Daniel Morcate

Riesgos del Russiagate

El director del FBI, James Comey, pidió al Departamento de Justicia que refutara la acusación del presidente Donald Trump contra su antecesor, Barack Obama, a quien Trump acusó de ordenar un espionaje telefónico.
El director del FBI, James Comey, pidió al Departamento de Justicia que refutara la acusación del presidente Donald Trump contra su antecesor, Barack Obama, a quien Trump acusó de ordenar un espionaje telefónico. AP

El escándalo de la injerencia ilegal rusa en nuestras elecciones y el probable contubernio del presidente Trump y sus allegados con Moscú está alcanzando niveles peligrosos. El mayor peligro consiste en las maniobras de distracción cada vez más demenciales que realiza el mandatario y complementan sus cortesanos. Una es la tormenta de tuits que nos inflige. Otra, las constantes mentiras mediante las cuales pretende enardecer a sus seguidores y despistar a la prensa. Pero entre las manipulaciones potencialmente más riesgosas están sus denuncias, sin pruebas, de que su antecesor ordenó intervenirle los teléfonos durante la contienda electoral y los indicios de que podría enredar al país en conflictos bélicos innecesarios o, por lo menos, evitables.

Cuando apenas había pasado cinco días en la Casa Blanca, el presidente Trump ordenó un temerario ataque en Yemen en el que murieron más civiles que terroristas y el Navy Seal Ryan Owens; otros cuatro estadounidenses resultaron heridos; y una aeronave Osprey valorada en más de $70 millones quedó destruida. Expertos militares han cuestionado la importancia de los datos de inteligencia obtenidos en la operación. El Pentágono publicó un vídeo confiscado que instruye a los terroristas en la fabricación de bombas. Pero lo retiró de su portal luego que “enemigos del pueblo” (léase periodistas) le señalaran que ese vídeo había estado en internet desde 2007. Ahora el Pentágono usa a CNN, esa gran “diseminadora de noticias falsas”, según la Casa Blanca, para mantenernos al tanto de nuevos ataques antiterroristas supuestamente basados en la inteligencia recabada en Yemen. A expensas de programas sociales y de las artes, el presupuesto que ha solicitado Trump al Congreso aumentaría los gastos militares en $54 mil millones, pese a que EEUU invierte ya en defensa más que los próximos cinco países juntos. Lo que impone la pregunta: ¿qué objetivo persigue esa inversión adicional?

El presidente Trump también acusó a Barack Obama de haber ordenado el espionaje telefónico de Trump Tower, su cuartel general de campaña, y le pidió al Congreso que lo investigue. Al formular tan grave acusación, sin embargo, no aportó pruebas. Un portavoz de Obama la calificó de falsa. James Clapper, exjefe de la inteligencia nacional, negó que el FBI hubiera intervenido los teléfonos de Trump Tower. Y el director del FBI, James Comey, le pidió al Departamento de Justicia del propio Trump que rechace la denuncia por falsa. Pero la verdad es que al Presidente no le interesa que sea cierta. Lo que le interesa es sembrar la duda, lanzar a las comisiones de inteligencia del Congreso y a otros investigadores sobre pistas falsas y distraer la atención de los norteamericanos de las filtraciones que cada semana arrojan evidencias nuevas de la intervención rusa en nuestras elecciones y del contubernio de miembros de su séquito con los rusos antes, durante y después de las elecciones.

Es previsible que, al sentirse acosados por evidencias comprometedoras, Trump y sus secuaces vayan de mezquindad en mezquindad, de falsa denuncia en falsa denuncia, de manipulación en manipulación. En ello se juegan el poder y la posibilidad de tener que responder ante la justicia. Pero la respuesta a sus manipulaciones debería ser perseverar con firmeza en la investigación de la participación ilegal rusa en la contienda y de los contactos entre la campaña de Trump y los rusos. Esa investigación, sin embargo, no debería quedar en manos de un Congreso dominado por los republicanos porque la mayoría de ellos o bien ha manifestado una inclinación al encubrimiento o bien ha guardado un silencio preocupante.

Una alternativa mejor continúa siendo el nombramiento de un investigador independiente, algo que, por desgracia, dependería de otro implicado en el Russiagate: el fiscal general Jeff Sessions, quien mintió al Senado sobre sus propios contactos con el embajador ruso en Washington. Una segunda alternativa, controversial pero tal vez inevitable, es que continúen las filtraciones hasta que incluso los republicanos se vean obligados a reclamar la verdad de lo sucedido, exactamente como ocurrió en el caso de Nixon y el Watergate. Mientras tanto, el resto de los norteamericanos deberíamos prepararnos para las incesantes maniobras de distracción de un presidente que ha perdido el control del gobierno y de la realidad.

Periodista cubano.

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