos que los cubanos nos hemos ido quedando solos con nuestra ardua problemática a cuestas. A pesar de que la campaña comenzó hace casi dos años, el tema cubano brilló por su ausencia hasta que asesores convencieron a Donald Trump de que lo explotara recientemente con el objetivo de ganar el voto cubanoamericano, que en Nueva Jersey es importante y en la Florida puede ser decisivo. Pero ni Trump ni su rival demócrata, Hillary Clinton, tienen un historial o una postura que auguren nada bueno para nuestros anhelos de que Cuba transite hacia un estado de derecho que respete la democracia y las libertades individuales. Por eso creo que en esta ocasión, los cubanoamericanos deberíamos basar nuestro voto en otras diferencias significativas entre los dos candidatos.

Antes de su reciente cambio de postura hacia Cuba, Trump había elogiado la reanudación de relaciones entre Washington y La Habana sin criticar la ausencia en ese proceso de opositores cubanos, ni exigir que el régimen castrista honre de inmediato los derechos humanos. Con el desparpajo que le caracteriza llegó a decir que le gustaría inaugurar un hotel Trump en Cuba. Y cuando por fin varió el discurso, para coquetear con los votantes cubanoamericanos, la revista Newsweek le recordó que una empresa suya había violado el embargo a Cuba en 1998, cuando invirtió $68,000 para explorar oportunidades de negocios en la isla cárcel, algo que entonces estaba rigurosamente prohibido.

Pero así como Trump carece de convicciones sobre lo cubano (como sobre tantas otras cosas), las convicciones de su contrincante no son precisamente las más recomendables para el futuro de Cuba. A diferencia de Trump, los asesores de Clinton le han pedido que en sus frecuentes visitas a la Florida no mencione la cuestión cubana. Ello se debe a que la candidata demócrata no solo ha comprado por su valor nominal la componenda del presidente Obama con la familia Castro sino que, antes que le recomendaran silencio, presumió de haber sido su arquitecta. En su libro Hard Choices, Clinton cuenta cómo, en su condición de secretaria de Estado, le insistió al presidente sobre la conveniencia de cambiar la política hacia Cuba y levantar el embargo.

Clinton lleva además un pesado bagaje personal y familiar sobre lo cubano. Los disturbios de refugiados del Mariel en Fort Chaffee en junio de 1980 le costaron la reelección como gobernador de Arkansas a su esposo Bill Clinton y estuvieron a punto de malograr su carrera política. En la contienda por la presidencia, el mandatario perdió dos veces el voto cubanoamericano. No en vano se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en adoptar una política oficial de deportaciones de balseros cubanos. Esa política, popularmente conocida como “pies secos, pies mojados”, hubiera sido mucho más drástica de no haber sido por la firme oposición de exiliados y cubanoamericanos influyentes. Hillary Clinton la respaldó como también respaldó la devolución del niño balsero Elián Gonzalez, hoy tristemente convertido en una marioneta de la dictadura cubana, precisamente como advertimos que iba a suceder quienes nos opusimos a la “reunificación” con su padre, quien ya entonces era una marioneta castrista.

Como resultado de sus experiencias Clinton cree, al igual que otros demócratas, que a los cubanoamericanos hay que marginarlos lo más posible de la política norteamericana hacia Cuba; solo confía en aquellos que estén dispuestos a aplaudir la nueva estrategia de realpolitik que ha emprendido Obama, aunque el régimen castrista no dé señales de cambios democráticos y continúe pisoteando los derechos humanos. Trump, por su parte, carece de convicciones sobre lo cubano. Aunque hoy prometa erradicar las medidas ejecutivas que han acercado a Obama a los Castro y “buscar un arreglo mejor” con esa familia, la verdad es que nadie sabe a ciencia cierta lo que eso significa; ni parece prudente confiar en sus vagas promesas.

En lo que respecta a Cuba, los cubanos libres en realidad no tenemos un buen candidato en esta contienda presidencial. Pero hay muchas otras diferencias entre los contendores que a mi juicio facilitan la decisión de por quién deberíamos votar el ocho de noviembre. O antes.

Periodista cubano.

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