Daniel Morcate

Un romance hecho en el Kremlin

El presidente Donald Trump se ha quedado con Vladimir Putin, para decirlo con una vieja expresión española que denota el enamoramiento correspondido o no. El único amigo entrañable del matarife del Kremlin era el sirio Bashar Hafez al-Assad. Hasta que irrumpió en la escena política Trump. La aberración parece un misterio. Pero no lo es. Es decir, acaso lo sea para nosotros, los norteamericanos corrientes; pero ciertamente no para nuestra inteligencia, la cual nos graba hasta los ronquidos, como dice una amiga mía nada aficionada a la National Security Agency. Pero tal y como imaginé –y escribí en una columna hace un par de meses (“El hombre de Putin en Washington”)– nuestros fisgones profesionales saben bien de qué va el estrecho contubernio entre Trump y el autócrata ruso. Lo que pasa es que han decidido “protegernos” del trauma que implicaría contárnoslo con lujo de detalles; al parecer prefieren desembucharlo poco a poco, a cuentagotas, como hicieron una vez más la semana pasada.

Los muchachos de la inteligencia le dijeron a CNN el pasado viernes que habían verificado “parte del dossier” que sobre Trump compiló Christopher Steele, el ex espía británico que supuestamente contrataron las campañas de Marco Rubio primero y Hillary Clinton después para buscar información comprometedora sobre el empresario. Steele se ha escondido junto a toda su familia porque algunas de sus fuentes han sido asesinadas desde que estalló la noticia. Digamos que no me devuelve las llamadas. Pero BuzzFeed News publicó, sin verificar, el documento que detalla conversaciones entre los rusos sobre Trump, supuesta conducta sexual impropia en Moscú del ahora mandatario y aparentes enredos financieros que en parte explicarían su renuencia a divulgar sus declaraciones de impuestos. Nuestros espías e investigadores federales aseguran haber corroborado lo primero, es decir, las charlas entre “altos funcionarios rusos y otros rusos” sobre Trump. Aclaran, sin embargo, que todavía no han llegado a los tejemanejes sexuales y financieros. Se supone que, como buenos ciudadanos, nosotros acatemos la prudente aclaración.

Ahí no pararon, sin embargo, las filtraciones de los muchachos de inteligencia. Revelaron también al Washington Post, New York Times, CNN y AP que el general Michael Flynn, el ahora tronado asesor de seguridad del presidente Trump, habló varias veces con el embajador ruso en Washington sobre las sanciones que el presidente Obama había impuesto a Rusia y sobre la expulsión de más de 30 diplomáticos de ese país. Esas conversaciones, realizadas antes de que Trump asumiera el poder, fueron ilegales. La Ley Logan de 1799 sugiere que equivaldrían a traición. Tal vez por eso Flynn al principio declaró que había llamado al diplomático para “felicitarlo por navidades”. Sabido es que Putin y sus acólitos son muy cristianos. Experimentaron una conversión parecida a la de Raúl Castro, del comunismo al cristianismo. Milagros del Espíritu Santo.

Inquietos como están, los muchachos de inteligencia soplaron, además, que no confiaban en el general Flynn. Para enviar el mensaje, le retiraron el acceso a información clasificada “elite” de la CIA a su segundo a bordo, Robin Townley. Supongo que su inclinación era quitársela a Flynn, pero eso habría sido una abierta declaración de guerra al propio presidente. Éste, por su parte, dijo que no estaba al tanto de las investigaciones federales a Flynn, imagino que por hallarse demasiado ocupado tuiteando, jugando golf y viendo CNN. El vicepresidente Mike Pence, quien ha asumido rápido el rol de yesman de su jefe, repitió ante las cámaras de televisión el paquete de que Flynn nunca discutió las sanciones con el embajador ruso. Ahora afirma que los asistentes de Flynn lo desinformaron. El conturbernio de Flynn con los rusos es probablemente la punta del iceberg de la complicidad de Trump y sus secuaces con Moscú.

Los rusos ayudaron a Trump a ganar la presidencia con los escándalos que generó el hackeo de correos demócratas durante la campaña. Pero como dice un refrán ruso, “tam net takoy veschi, kak besplatnyy UNCH”, o sea “no hay almuerzo gratis”. Llegó el momento de pasar la cuenta. Un sector de la inteligencia norteamericana, aliada a congresistas como John McCain y Lindsey Graham, obstaculiza el pago. Postulo que el presidente y sus allegados necesitan desacreditar a la prensa no solo para imponer una agenda extremista sino también para que nadie crea en la veracidad de lo que filtran los muchachos de inteligencia.

Periodista cubano.

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