Daniel Morcate

Días de odio

Las organizaciones que tradicionalmente han combatido los delitos de odio advierten que éstos han aumentado de manera dramática en el país desde la elección del presidente Trump. Y aunque sería simplista e injusto atribuirle a él solo tan lamentable aumento, es evidente que su retórica inflamatoria, primero como candidato y luego como mandatario, ha sido un importante factor. El crudo lenguaje de Trump y algunos de sus allegados hacia México, los mexicanos, los inmigrantes indocumentados, líderes demócratas como Elizabeth Warren y Hillary Clinton y la prensa, entre otros objetivos, le ha conferido una falsa legitimidad a un sinfín de personajes que creen que ahora pueden ostentar los prejuicios, fobias y odio que desde hace tiempo no se atrevían a expresar ni en privado porque habían sido ampliamente desacreditados. No sin razón tales personajes han concluido que los días de odio han retornado.

Preciso es reconocer que esos días nunca desaparecieron del todo. Pero las fobias a las minorías, los inmigrantes, los miembros de la comunidad LGBT y otras personas diferentes en sus apariencias o costumbres habían caído en tal desprestigio que la mayoría de quienes las experimentaban no osaban presumir de ellas ni las utilizaban como armas arrojadizas. Esta actitud colectiva de tolerancia y comprensión mutuas en parte hizo posible la elección del primer presidente negro del país. La campaña presidencial de 2015-2016 cambió eso. Trump capitalizó el backlash o la reacción resentida de muchos norteamericanos, especialmente blancos no hispanos y ultraconservadores, que sentían que lo que estaba desapareciendo o disminuyendo no era solamente el racismo, la discriminación y la intolerancia sino su propia identidad como estadounidenses, como los forjadores de la que acaso sea, en conjunto, la nación más exitosa de la historia.

Durante la contienda por la Casa Blanca y después de la elección, los incidentes a veces violentos de intolerancia empezaron a multiplicarse. Miembros de la comunidad hindú norteamericana han sufrido infinidad de asaltos y dos fueron baleados –uno fatalmente– al ser confundidos con musulmanes por llevar turbantes. En los restaurantes algunos camareros han exigido documentos de identidad a clientes hispanos. En colegios donde predominan los alumnos blancos no hispanos se escuchan insultos y provocaciones a sus compañeros de estudios latinos y musulmanes. Los gritos y pintadas de “salgan de nuestro país” se han vuelto tristemente frecuentes. Y la semana pasada, la Liga Antidifamatoria denunció un aumento de 86 por ciento en los delitos de odio contra los judíos durante los primeros tres meses de la presidencia de Trump. Al repasar la lista de incidentes que me enviaron amigos de AD, no pude por menos que evocar el dictamen del escritor irlandés George Bernard Shaw: “el odio es la venganza de un cobarde intimidado”.

Trump evidentemente reconoce el papel que el resentimiento y la intolerancia han tenido en su inesperado éxito político-electoral. Por eso mantiene la retórica agresiva y ultrajante. Por eso se demoró en condenar algunos delitos de odio, como los que padecen los judíos, y nunca ha condenado otros, como los que sufren los inmigrantes. Y por eso se rodea de figuras con un pasado de racismo, nacionalismo pedestre e intolerancia, como su asesor Steve Bannon, su secretario de Justicia Jeff Sessions y su ferviente defensor Steve King, el representante republicano de Iowa quien famosamente dijera que “no se puede restaurar la grandeza de EEUU con los bebés de otros”. La influencia de tan turbios personajes en el gobierno y el Congreso está ahuyentando del servicio público a conservadores dignos que, irónicamente, son muy necesarios en estos momentos precisamente para contrarrestar la fiebre de intolerancia.

El backlash de racismo, xenofobia y fanatismo provocará una deplorable regresión política y social en Estados Unidos. Pero con el tiempo el país lo superará y saldrá de ello fortalecido, como ha sucedido a lo largo de su historia. Para eso será necesario vencer la tentación de ser indiferente ante los actos de odio, como si éstos no fueran dirigidos contra nosotros. Será necesario exigir, además, que las autoridades procesen a quienes pasan de la prédica a la práctica del odio; y confiar en que la educación y los ejemplos edificantes de nuevos líderes harán el resto del trabajo profiláctico.

Periodista cubano.

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