Daniel Morcate

Para Cuba renace la esperanza

La muerte de un tirano debe ser una ocasión feliz para el pueblo que lo ha padecido. La de Fidel Castro lo es para millones de cubanos que viven dentro y fuera de la isla, aunque los de allá no puedan manifestarlo con la misma efusión y esperanza con que lo expresan los de afuera. Pero su esperada y deseada partida no traerá de inmediato los resultados que anhelamos la inmensa mayoría de los cubanos: la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos esenciales en nuestro país. Su larga convalecencia y la complicidad, indiferencia y negligencia de numerosos gobiernos, en parte han permitido que el régimen despótico que engendró continúe prácticamente integro e incluso que se dé el lujo de prepararse para alguna forma de institucionalización tras su muerte: una especie de dinastía familiar al estilo de las egipcias y chinas en la época feudal, las africanas y europeas en los tiempos de las monarquías o las contemporáneas como las de los Somoza en Nicaragua y los Kim en Corea del Norte.

Los tiranos de larga duración, como Castro, son un vívido reproche a sus pueblos por no haber sido capaces de desembarazarse de ellos. No nos llamemos a engaño: Castro nos cogió la vuelta a los cubanos. O el tranquillo, como dicen en España. Supo usar arteramente a unos contra otros para alimentar su narcisismo y su insaciable apetito de poder. No lo habría logrado sin la complicidad de miles y miles de compatriotas que vigilaron, denunciaron, expropiaron, encarcelaron, torturaron y asesinaron a otros cubanos. Todavía hoy, convertido ya en polvo y cenizas, su mayor legado sigue siendo un régimen de terror que sobrevive gracias principalmente a esa lucha encarnizada entre Caines y Abeles caribeños.

Pero tiranos longevos, como Castro, también dejan una profunda mancha negra en el historial de las democracias. Son prueba fehaciente de que la comunidad de naciones democráticas aún no ha aprendido a defender con constancia, firmeza y eficacia los valores humanitarios que practica y representa. A lo largo de su reinado abusivo y cruel, Castro contó mucho más con la complicidad y el beneplácito de las democracias que con su hostilidad o rechazo. Y esto a pesar de que desde Cuba organizó y auspició numerosos movimientos políticos y guerrilleros para subvertir a gobiernos democráticos, a los que siempre consideró representantes de burguesías decadentes e intereses espurios. Despreció como débiles a los demócratas que se limitaban a recomendarle tímidamente libertad de mercado, pluripartidismo y prensa independiente en Cuba. Respetó un poco más a los demócratas que se lo exigieron, aunque también los combatió con rencor y ferocidad.

Con su larga permanencia en el poder, sin responder por sus innumerables crímenes, Castro también envió un peligroso mensaje de impunidad a otros aspirantes a dictadores, especialmente en nuestro hemisferio. Y discípulos no le han faltado. Sin duda el más aventajado fue el venezolano Hugo Chávez, a quien la biología le frustró los planes de perpetuarse en el poder. Pero también han procurado imitarle, con diversos grados de fidelidad al modelo y éxito, el nicaragüense Daniel Ortega, el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa, entre otros. Hoy los tres se cuentan entre sus principales plañideras. Cada reconocimiento que recibió por parte de legítimos gobernantes democráticos fue una bofetada sin mano para los cubanos esclavizados; y sirvió de aliento a imitadores del tiranosaurio cubano quienes han sabido cobrarles bien caro a sus respectivos pueblos las veleidades de esos demócratas inconsecuentes.

Si la muerte de Fidel Castro no da paso a una campaña mundial a favor de la libertad y la democracia para Cuba, el viejo tirano se habrá anotado su primer triunfo póstumo. La ocasión es propicia porque invita a expresar y fomentar la solidaridad con los cubanos que padecieron su gris y tediosa dictadura y con los que ahora padecen la de su hermano Raúl; a exigirle cambios genuinos en la isla que reconozcan la esencial humanidad de todos los cubanos, independientemente de su raza, sexo o manera de pensar sobre política o sobre cualquier otro asunto vital. La muerte de Castro debería ser, en otras palabras, la hora de hacer posible una Cuba libre, democrática y próspera. Esa Cuba “con todos y para el bien de todos” que imaginó Martí.

Periodista cubano.

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