Daniel Morcate

Cómo buscar la verdad sobre la injerencia rusa

Al paso que lleva el presidente Trump, no quedará ley o norma ética que su Casa Blanca no viole. Entre sus recientes hazañas están las presiones a los cuerpos de inteligencia y legisladores republicanos para que nieguen en público que Trump y miembros de su campaña estuvieron en contubernio con los rusos, mientras éstos alegremente ayudaban a decidir, mediante hackeos ilegales a la campaña de Hillary Clinton, el ganador de la contienda presidencial. El incidente, ampliamente detallado por el New York Times, arroja lecciones importantes. La primera ustedes ya la saben o deberían saberla: una cuerda de irresponsables y tramposos ha descendido sobre la Casa Blanca como una plaga de orugas. La segunda lección es que no se puede confiar en que los aliados de las orugas en el Congreso investiguen lo que hicieron los rusos. Y la tercera es que probablemente no tendremos otra alternativa que recurrir a un fiscal independiente o continuar dependiendo de las filtraciones que poco a poco han ido revelando la verdad.

Además de los rusos, la extraña actuación del director del FBI, James Comey, contribuyó a la sorpresiva victoria electoral de Trump. Como recordarán, días antes de la elección Comey sugirió que investigaba nuevos correos de Hillary Clinton sobre Bengasi. Solo que los correos de marras resultaron no ser nuevos ni mucho menos comprometedores. Trump se lo agradeció confirmándolo en el cargo y dándole un efusivo apretón de mano en el Capitolio poco después de que asumiera la presidencia. Pero el otro día tuvimos un atisbo de que esa luna de miel no andaba bien, cuando el mandatario tuiteó, con su acostumbrada prepotencia: “El FBI es totalmente incapaz de frenar a los ‘soplones’ de seguridad nacional que han permeado a nuestro gobierno”. ¿La razón? Había fracasado su maniobra dudosamente legal y evidentemente inmoral para obligar a Comey a rechazar las sospechas de que miembros de su campaña, o acaso él mismo, conspiraron con agentes rusos para manipular nuestras elecciones.

La turbia maniobra de la Casa Blanca sí funcionó, en cambio, con republicanos influyentes. A petición suya, Devin Nunes, presidente de la comisión de inteligencia de la Cámara de Representantes, y Richard Burr, presidente de la comisión de inteligencia del Senado, sugirieron en la tele que la campaña de Trump era inocente. Sus declaraciones automáticamente les descalifican para conducir cualquier investigación imparcial sobre la injerencia rusa. Ambos legisladores deberían excusarse de participar en la pesquisa que realizan los paneles que presiden. Como también debería excusarse Jeff Sessions, exmiembro de la campaña y actual secretario de Justicia, en el que solo confía el propio presidente quien lo nombró. Precisamente porque cuestiona su imparcialidad, el representante Darrell Issa, tradicional perro de ataque de los republicanos, pidió que se designe un fiscal especial, independiente de ambos partidos, para que investigue la conexión rusa. “Puede o no haber culpa”, declaró Issa, “pero el pueblo norteamericano empieza a entender que Putin asesina a sus enemigos”. Incluyendo, agregaría yo, a implicados y testigos del hacqueo que están cayendo como moscas.

La investigación de la participación rusa en nuestras elecciones presidenciales es un asunto muy serio. Todas nuestras agencias de inteligencia han confirmado ya que ocurrió. Si, además, se comprueba que se llevó a cabo con la complicidad de Trump o de sus allegados, entonces nos la veríamos con el mayor escándalo político en la historia de la nación. Más grande, con creces, que Watergate, en el cual, que sepamos, no participó ninguna nación extranjera. El nombramiento de un fiscal independiente para realizar la investigación es problemático, porque el proceso probablemente se dilataría, manteniendo en suspenso a la nación y semiparalizando al gobierno. Pero la dudosa actuación reciente de Nunes y Burr demuestra que no se puede confiar para que investigue en un Congreso dominado por el partido del presidente.

De lo que no debería quedar la menor duda es que los norteamericanos necesitamos conocer la verdad sobre lo sucedido. Si algunos de nuestros compatriotas se confabularon con una potencia extranjera, para colmo enemiga tradicional de Estados Unidos y de la democracia, debemos averiguarlo y averiguarlo cuanto antes. En juego está la legitimidad de nuestro actual gobierno y, por extensión, de nuestro sistema democrático.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios