Daniel Morcate

Un bully en la Casa Blanca

El presidente Donald Trump se reúne con el secretario de Seguridad Interior, John Kelly, y otros expertos en cibersguridad en la Casa Blanca, el 31 de enero.
El presidente Donald Trump se reúne con el secretario de Seguridad Interior, John Kelly, y otros expertos en cibersguridad en la Casa Blanca, el 31 de enero. Getty Images

En poco más de una semana, Donald Trump demostró al país y al mundo el peligro potencialmente catastrófico de haber elevado a la poderosa presidencia de Estados Unidos a una persona inepta, mezquina y cruel. Fueron varias las decisiones y acciones que él y sus secuaces tomaron que denotan su incapacidad temeraria para la gigantesca responsabilidad que les han dado millones de votantes –y sus ilegales aliados rusos. Pero dos sobresalen por su necedad y barbarie. Una fue la decisión de imponerle a México, mediante una encerrona a su presidente que por fortuna fracasó, el pago del muro que calienta la imaginación xenofóbica de Trump y sus simpatizantes ofuscados. La otra fue la orden de impedir el ingreso al país de personas procedentes de siete naciones donde predomina el Islam.

Mientras mantenía su sospechoso contubernio con el autócrata homicida Vladimir Putin, Trump declaraba con torpeza y vesania una guerra comercial, diplomática y política a México, uno de los más importantes aliados de Estados Unidos durante décadas. México es nuestro tercer socio comercial y colabora en una lucha contra el narcotráfico en la que se desangra, poniendo la inmensa mayoría de los muertos e invirtiendo enormes recursos materiales. Con el mismo matonismo impúdico que demostró durante la campaña –y que ha sido el signo definitorio de su vida adulta– el presidente desairó al gobierno mexicano anunciando que lo haría pagar el muro mientras altos funcionarios del vecino país se reunían con sus pares norteamericanos y en vísperas de una visita a Washington del presidente Enrique Peña Nieto. La emboscada se proponía intimidar a México y, de paso, satisfacer los peores instintos xenofóbicos y racistas de muchos de sus votantes.

Luego el nuevo matón de la Casa Blanca dirigió su furia selectiva hacia los musulmanes, prohibiendo el ingreso de personas provenientes de siete países predominantemente islámicos. Digo selectiva porque excluyó de su decreto a países musulmanes donde él y su familia tienen grandes negocios, a pesar de que precisamente de esos países –Arabia Saudita, los Emiratos Árabes y Egipto– provinieron los terroristas que asesinaron a 3000 norteamericanos en suelo estadounidense. Ni un solo compatriota ha muerto en Estados Unidos a mano de terroristas de los países incluidos en la prohibición. Pero el objetivo del mandatario no era tanto protegernos del terrorismo cuanto alimentar las inseguridades y fobias de sus seguidores para manipularlos mejor en contra de sus críticos.

México no puede ni debe enfrentar solo el bullying de Trump y sus secuaces. Más bien debería contrarrestarlo con la solidaridad de los norteamericanos decentes y las democracias de América Latina y Europa. Perú y Colombia han dado el primer paso en esa dirección, al anunciar que apoyan a México frente a las tropelías de Trump. Otros gobiernos democráticos deberían imitar ese ejemplo. Solo una clara, contundente e inequívoca demostración de unidad internacional mitigaría la agresividad del nuevo matón de la Casa Blanca.

El decreto de Trump contra los musulmanes es particularmente infame porque niega la esencia misma de la historia y las luchas democráticas de Estados Unidos. La grandeza de este país se forjó a partir de la visionaria decisión de los padres fundadores de respetar y proteger la libertad de culto y acoger a los perseguidos por motivos religiosos. “El corazón de Estados Unidos de América”, declaró el primer presidente George Washington en 1783, “está abierto no solo al extranjero respetable y opulento sino también al oprimido y perseguido”. El presidente Obama violó el espíritu de ese principio humanitario al desproteger a los cubanos que huyen del totalitarismo. Trump lo viola ahora al darles la espalda a otros fugitivos de países donde predomina el Islam. Frente al alarmante populismo que profesa Trump, los norteamericanos, independientemente de nuestras tendencias políticas o religiosas, tendremos que librar una ardua lucha, en las cortes, en las urnas y en las calles, por preservar la tolerancia y la libertad. Pero no será fácil. Como buen populista, el presidente usará el enorme poder que ha acumulado su partido y enfrentará a unos norteamericanos contra otros, creando la típica dicotomía entre “ellos” y “nosotros” sobre la que se han levantado todas las tiranías de la historia.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios