Daniel Morcate

Las víctimas de los ‘ataques acústicos’ esperan justicia

El régimen de la familia Castro está siendo presa de su mala fama. Están aumentando las sospechas de que es responsable de los insólitos ataques contra diplomáticos extranjeros, en su mayoría estadounidenses y canadienses, en La Habana. El dictador heredero, Raúl Castro, personalmente le negó al embajador norteamericano Jeffrey DeLaurentis que sus espías y policías políticos los hayan perpetrado. Pero su negativa parece inverosímil. Estados Unidos y Canadá deberían revelar todo lo que saben sobre lo que con eufemismo califican de “incidentes”. Se lo deben a las víctimas, algunas de las cuales han visto sus vidas trastocadas para siempre. Y al público estadounidense y canadiense, al que el gobierno del presidente Obama había vendido la falsa imagen de un castrismo en vías de rectificación política.

En lugar de hablar claro, Estados Unidos y Canadá han ocultado hechos, dado rodeos y administrado con paternalismo la verdad sobre los llamados “ataques acústicos”. Prensa Asociada asegura que el Departamento de Estado mantuvo a Obama a oscuras sobre lo ocurrido. Y entre las mentiras y verdades a medias que luego nos ha disparado están que los “incidentes” solo afectaban a estadounidenses, que algunos afectados eran personas que habían ido a realizar trabajos técnicos a Cuba, que los atentados habían cesado el verano pasado y que apenas había una docena de víctimas. Hoy sabemos que los ataques se produjeron tan recientemente como en agosto de este año, que por lo menos 21 norteamericanos han sido perjudicados y que también lo han sido al menos 10 canadienses. Sabemos, además, que algunas víctimas han sufrido daños permanentes a su sistema auditivo y a su cerebro.

Los brutales ataques han sembrado el pánico entre los diplomáticos acreditados en Cuba. La embajada francesa examina a su personal luego de que uno de sus empleados reportara síntomas similares a los de los norteamericanos y canadienses. Otras sedes extranjeras discretamente hacen lo mismo. Varios diplomáticos han solicitado el traslado. Otros rehúsan aceptar misiones en Cuba. Los gobiernos con representación en la isla saben que, en la peor tradición totalitaria, el régimen cubano vigila de manera agresiva a los extranjeros, especialmente a aquellos que pueden ser influyentes o revestir interés político. Y conocen que en una sociedad totalitaria es virtualmente imposible que se produzcan hechos como los denunciados sin el consentimiento o la complicidad de las autoridades.

En su diálogo con DeLaurentis, Raúl Castro aparentemente dijo que tiene tanto interés como él en identificar a los culpables. Y sugirió otros sospechosos como los rusos, los norcoreanos y los venezolanos, quienes por estos días llevan peores las relaciones con Estados Unidos que Cuba. Pero al menos un detalle delata la complicidad castrista: los ataques se han producido en las embajadas, en las viviendas de los diplomáticos y hasta en hoteles donde se han hospedado, como el Capri. Solo los espías y policías del castrismo tienen acceso a lugares tan disímiles en la isla. Estos represores cubanos son discípulos aventajados de los soviéticos, los estealemanes y los búlgaros, temerarios especialistas en el fisgoneo en la vida ajena.

Los raulistas le han obsequiado a la prensa extranjera la hipótesis de que “fidelistas duros” podrían estar detrás de los atentados. Su móvil sería boicotear las relaciones entre Cuba y Estados Unidos que restablecieron Raúl Castro y Barack Obama. Yo me inclino por otra hipótesis menos espectacular: fiel a sus hábitos policiales, el régimen ha estado utilizando una técnica de vigilancia, nueva o recién adquirida, que se le ha ido de las manos y causado los trastornos. Su verdadero objetivo no era atacar a nadie, sino espiar estrechamente los movimientos y conversaciones del creciente número de norteamericanos que, con el rapproachement, comenzaron a viajar y a establecerse en la isla. Esta vigilancia tentacular probablemente se extiende a sectores no diplomáticos, como periodistas y empresarios.

Sea como fuere, el gobierno de Estados Unidos nos debe la verdad de los hechos a todos los norteamericanos. A las víctimas les debe, además, alguna forma de justicia como la que reclaman senadores que proponen clausurar la embajada cubana en Washington a menos que La Habana cumpla con su deber elemental de proteger a los diplomáticos en la isla.

Periodista cubano.

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