Daniel Morcate

Ajuste de cuentas

Simpatizantes de Donald Trump manifiestan su apoyo al entonces candidato republicano en el exterior del Museo de la Brigada 2506 en Miami, el 25 de octubre, cuando Trump visitó el local.
Simpatizantes de Donald Trump manifiestan su apoyo al entonces candidato republicano en el exterior del Museo de la Brigada 2506 en Miami, el 25 de octubre, cuando Trump visitó el local. TNS

Poco después de que el gobierno del presidente Obama se embarcara en la aventura temeraria de reconocer al régimen de la familia Castro, envió a representantes a consultar la opinión de exiliados. Algunos les advirtieron que, si no incluían seriamente en el diálogo a la oposición interna, la liberación de los presos políticos y el respeto a los derechos humanos, la comunidad cubanoamericana les pasaría la cuenta a los demócratas en noviembre de 2016. Más de uno incluso les dijo que contribuiría a ese ajuste de cuentas. Y eso es exactamente lo que sucedió. Hillary Clinton perdió la presidencia por diversos motivos. Pero uno importante fue el voto adverso de los cubanoamericanos, el cual le costó el estado clave de la Florida. Ningún candidato gana por ahora la Casa Blanca sin conquistar nuestro estado. Eso significa que quien aspire a ganarlo debe entender el complejo tejido social y político floridano. Y actuar en consecuencia.

¿Por qué desoyeron el presidente Obama y sus asesores el consejo de aquellos exiliados? En pocas palabras, por arrogancia ideológica. La idea de que era bueno para el gobierno norteamericano y el país entenderse a cualquier precio con la satrapía cubana adquirió categoría de dogma. Obama y sus consejeros se agenciaron el apoyo de otros cubanoamericanos que les confirmaran su fe ciega en el arreglo incondicional con los Castro. Y eso se evidenció en la conducta oficial. Consideremos algunos ejemplos. Aun antes de anunciar el cambio de política, funcionarios del gobierno de Obama filtraron a Prensa Asociada informaciones sobre el supuesto fracaso de iniciativas suyas y del previo gobierno del presidente George W. Bush para promover la sociedad civil en contra de la voluntad del régimen castrista. Las filtraciones pusieron en peligro a cubanos de la isla que habían colaborado en esas iniciativas. Algunos sufrieron represión. El propósito era fomentar el derrotismo incluso entre los cubanoamericanos. Luego los Obamistas pactaron con The New York Times una serie de editoriales simplistas que abonaran el camino para la nueva estrategia, la cual en realidad había comenzado un año antes.

Después sobrevino el hubris. El presidente normalizó las relaciones con La Habana sin exigirle a cambio prácticamente nada a favor del respeto a los derechos humanos y las libertades individuales. También rechazó incluir en el diálogo a la oposición cubana y el problema racial en Cuba, algo que le recomendaron compatriotas de la isla y del exilio. Y desató una ofensiva propagandística para justificar su acción, promoviendo las visitas frívolas a Cuba de famosos artistas, deportistas y otros compañeros de viaje. Gran parte de la prensa nacional aplaudió la propaganda del gobierno sobre las nuevas relaciones. Y a pesar de su inteligencia, cultura política y nobleza, el presidente proclamó aquella inexplicable barrabasada de que él ni siquiera había nacido cuando comenzó el conflicto entre Cuba y Estados Unidos, como si la presencia física fuera un requisito imprescindible para entender la historia, a sus grandes criminales y, sobre todo, a sus víctimas.

Hillary Clinton no tardó en contagiarse de la euforia dialoguera. En sus memorias Hard Choices se proclamó la arquitecta del cambio político hacia Cuba y subrayó que se lo había recomendado a Obama desde muy temprano. Algunos asesores le habían vendido como válidas las conclusiones de encuestas realizadas en la Florida según las cuales la mayoría de los cubanoamericanos apoyamos la componenda. Pero esas encuestas adolecen de un error fatal y voluntario: a propósito excluyen de sus preguntas temas claves como los derechos humanos, la libertad y la democracia en Cuba. Para los cubanos, esos son temas de sobremesa, de nuestra vida cotidiana, de la que vivimos nosotros y, sobre todo, de la que viven nuestros allegados en la isla. Ningún sondeo que deje de reflejar esta realidad fundamental puede captar el verdadero sentir y parecer de muchos cubanos. Los captaron las urnas el pasado ocho de noviembre.

A pesar del errático comportamiento del gobierno y de Clinton sobre Cuba, la mayoría de los electores cubanomericanos parecía estar dispuesto a apoyar la boleta demócrata. Así lo sugerían encuestas hasta semanas antes de la votación. Una de Univision Noticias divulgada en julio mostraba un empate de 41% en la intención del voto cubanomericano. Pero eso cambió a 49-42 en el mismo sondeo divulgado días antes de la votación. ¿Qué había sucedido? El presidente Obama había hecho gala de hubris otra vez. Levantó la prohibición de importar tabaco y ron cubanos robados por el régimen castrista a sus legítimos dueños y se jactó de ello en un programa humorístico con Jimmy Kimmel. También ordenó a sus diplomáticos abstenerse en la ritual votación anual en la ONU sobre el embargo a Cuba, una forma políticamente torpe de expresar su frustración porque el Congreso se niega a eliminar esa pieza de negociación con La Habana. Ambas medidas inoportunas provocaron un amable y profético regaño al Presidente por parte de nuestro colega del Herald Andrés Oppenheimer.

El puntillazo final lo dieron asesores que le recomendaron a Donald Trump cortejar a última hora el voto cubanoamericano, el cual él había ignorado durante la campaña. Se dice que Trump lo hizo a regañadientes porque su corazón no está en oponerse al castrismo sino en hacer negocios con él, como corresponde a un personaje sin demasiados escrúpulos ni convicciones políticas. El oportunismo de Trump se sumó así al hubris de Obama y Clinton. “El hubris”, escribió el viejo Aristóteles, “consiste en hacer y decir cosas que causan vergüenza a las víctimas simplemente por el placer de hacerlo”. Y agregó que los jóvenes, los ricos y los poderosos suelen sentir hubris “porque se creen mejores que los demás”. En la eterna lucha entre el bien y el mal, las víctimas son inexorablemente mejores que sus victimarios. Por eso debemos asumir siempre su defensa, sean quienes sean y estén donde estén.

Periodista cubano.

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