Daniel Morcate

El nuevo Nuevo Trato

El otro día vi una encuesta de esas que se las traen. Revelaba que 7 de cada 10 norteamericanos no se creen el cuento de que nuestra economía mejora y más bien piensan que el desastre inmobiliario de 2008 y sus derivados le han hecho un daño permanente. Además, ocho de cada 10 dicen no haber detectado señales de mejora económica desde que terminó la Gran Recesión en 2009. Y sin embargo, los datos oficiales apuntan hacia una recuperación de las que te hacen rascar la cabeza hasta que te duele. ¿Cómo es posible que si nos hallamos en franco repunte económico, un repunte que expertos califican ya de histórico y que el madrileño El País acaba de describir como “una nueva primavera”, tantos norteamericanos no lo sientan y hasta lo nieguen? En la respuesta van las claves de algunas tareas pendientes de nuestra democracia.

Esto es lo que sabemos sobre nuestra recuperación económica. La tasa nacional de desempleo ha bajado a 5.5 %, lo cual técnicamente representa casi empleo universal. Los letreros de ofertas de trabajo proliferan como a fines de los años 90, luego de la época de bonanza sobre la que presidiera Bill Clinton. El índice de Standard & Poor 500 aumentó casi 200% a principios de este mes; el promedio industrial Dow Jones 165%; y la NASDAQ 260%. El costo promedio de un galón de gasolina ha bajado más de un dólar, permitiendo que los norteamericanos gasten más dinero en otras cosas. El mercado inmobiliario se estabiliza y muchos retoman el sueño de adquirir su propia vivienda.

Pero hay más. El producto interno bruto aumentó 2.4% en 2014 y va por el mismo camino o mejor este año. A pesar de los bajos intereses, los bancos nacionales, protagonistas de la Gran Recesión, no solo pagaron el dinero del rescate que les dio el gobierno del presidente Obama sino que ganan cantidades industriales. El dólar se fortalece y amenaza con pulverizar al euro en momentos en que las economías europeas se tambalean o se estancan. Tanta es la bonanza que la Casa Blanca y el Congreso, demócratas y republicanos, reclaman a viva voz el mérito de la recuperación. Y en esto, claro está, tampoco se ponen de acuerdo.

Pero muchos norteamericanos han quedado tan traumatizados por la debacle de 2008 que miran con profundo escepticismo las señales macroeconómicas de recuperación. La expansión económica está beneficiando, principalmente, al famoso 1% de ciudadanos acaudalados. Los salarios para la inmensa mayoría de trabajadores han seguido declinando y no hay indicios claros de que vayan a aumentar. El 70% de los norteamericanos que trabajan gana menos que antes de 2007 teniendo en cuenta la inflación. Y el porcentaje de personas que compran vivienda por primera vez es de 28%, muy por debajo del 40% que los expertos consideran saludable para el mercado inmobiliario.

De este panorama aparentemente contradictorio se desprende que solo una política económica que se proponga una distribución más inteligente y equitativa de las riquezas extenderá el bienestar a una mayor cantidad de norteamericanos. La redistribución podría y debería mejorar a niveles básicos, por ejemplo, en la asistencia de los gobiernos federal y estatales a estudiantes universitarios. Esto frenaría la tendencia al dramático endeudamiento de los jóvenes que tendrán sobre sus hombros el peso de la economía del futuro inmediato. En la actualidad, nuestros universitarios tienen una deuda acumulada –y en gran medida impagable– de 1.2 billones de dólares. La redistribución precisa también de ajustes de salarios respecto a la inflación, en los que deberían colaborar el gobierno y el sector privado. Y ninguna redistribución alcanzará niveles aceptables a menos que se frenen los costos de la atención médica y ésta se extienda a todos los norteamericanos ya sea a través de Obamacare o de una reforma sanitaria alterna que nadie ha inventado todavía.

En conjunto, las medidas redistributivas bien calibradas serían el mejor antídoto para el pesimismo económico de los norteamericanos. Equivaldrían a lo que algunos economistas califican de “a new New Deal”, un nuevo Nuevo Trato a lo Roosevelt entre el gobierno, los empresarios y los ciudadanos de a pie.

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