Daniel Morcate

La lucha por el matrimonio gay en Puerto Rico

Rincón – No ha sido fácil. Pero los fundamentalistas van camino de perder la guerra para evitar que Puerto Rico llegue al siglo XXI en lo que respecta al matrimonio entre personas del mismo sexo. Con ello se abrirán las puertas a un progreso social y moral que eventualmente hará la isla más tolerante y habitable. Influyentes iglesias cristianas, encabezadas por la católica, hacen lo que pueden para detener el reloj de este progreso. Pero incluso ellas no tendrán otro remedio que acatar los vientos que soplan desde la Corte Suprema de EEUU, que, por fortuna, tiene la última palabra en esta materia. De hecho, uno de los efectos mas importantes de la inminente consolidación del matrimonio gay será aumentar saludablemente la separación entre iglesia y estado, separación que en la isla se había rezagado en relación con Estados Unidos. Cosas de nuestra herencia hispana.

Nunca se podrá calcular con precisión la cantidad de sufrimiento que la discriminación ha causado y todavía causa a los homosexuales en Puerto Rico. Rechazo familiar, burla y escarnio en escuelas, centros de trabajo y programas de radio y televisión, humillaciones y ultrajes desde púlpitos religiosos y discrimen sistemático por parte del estado. La aceptación del matrimonio gay, desde luego, no acabará con esas prácticas. Pero las hará más anacrónicas y patéticas, como desde hace tiempo sucede en las sociedades avanzadas de Europa y más recientemente en Estados Unidos. El matrimonio gay es un caballo de Troya, como dicen sus enemigos iracundos. Pero no por lo que ellos alegan. Lo es porque tiene el potencial de derribar el viejo y carcomido edificio de los prejuicios y el acoso contra los homosexuales.

El gobierno popular de Alejandro García Padilla, interpretando las señales que emanan del Supremo, le ha dado el impulso decisivo al matrimonio entre personas del mismo sexo. Su Secretario de Justicia, César Miranda, anunció la semana pasada que no defenderá la constitucionalidad del Articulo 68 del Código Civil de Puerto Rico, rancio inciso que define el matrimonio exclusivamente como la unión entre un hombre y una mujer. La decisión significa que el gobierno de la isla no peleará en corte contra cinco parejas gay que habían interpuesto una demanda para exigir que el estado puertorriqueño reconozca sus derechos como matrimonios. “Nuestro ordenamiento constitucional no permite distinciones discriminatorias como la que está contenida en el Código Civil respecto a las parejas del mismo sexo”, dijo García Padilla con acierto al apoyar en público el anuncio de su secretario de justicia.

La batalla por los matrimonios gay en Puerto Rico anda por una corte de apelaciones en Boston. Si esa corte les da luz verde, la isla se sumaría a Argentina, Brasil, Uruguay y la Ciudad de México como los únicos lugares en América Latina y el Caribe hispano en reconocerlos. ¿Qué significaría en la práctica tal reconocimiento? En el caso de Puerto Rico, significaría que las parejas del mismo sexo podrían acceder al matrimonio civil y reivindicar derechos de herencia y de tomar decisiones cuando sus cónyuges se enfermen gravemente o mueran. Significaría también que los gays tendrían derecho a ser incluidos en el seguro de salud de sus parejas y a no ser discriminados por su orientación sexual en los centros de trabajo, cuando solicitan empréstitos o cuando buscan viviendas.

El otro día el Vaticano, exponiendo el sentir del Papa Francisco, fustigó el matrimonio entre personas del mismo sexo como una “colonización ideológica que trata de destruir a la familia”. Pero en realidad su objetivo es precisamente lo contrario. Con el más bien se busca una justa y archiesperada reivindicación social que fomente la tolerancia y la aceptación de los gays empezando por donde más cuenta: dentro de sus propias familias. Se procura asimismo sacar del claustrofóbico armario a numerosas parejas homosexuales que han formado familias robustas en una especie de clandestinaje social y moral; se intenta acabar con una discriminación legal que promueve la estigmatización de un amplio segmento de nuestra población; y se aspira a desbancar la peregrina idea de que el futuro de nuestra civilización depende del rechazo a los casamientos entre personas del mismo sexo o incluso de los homosexuales mismos.

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