Daniel Morcate

Víctimas de nuestro progreso

Odelie Paret, que trabaja en el hotel Fontainebleau, en Miami Beach, debe tomar dos autobuses para llegar a su casa al terminar su larga jornada de trabajo.
Odelie Paret, que trabaja en el hotel Fontainebleau, en Miami Beach, debe tomar dos autobuses para llegar a su casa al terminar su larga jornada de trabajo. TNS

Se habla del problema desde hace por lo menos 25 años. Y a juzgar por lo que tardan en reaccionar muchos de nuestros líderes locales, podrían pasar otros 25 antes de que hagan algo. Así que vamos a comentarlo para echar a andar la rueda de la carreta, como ha hecho en un oportuno reportaje The Miami Herald (“Hotel housekeepers commute for hours as high rents push them farther away”). En inglés le llaman “gentrification” y en español es algo así como el desplazamiento de miles de trabajadores humildes de las ciudades, como Miami Beach, donde vivían debido a que la modernización y el progreso los han vuelto incosteables. Muchos son empleados de hoteles. Pero también hay recogedores de basura, limpiadores de calles y aceras, mecánicos, camareros y muchos más. Son víctimas del mismo mal: mientras se ha disparado vertiginosamente el precio de alquilar –para no hablar de comprar– una vivienda en las localidades de Miami-Dade donde trabajan, sus sueldos se han estancado en el mínimo o ligeramente por encima del mínimo.

Estos conciudadanos son, sin exagerar, el motor de la economía de turismo y servicio del sur de la Florida. Pero para ir a su trabajo tienen que viajar un promedio de dos horas diarias, pagando los altos costos de usar un automóvil o los igualmente altos de utilizar transporte público; difícilmente pueden adquirir un apartamento o vivienda que puedan llamar propios; tampoco pueden ahorrar para costearles los estudios universitarios a sus hijos ni mucho menos para el retiro; muy pocos pueden reclamar mejores salarios o derechos a sus empleadores porque la inmensa mayoría de ellos no están sindicalizados en este estado conservador de la Florida donde los sindicatos son el demonio redivivo.

Como resultado, Miami-Dade es uno de los 10 centros urbanos menos costeables para sus trabajadores en el país. Decenas de miles de sus empleados de hostelería son los que menos dinero ganan, un promedio de $10.25 la hora, dos dólares por debajo de lo que ganan los trabajadores del mismo sector en la siguiente ciudad más cara. Y solamente en San Francisco y Nueva York, que son dos de los centros urbanos más costosos del mundo, estos trabajadores indispensables tienen que pagar más por el alquiler de su vivienda. El sueldo promedio anual en el sector es de $29,000, es decir, dos tercios del sueldo promedio en nuestro condado que es $43,000 anuales. Cuando nuestros políticos presumen de los empleos que se generan durante sus administraciones, estos trabajadores abnegados figuran de manera prominente en las estadísticas que citan. Pero son los que más sufren cuando sobreviene una de nuestras cíclicas crisis económicas.

Y sin embargo hay o debería haber si no remedios por lo menos paliativos para estos males, como bien saben muchos empleados y empleadores de los Cayos, donde se dieron condiciones similares mucho antes que en el resto del sur de la Florida. Pocos trabajadores pueden darse el lujo de residir en los Cayos, tal vez la zona más cara de todo nuestro estado. Pero patronos y dirigentes locales crearon un sistema de transporte asequible para los empleados que viven en Miami y sus alrededores. También suelen pagarles mejor que a los trabajadores del mismo sector en el resto del sur de la Florida. En la Playa, el comisionado Joe Malakoff recomienda subsidiar o por lo menos cobrar menos por el estacionamiento que usan los trabajadores que van en auto a la ciudad. Una solución más permanente, tanto allá como aquí, sería construir viviendas costeables para los que ganan poco, algo que apenas figura en los planes urbanísticos que trazan nuestras autoridades. En Miami-Dade, por ejemplo, los expertos recomiendan construir más de 90,000 viviendas para residentes de escasos recursos en los próximos 10 años. Pero solo se habrían planificado 8,500.

El progreso y modernización de nuestras ciudades es inevitable y deseable. Pero es más inteligente, compasivo y justo cuando tiene en cuenta no solo los aspectos estéticos y prácticos sino también los humanos. Eso significa, sobre todo, no relegar a las personas que, con su arduo trabajo y sacrificio a través del tiempo, han hecho posible ese progreso.

Periodista cubano.

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