Daniel Morcate

Periodismo en dictadura

Cubanos de la isla y del exilio se han dado a la ardua tarea de contar la historia de las corresponsalías extranjeras durante el castrismo. Su esfuerzo me parecía tan noble como imposible hasta que trascendieron denuncias, documentadas por historiadores alemanes, de que la agencia de noticias estadounidense, Prensa Asociada, llegó a un acuerdo inconfesable con los nazis para trabajar en Alemania cuando los demás medios extranjeros habían sido vetados y expulsados. Fue un clásico trato faustiano mediante el cual AP aceptó condiciones inmorales a cambio de su permanencia en la tierra del Tercer Reich, lo que le permitía estar un paso por delante de su competencia y ganar dinero en abundancia con fotos que ninguno otro medio o agencia periodística podían divulgar.

Líderes actuales de AP acaban de finalizar un estudio de las denuncias hechas por los historiadores. Y en él, previsiblemente, absuelven a la agencia de los cargos más graves de complicidad, aunque admiten “errores”. Pero esta autoexculpación no resiste el peso de las evidencias ni el juicio de la historia.

Las evidencias demuestran más allá de cualquier duda razonable que AP logró permanecer en la Alemania de Hitler hasta 1941, cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, porque suscribió un acuerdo de cooperación mutuamente beneficioso con los nazis. Sus dirigentes de entonces firmaron la Schiftleitergesetz o Ley del Editor, mediante la cual se comprometieron a no publicar “ningún material calculado para debilitar la fuerza del Reich en casa o en el exterior”. Emplearon a fotoperiodistas que también trabajaban para los nazis, como Franz Roth, una fichita de la cual ya sabíamos que militaba en la división de propaganda de la temible SS. Engavetaron, literalmente, fotos comprometedoras del régimen, como una de 1933 en que la policía de Berlín paseaba a un empresario judío en pantalón corto con un cartel antisemita colgado del cuello. Y publicaron fotos propagandísticas que les dieron los propios nazis, inclusive algunas seleccionadas personalmente por el Führer. También suprimieron de sus archivos publicados en internet los nombres de fotoperiodistas nazis que usaron. Pero historiadores alemanes, como Harriet Sharnberg, han expuesto estas maniobras injustificables en los últimos meses.

¿Injustificables por qué? Porque ceder el control editorial de las informaciones a cambio de tener acceso a un país sometido a dictadura es dejar de hacer periodismo y pasarse al bando de los propagandistas, es decir, de la dictadura misma. En el mejor de los casos, los medios que ceden a esa tentación lo hacen para tomar ventaja de competidores a quienes se les ha negado el acceso. Y para ganar dinero. Las alternativas éticamente justificables son insistir en la independencia editorial, burlar la censura con un periodismo creativo y audaz o depender de periodistas independientes que estén voluntariamente dispuestos a arriesgarse en el país sometido.

El debate sobre la actuación de AP en la Alemania nazi no es meramente académico. Las relaciones de la agencia con regímenes totalitarios se halla de nueva cuenta bajo escrutinio desde que hace cinco años se convirtió en el único medio autorizado a funcionar en Corea del Norte, país que sufre una de las dictaduras más herméticas de la historia. Nate Thayer, excorresponsal de AP en Camboya, califica de “ridículo” el argumento de su antiguo empleador de que el régimen de Kim Jong un no controla su trabajo “periodístico”. Thayer conoce de primera mano las dificultades de reportar en una sociedad cerrada y le recomienda a AP que admita la férrea censura que padece y la autocensura que practica. Podríamos recomendarle también que no le llame periodismo a lo que hace en la tierra del Líder Superior, Brillante y Sabio.

El contubernio de periodistas con dictaduras tiene consecuencias. Por ejemplo, la ocultación de ciertas fotos retrasó la comprensión de la persecución judía en el Tercer Reich. Historiadores españoles creen que la complicidad de AP con Hitler afectó la cobertura que la agencia hizo de la guerra civil de España, en la que a veces dio mayor peso a los crímenes republicanos que a los nacionalistas. Y por regla general, los dictadores usan el contubernio para encubrir sus atrocidades y enviar el mensaje equívoco de que cuentan con la adoración de sus víctimas.

Periodista cubano.

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