Daniel Morcate

El cambio de marcha sobre Cuba

El presidente Donald Trump anuncia en el teatro Manuel Artime de la Pequeña Habana su nueva política hacia Cuba, el pasado 16 de junio.
El presidente Donald Trump anuncia en el teatro Manuel Artime de la Pequeña Habana su nueva política hacia Cuba, el pasado 16 de junio. AP

Como suele ocurrir desde tiempos inmemoriales, el régimen de la familia Castro decidió la controversia entre duros y blandos respecto a cuál debe ser la política de Estados Unidos hacia Cuba. Su inmovilismo político y su desdén por los derechos humanos y sus promotores de la oposición interna facilitaron el relativo cambio de marcha en las relaciones bilaterales. Castro y sus secuaces quieren que los cubanos sean chinos, es decir, obedientes acatadores de un capitalismo de estado como el que practica China desde hace décadas. Pero algunos cubanos resisten la idea. Son aquellos, pocos pero valientes, que en la isla se arriesgan cada día a hacer oposición pacífica; y los que afuera defienden su derecho a hacerla, a ser libres y a vivir en un país civilizado. A diferencia de los chinos, los cubanos de la oposición interna cuentan con compatriotas que aún tienen suficiente influencia política en Estados Unidos para ayudarles a resistir lo que parecía un viaje inexorable hacia el fascismo de la mano de Washington, pues no otra cosa es el capitalismo de estado que han adoptado China, Vietnam e incipientemente Cuba.

Aparte de la vanidosa preocupación por su “legado histórico”, el presidente Obama tuvo nobles intenciones cuando restableció relaciones con la dinastía de los Castro. Les dio una oportunidad genuina, que duraba ya tres años, de rectificar por lo menos algunas de las graves injusticias que vienen perpetrando desde hace casi seis décadas. Pero sus concesiones fueron tan ingenuas y unilaterales que en la práctica revivieron el viejo patrón norteamericano de contubernio con las dictaduras. Cada vez que el nuevo presidente “republicano”, Donald Trump, hace manitas con un tiranuelo como el ruso Vladimir Putin, el turco Recep Erdogan o el filipino Rodrigo Duterte, las mentes más ecuánimes y menos sectarias ven en aquella decisión de Obama un antecedente peligroso y contagioso. Políticamente no hay nada más fácil, ni lamentable, para un gobernante democrático que apaciguar a los tiranos que padecen otros pueblos.

Más allá de la demagogia oportunista de Trump al anunciar los cambios en Miami –política y legalmente asediado, el presidente busca aliados donde los haya– y de la emotiva reacción de mis compatriotas cubanos –la cual comparto– la verdad es que el cambio de política dista mucho de ser radical y en algunos aspectos es salomónico. Las duras palabras con que se anunció, pronunciadas por el representante Mario Diaz-Balart, el senador Marco Rubio y Trump, son un conveniente recordatorio de la esencial ilegitimidad del régimen cubano. Más importante es que el gobierno haya decidido trazar una estrategia para evitar que continúen fluyendo negocios e inversiones hacia las empresas de los militares y policías castristas, quienes controlan el 60 por ciento de la economía cubana, intimidan y reprimen a los cubanos y sostienen a la dictadura de Nicolás Maduro; y prohibir el intercambio de información sensible con la inteligencia del régimen, sospechosa de compartirla con Venezuela, Rusia y Corea del Norte. Moscú y La Habana incluso planean abrir una base militar de inteligencia en Cuba, según ha informado The New York Times.

Que la retórica fue más intensa que el cambio se nota en que Trump preservó las relaciones con Cuba, 12 categorías bajo las cuales los estadounidenses pueden visitar la isla, los viajes y remesas que envían los cubanoamericanos y hasta la infame política de deportación de cubanos. Esto último es una concesión a los dos extremos del espectro político estadounidense, la izquierda y la derecha radicales, las cuales por igual resienten los “privilegios” de los refugiados cubanos, tal vez porque ninguna de las dos ha padecido en carne propia una dictadura totalitaria, y, en algunos casos, porque son sus compañeros de viaje.

Los Castro, no Obama, iniciaron el diálogo secreto que condujo al restablecimiento de relaciones. Fue un acto calculado para buscar en Estados Unidos un nuevo valedor económico cuando se derrumbaba la economía venezolana y se habían cerrado las puertas de otros países con los que Cuba tiene deudas impagables. La revisión de política que anuncia Washington devolverá a los castristas a la mesa de trabajo. El objetivo: encontrar un socio más confiable que pueda mantener a su régimen parasitario.

Periodista cubano.

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