Daniel Morcate

Estados Unidos de Trump

Supremacistas blancos y neonazis se reunieron el sábado 12 de agosto en el parque Lee de Charlottesville, Virginia, y llevaron a cabo actos de violencia.
Supremacistas blancos y neonazis se reunieron el sábado 12 de agosto en el parque Lee de Charlottesville, Virginia, y llevaron a cabo actos de violencia. TNS

Las imágenes que presenciamos durante el fin de semana parecen asombrosas pero no lo son. Norteamericanos, en su mayoría blancos no hispanos, liándose a golpes en las calles de Charlottesville, un tranquilo pueblo universitario de Virginia. Nazis y fascistas marchando uniformados, con escudos, cascos y mandarrias, protegidos por una milicia que portaba armas largas. Manifestantes antifascistas enfrentándoseles desarmados. Antorchas encendidas para intimidar a las minorías raciales. Bolsas de excremento y orina que volaban a diestra y siniestra. Un ataque terrorista con auto perpetrado por un racista descocado contra manifestantes pacíficos. Y policías que presenciaban el desmadre en forma impasible. Decía que no son imágenes sorprendentes porque corresponden al nuevo-viejo Estados Unidos de Donald Trump. Y no nos queda otro remedio que acostumbrarnos mientras él permanezca en la presidencia. Ahora todos deberíamos entender –algunos lo hemos entendido siempre– lo que significa su lema de “Make America Great Again”.

Quien diga que no se lo esperaba es porque estaba en Babia o ignora el lado oscuro de la historia de Estados Unidos. ¿Cómo no iba a suceder si Trump erigió su carrera política sobre el infundio racista de que el presidente Obama no nació en este país sino en África? ¿Cómo podía ser diferente si se ha pasado su vida adulta entre las trampas y los hostigamientos sexuales? ¿De qué otra forma podía resultar si hizo campaña basándose en insultos personales, para no hablar de la ayuda ilegal del régimen ruso, cosa que era evidente desde el verano pasado para todos menos para los políticamente enajenados y los ciegos voluntarios? ¿Por qué esperar otra cosa de quien gobierna vomitando odio contra los inmigrantes, mexicanos, musulmanes, miembros de la comunidad LGBT y todos los políticos, demócratas o republicanos, que piensan distinto a él?

Y todavía tenemos que calarnos la hipocresía de quienes, conociéndole bien, le hacen el juego, como el senador Marco Rubio. El legislador floridano lo exhortó a condenar por su nombre a los racistas y nazis que provocaron la violencia en Charlottesville, como si él ignorara que esos grupos son un reflejo del presidente, forman parte íntegra de su base de apoyo político y también del Partido Republicano que, durante años, ha estado coqueteando con ellos. En lugar de señalarlos por sus nombres, Trump en un principio lanzó una condena general “a todas las partes” que usaron violencia en Virginia, como si hubiera equivalencia moral entre nazis y racistas y quienes los confrontan. Por lo menos fue consecuente. Él sabe que los facinerosos de Charlottesville hablan su idioma excluyente, destilan su odio y actúan inspirados por su extremismo. Trump es –o se comporta– como uno de ellos. Solo tres días después de los hechos, bajo intensa presión pública, finalmente condenó por sus nombres a los grupos racistas.

Con Trump de hecho ha llegado al poder la cloaca de la nación. Además del presidente, en la Casa Blanca la ejemplifican los asesores Steve Bannon y Stephen Miller, artífices de la represión contra los inmigrantes y las personas transgénero. La cloaca se siente orgullosa y envalentonada. ¿Cómo reprochárselo? Los mismos grupúsculos nazis, fascistas y racistas llevaron a cabo otro acto público en Seattle el domingo, menos de 24 horas después de los sucesos de Virginia. Y preparan marchas en otras ciudades incluyendo Miami, Miami Beach y Fort Lauderdale. Nadie razonablemente debería esperar que las víctimas y los descendientes de las víctimas de estos grupos de odio permanezcan cruzados de brazos, mientras aquéllos ponen las calles del país al servicio del presidente descarriado. La mesa está preparada para más confrontaciones violentas, que es precisamente lo que buscan los racistas, como se infiere de su indumentaria paramilitar.

El nueve de noviembre, al día siguiente de la elección de Trump, publiqué una columna titulada “Le nació un cáncer a nuestra democracia”. El auge de los grupos racistas es un síntoma particularmente dañino de ese cáncer. Con su voto irresponsable, más de 60 millones de compatriotas lo hicieron posible. Ahora nos toca buscar formas creativas y pacíficas de salvarnos –y salvarles a ellos también– de ese cáncer. Pero no será facil. Y costará mucho sufrimiento de inocentes y algunas vidas, como la de Heather Heyer, la joven asesinada en Charlottesvile.

Periodista cubano.

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