Daniel Morcate

Cómo domar a las fieras tecnológicas

Es como una maldición. Las grandes innovaciones tecnológicas que mejoran nuestra calidad de vida acaban atentando contra ella. Está sucediendo con grandes compañías que surgieron alrededor de internet, como Google, Facebook, Amazon, Microsoft y Apple. Los extraordinarios servicios que nos han prestado en las últimas décadas han transformado el mundo y nuestras vidas individuales; y merecidamente las han catapultado a los cinco primeros lugares de la S & P 500, el índice del mercado de acciones de las principales compañías estadounidenses. Pero, a la vez, las han convertido en monstruos tentaculares que husmean en nuestra intimidad, trafican con nuestros datos privados, propagan noticias falsas, permiten el fraude organizado, corrompen a billetazos a funcionarios públicos y crean monopolios que frenan la competencia y la misma innovación de la que han sido abanderadas.

Estos cinco gigantes tecnológicos aportan a nuestra economía nacional más de $660 mil millones anuales, gran parte de los cuales van a parar a las arcas de sus propietarios y accionistas. Google acapara hoy el 88 por ciento del mercado de anuncios de internet. Facebook cuenta con más del 70 por ciento del negocio que generan las redes sociales. Y Amazon se lleva el 70 por ciento del llamado e-market, es decir, el mercado de ventas electrónicas. Este control abrumador lo han logrado, en parte, gracias a que han sido pioneras en sus respectivos sectores tecnológicos y comerciales. Pero también debido a la exagerada influencia que ejercen sobre nuestros políticos para frenar la competencia. Solamente el año pasado, las cinco compañías invirtieron casi $50 millones en cabildear en el Congreso, el cual ha respondido con pasividad al clamor para que se las regule mejor. También han creado elaboradas entidades, como gremios comerciales y think tanks, que les venden a legisladores y consumidores una imagen idealizada de sus negocios. Y zorramente contratan a exreguladores de la industria.

El Congreso y el gobierno federal deberían trazar una estrategia sensata que preserve el equilibrio entre la necesidad que tienen estas compañías de innovar y generar ganancias y la que tienen los usuarios de que se respete su privacidad, se les proteja de los fraudes y la desinformación y puedan seguir costeándose servicios de internet de calidad. Luego de encarnizadas batallas políticas, el gobierno del presidente Obama había adoptado cautelosas medidas para frenar la venta de datos personales de los usuarios. Pero el presidente Trump las derogó, al parecer, por temor a que impidan el desarrollo de los gigantes tecnológicos y desalienten la contratación de empleados.

Combatir las prácticas y tendencias monopolísticas de estas compañías, sin embargo, no equivale a frustrar su desarrollo, sino a abrir espacios para que surjan y se establezcan competidores tal y como requiere una economía de mercado libre y competitivo como la nuestra. Ellas mismas son el mejor ejemplo. Microsoft floreció a partir de la exitosa campaña del gobierno federal contra las prácticas monopolísticas de IBM a fines de los 1970. Google, Facebook y Amazon prosperaron luego que Washington procesara a Microsoft por los mismos motivos en los 1990. Conscientes de estos antecedentes, la Unión Europea ha multado al coloso empresarial de Bill Gates en cientos de millones de euros en los últimos años, en un esfuerzo por fomentar la competencia en informática.

No están muy lejanos los días en que presenciamos con admiración como esta industria de tecnología avanzada diseminaba rápidamente la información y contribuía a educar a millones de personas, promoviendo incluso revueltas antidictatoriales en los esclavizados países árabes. No en vano las dictaduras sobrevivientes le temen, la vigilan y la amordazan. Hoy admiramos sus esfuerzos por promover la diversidad y su patrocinio generoso y visionario de causas nobles, como la igualdad de los miembros de la comunidad LGTB ante la ley y la lucha contra el cáncer, la esclerosis múltiple y el SIDA, entre otros flagelos.

Pero el uso peligroso que de las plataformas de algunas de estas compañías están haciendo los terroristas, regímenes paria como el ruso y estafadores de toda laya –sumado a las prácticas depredadoras que ellas mismas realizan– son un aldabonazo que nos alerta sobre la conveniencia de regularlas mejor. Es tarea pendiente del Congreso y del gobierno. Y no debería depender de banderas partidistas.

Periodista cubano.

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