Daniel Morcate

La juerga perpetua

Rincón – En estos eternos días de zozobra económica, a Puerto Rico le ha dado por el lujo. La semana pasada se estrenó el Mall de San Juan, un centro comercial que usted, estimado lector, no debería perderse si tiene buena plata y las ganas de gastársela. Está situado a menos de dos millas del Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín, para facilitar el traslado de quienes llegan a la isla como turistas. Se promueve como el más lujoso y caro de las Américas. Y se suma al único hotel de seis estrellas del Caribe, el Dorado Beach Ritz Carlton Hotel, a varios hoteles nuevos o renovados de cinco estrellas y al anunciado arribo de los dos cruceros más grandes del mundo, el Allure of the Seas y el Oasis of the Seas, ambos de la compañía Royal Caribbean. Todo esto y más forma parte de una audaz apuesta por que la isla asuma su papel de destino turístico de altos vuelos para enfrentar una recesión económica que la ha ido consumiendo poco a poco.

Con la movida a favor del turismo adinerado Puerto Rico reconoce que no es la República Dominicana, donde la explotación de la mano de obra mantiene muy barato el turismo, ni mucho menos Cuba, donde la mano de obra semi esclava tiene un efecto similar. Pero esa movida sugiere un engañoso indicio de prosperidad. Por fortuna, están surgiendo otras señales más claras de que la isla coquetea con la largamente elusiva recuperación económica. La tasa de desempleo se ha situado en 11.6 %, la más baja desde 2008, aunque los escépticos advierten que a ello han contribuido el éxodo y los desempleados que han tirado la toalla. La codiciada industria de la aviación empieza a apostar por Puerto Rico ante el notable aumento del turismo procedente de Estados Unidos, Canadá y Europa. La empresa alemana Lufthansa establecerá en la isla un centro de mantenimiento y reparación de aeronaves. Jet Blue y Spirit acaban de incrementar el número de vuelos a Puerto Rico. Y el gobierno trata de atraer el negocio de otras aerolíneas.

Nada de esto, desde luego, garantizará la recuperación ni frenará el éxodo de puertorriqueños. El gobierno estatal procura rebajar su deuda de $73 mil millones mediante impuestos y tarifas que agobian o enardecen a la mayoría de los residentes. Un ejemplo típico es la campaña del gobernador Alejandro García Padilla a favor de una impopular reforma contributiva que reemplazaría el impuesto sobre ventas y uso, IVU, con el impuesto al valor agregado, IVA. Solo el hecho de librarla ha comprometido seriamente las posibilidades de reelección de García Padilla. Muchos puertorriqueños creen que su reforma les daría gato por liebre y que su verdadero propósito es meter las manos del estado en sus bolsillos para aplacar una crisis fiscal que crearon la ineptitud y la corrupción de sucesivas administraciones, las cuales aumentaron astronómicamente el gasto público mientras disminuían sus ingresos.

Únicamente el regreso de miles de puertorriqueños a la fuerza laboral y generosas inversiones nacionales y extranjeras paliarían en forma decisiva la crisis fiscal de Puerto Rico –además de la creciente industria turística. Pero muchos inversionistas esperan a que el gobierno ponga la casa en orden antes de arriesgar su dinero. Y numerosos trabajadores continúan refugiándose en EEUU. Durante los últimos 12 meses, 71 de los 78 municipios de Puerto Rico perdieron población, en algunos casos, como en San Juan, casi el 7 %. Inclusive Rincón, mi pequeño pueblo adoptivo, ha perdido 2.8 % de sus residentes en los últimos cuatro años a pesar de ser el segundo municipio más próspero de la isla después de Carolina.

Ante la persistente crisis, los dirigentes municipales aguzan la imaginación y promueven toda suerte de "actividades", termino genérico con el que los puertorriqueños designan los festivales musicales, certámenes y actos culturales. En Rincón, por ejemplo, la economía depende ahora de nuevos eventos como el Rincón International Film Festival, el Triatlón, el Corona Extra Pro Surf Circuit y mi favorito, el Festival de la Ballena Jorobada, los cuales se suman a las tradicionales celebraciones patronales y navideñas. Esto perpetúa la idea de que Puerto Rico vive en una juerga permanente, aun cuando en realidad para muchos la procesión vaya por dentro.

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