Daniel Morcate

Paisaje después de la batalla con Irma

Patty Purdo observa los daños en un parque de casas móviles en los Cayos de la Florida, después del azote del huracán Irma.
Patty Purdo observa los daños en un parque de casas móviles en los Cayos de la Florida, después del azote del huracán Irma. AP

Lo más importante es que sobrevivimos. Al menos así ha ocurrido con la mayoría de los millones de personas que hoy nos contamos entre las víctimas de Irma en el Caribe, la Florida y el resto de Estados Unidos. Pero es momento de recordar a quienes no corrieron la misma suerte, perecieron y hoy han dejado a sus familias enlutadas; a quienes sufrieron lesiones serias o perdieron sus viviendas; y también es momento de agradecer el liderazgo de las autoridades locales, estatales y federales que, con la debida prevención, nos insuflaron el respeto e incluso el miedo necesarios para que tomáramos precauciones y pusiéramos a buen recaudo a nuestros seres queridos y viviendas. El mero hecho de que vivimos para contarlo es prueba de que le ganamos la primera batalla decisiva a Irma.

Ahora tendremos que librar otras batallas acaso menos truculentas, pero igualmente significativas. La primera consiste en superar la típica euforia de haber sobrevivido al huracán. Es un sentimiento temerario que puede conducir a tomar toda clase de riesgos evitables. El encierro al que nos condenan estos fenómenos naturales, en pobres condiciones de subsistencia, nos produce ansiedad y claustrofobia y lleva a mucha gente a salir antes de tiempo a la calle, caminar y conducir por lugares peligrosos y hacer trabajos riesgosos a los que no está acostumbrada. De ahí que más del 70 por ciento de las víctimas mueran en accidentes que se producen después del paso de los hurcanes. Así ocurrió en nuestro estado en 2004 cuando sufrimos el embate de varios huracanes y tormentas tropicales.

Luego vendrá la lucha por reconstruir nuestras viviendas y los edificios que han sufrido daños estructurales. Eso, hablando en plata, implicará tediosos trámites burocráticos con las aseguradoras y FEMA, la Agencia Federal para el Manejo de Emergencia, que probablemente agravarán nuestros dolores de cabeza en vez de aliviarlos. De esta experiencia, por la que muchos floridanos ya hemos pasado antes, deberíamos sacar lecciones básicas. La principal es que deberíamos tomarnos en serio cada amenaza de huracán y prepararnos bien para ella, incluso cuando las probabilidades de que nos golpee directamente sean pocas.

Como suele suceder, abundaron los chistes y burlas sobre los meteorólogos y autoridades que durante días nos conminaban a evacuar sitios vulnerables y asegurar nuestras viviendas y que nos mantenían en vilo por la posible trayectoria del huracán. La frecuencia e intensidad de las bromas bajaron cuando se materializó la amenaza. Irma terminó burlándose macabramente de los burladores.

A su paso arrollador por el Caribe y la Florida, Irma dejó una vasta estela de muerte. Muchas de sus víctimas fueron personas que desoyeron los consejos de evacuar zonas de riesgo. Y esa es otra lección que nos deja: desafiar las órdenes de evacuación es una insensatez que puede costarnos la vida. Se entiende nuestro apego a nuestras propiedades –fruto de nuestro trabajo de toda la vida– y nuestro temor a los saqueadores que sin escrúpulos aprovechan la desgracia ajena. Pero nada de eso se compara en valor a nuestra vida y las vidas de nuestros allegados.

Más arriba reconocí el oportuno trabajo preventivo que realizaron nuestros líderes durante la espera del huracán. Ojalá que, con el mismo ánimo de proteger a los ciudadanos a los que representan, se tomen en serio las advertencias de los científicos sobre el papel que en estos fenómenos naturales cada vez más implacables tiene el calentamiento del planeta. Solo de esa manera podrán comenzar a plantearse con honestidad una estrategia a mediano y largo plazo para reducir la contribución humana al deterioro de nuestro medio ambiente, uno de los factores que estarían generando tormentas sin precedente en su alcance, duración y ferocidad. Ello requiere la voluntad política para enfrentar a las poderosas compañías energéticas que se hallan entre las principales contaminadoras y patrocinadoras de los políticos que, con sospechosa terquedad, continúan negando y mofándose del flagelo del calentamiento global.

La moraleja de Irma y su reciente predecesor, Harvey, es evidente. Aunque no podemos evitar del todo estos desastres naturales, sí podemos blindarnos mejor contra ellos, entendiéndoles mejor, protegiéndonos y creando fondos de emergencia adecuados para lidiar con sus efectos catastróficos.

Periodista cubano.

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