Daniel Morcate

Nueva era en Puerto Rico

Rincón – Dentro de dos semanas nacerá una nueva era en la historia de Puerto Rico. Regresará al poder un gobierno conservador que controlará el ejecutivo y las dos cámaras legislativas. Pero ese poder aparentemente amplio del Partido Nuevo Progresista, promotor de la estadidad, será más simbólico que real en asuntos presupuestarios. Y es que también entrará en acción la junta federal para el control fiscal, la cual tendrá la última palabra en lo que respecta a cómo la administración estatal, que padece una histórica quiebra, gasta cada centavo. Muchos aquí piensan que también tendrá la primera palabra sobre el espinoso tema. Es la consecuencia de décadas de la práctica irresponsable de pedir prestado y gastar más de lo que en realidad recibía el gobierno de los impuestos, aranceles y tarifas.

El gobierno de Puerto Rico se había enfermado de clientelismo. La clase política conquistaba el poder y procuraba mantenerse en él basándose en el favoritismo hacia partidarios leales y sectores de votantes. Los posibles efectos sobre las finanzas estatales eran secundarios. La profunda crisis económica, que dura más de una década, ha sido el grito de alarma, estruendoso y previsible, para que los políticos puertorriqueños reconsideren esa mala costumbre. El nombramiento de la junta fiscalizadora ha sido un reconocimiento humillante de que no fueron capaces de hacerlo por su cuenta. El clientelismo sobrevive de hecho en la conducta de muchos políticos locales. Demasiados líderes municipales continúan repartiendo prebendas, prodigando favores y practicando el nepotismo como si la isla no atravesara una crisis propiciada, precisamente, por esos malos hábitos.

Puede que la junta fiscal contribuya a enderezar las torcidas finanzas del estado puertorriqueño. Tal vez lo logre a largo plazo, como piensan los optimistas. Contribuirían a ese ansiado desenlace el éxodo de personas que han dejado de competir por los recursos del estado; las jugosas remesas que envían emigrados, las cuales se sienten cada vez más en ciertos renglones de la economía estatal; el impago a los acreedores del estado; y el vendaval de impuestos, tarifas y medidas de austeridad que el gobierno ha infligido a los más de tres millones de abnegados héroes que permanecen atrincherados en la isla, ya sea porque no pueden emigrar o porque han decidido echar su suerte con la del maltrecho estado puertorriqueño, sus familiares, sus amigos.

Pero la junta supervisora no podrá hacer milagros a menos que también cambie la mentalidad clientelista de los políticos isleños. La idea de que el gobierno es un negocio para beneficiar a familiares, amigos y partidarios incondicionales deberá ceder el paso a una visión más amplia y solidaria del bienestar común. Los gobiernos de Puerto Rico, desde el más elemental, que es el de los municipios pequeños, hasta el central deberán volver a ser vehículos para promover el desarrollo del país, la educación formal de sus habitantes y la protección de su salud sin discriminar por ideología o militancia política. Y esa meta habrá que perseguirla con transparencia, no escamoteando los desafíos que aparezcan en el camino, como hicieron varios gobernadores corresponsables de la debacle financiera que hoy padece la isla. Los otros responsables son el Congreso y algunos presidentes de Estados Unidos. Pero eso es harina de otro costal a la que he dedicado columnas anteriores.

El gobernador saliente, Alejandro García Padilla, acaba de conceder una entrevista a El Nuevo Día que refleja tanto los males que llevaron al país a la bancarrota como los esfuerzos por salvarlo. García Padilla reconoce que, al inicio de su mandato, también le ocultó al pueblo puertorriqueño la crisis financiera que heredó de su antecesor Luis Fortuño; y parece ignorar la percepción de nepotismo que causó la cercanía de sus hermanos al poder ejecutivo. Pero también hace un recuento importante de las arduas batallas que libró. Esas batallas tenían como propósito hacer entender a los puertorriqueños la magnitud del desastre. Su empeño me recuerda una frase memorable de Luis Muñoz Marín, el padre de la modernización de Puerto Rico: “Así se dignifican y se levantan los pueblos. Enseñándoles a adoptar, no la conducta más conveniente, sino la conducta más honrada”. Le creo a García Padilla cuando afirma que él por lo menos lo intentó.

Periodista cubano.

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