Daniel Morcate

Monumentos al odio

Estudiantes de la Universidad de Tennessee piden que se quite la estatua del general confederado Nathan Bedford Forrest, que fue líder del Ku Klux Klan, de un parque municipal en la ciudad de Memphis, el 18 de agosto.
Estudiantes de la Universidad de Tennessee piden que se quite la estatua del general confederado Nathan Bedford Forrest, que fue líder del Ku Klux Klan, de un parque municipal en la ciudad de Memphis, el 18 de agosto. AP

El nueve de mayo de 1865 terminó oficialmente la Guerra Civil con la inequívoca derrota del Sur esclavista. Pero, evidentemente, muchos sureños aún no han leído el memo. Entiéndase por “sureños” aquellos estadounidenses, en su inmensa mayoría blancos no hispanos, que se niegan a aceptar la igualdad de los negros, otras minorías e inmigrantes ante las leyes y oportunidades que brinda este país; y que rinden culto a las banderas del Sur durante la Guerra Civil –que fueron por lo menos tres– y a las estatuas de militares y políticos que abrazaron la causa sureña, la cual no fue otra que la esclavitud, digan lo que digan hoy revisionistas e ignorantes. El auge actual de neonazis y racistas es, en parte, una consecuencia de la obstinación con que muchos sureños se aferran al mito, alimentado por políticos sin escrúpulos, de una buena causa perdida.

El presidente Trump ha enviado a sus mercenarios a la tele, la radio y los periódicos a apuntalar su defensa de los monumentos confederados. Sus peroratas me recuerdan estas palabras de Abraham Lincoln: “Cuando escucho a alguien defender la esclavitud, siento un fuerte impulso de ver cómo se le aplicaría a él personalmente”. Los monumentos confederados son histórica, política y moralmente indefendibles. Ni uno solo se erigió inmediatamente después de la guerra civil ni en años sucesivos. Entonces se veía a los jefes confederados como lo que fueron y siguen siendo: abanderados de una causa deleznable, la esclavitud, y traidores a la Patria, los únicos estadounidenses de la historia que han tomado las armas contra Estados Unidos. Quien hoy defiende los monumentos y banderas confederados defiende estas monstruosidades. La ignorancia no es un atenuante, como ocurre siempre que se hallan en juego la decencia y humanidad de las personas.

Se dice que esos monumentos celebran aspectos entrañables de la historia del Sur. Pero eso es falso. Se erigieron en respuesta a los avances sociales y políticos que desde el fin de la guerra hacían los negros y otras minorías. La primera hornada grande de monumentos confederados data de principios de los 1900, cuando se adoptaban las infames leyes de Jim Crow, cuyo objetivo era “poner a los negros en su lugar” al peor estilo sureño, segregando escuelas, universidades y bibliotecas, transporte público, baños, tiendas, restaurantes y hasta las fuentes para beber agua. ¡A los negros del Sur no se les erigió ni un solo monumento!

La segunda gran oleada llegó en los 1950, cuando un emergente movimiento de derechos civiles retaba en las calles, las cortes y el Congreso las leyes segregacionistas. Ya para entonces casi todas las ciudades del sur se habían llenado de parques confederados, donde los racistas buscaban inspiración en los monumentos a Robert E. Lee, Stonewall Jackson y Jefferson Davis, entre otros campeones de la mala causa sureña. La tercera y última oleada de estos parques temáticos del racismo tuvo lugar en los 1960, cuando el movimiento de derechos civiles conquistaba la paridad ante las leyes de los negros, otras minorías y las mujeres. Pero muchos sureños, en el sentido que doy al término arriba, se mantuvieron fieles a la idea orwelliana de que la guerra contra minorías y extranjeros es la paz, la esclavitud es la libertad de los negros y su fortaleza como grupo social es su ignorancia de la historia y la realidad.

Los monumentos y banderas confederados han sido, son y serán símbolos de la supremacía blanca y del resentimiento hacia negros, judíos, otras minorías étnicas y extranjeros. En los sectores resentidos del Sur, a esos símbolos se les han sumado la svástica, la insignia de la SS y la bandera nazi –el colmo de la inconsecuencia en un país que ofrendó cientos de miles de vidas a la lucha contra el nazismo y el fascismo. Por eso, la única respuesta digna que nuestros políticos pueden darles a esos monumentos al odio es el repudio inequívoco. Eso implica retirarlos de una vez de los edificios estatales y de la vía pública y confinarlos a los museos donde ha de permanecer viva la memoria no solo de nuestras grandes virtudes y conquistas como comunidad humana sino también de nuestros grandes vicios y fracasos.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios