Daniel Morcate

Menos política y más caridad para Puerto Rico

El presidente Donald Trump (centro) saluda a los reunidos en una sesión de información sobre el huracán María en la base aérea Luis Muñiz, en San Juan, Puerto Rico, el 3 de octubre.
El presidente Donald Trump (centro) saluda a los reunidos en una sesión de información sobre el huracán María en la base aérea Luis Muñiz, en San Juan, Puerto Rico, el 3 de octubre. AP

La política amenaza con complicar la respuesta oficial a la catástrofe que provocó el huracán María en Puerto Rico. De la isla llegan versiones, no confirmadas pero verosímiles, de maniobras que supuestamente realizan algunos políticos locales para que los identifiquen principalmente a ellos con la entrega de asistencia humanitaria. Y la confrontación verbal entre la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, y el presidente Trump ha provocado una distracción de los esfuerzos que se necesitan con urgencia para salvar vidas y atenuar el sufrimiento de millones de damnificados. Pedir que se mantenga firme la brújula de esos esfuerzos, al margen de la politiquería, tal vez sea pedir demasiado. Pero eso es exactamente lo que hará falta para aliviar la peor crisis humanitaria que ha enfrentado la isla en su historia moderna.

Con su brutal furia, María es la responsable principal del desastre que aqueja a Puerto Rico. Es virtualmente imposible prepararse lo suficiente para enfrentar a un ciclón de 155 millas por hora, aguaceros implacables y violentos tornados sin esperar que cause daños catastróficos y deje a muchos en la indefensión. El gobernador Ricardo Rosselló y otros funcionarios locales de hecho advirtieron que María dejaría a oscuras a la isla durante meses y de antemano le pidieron a Trump que declarara estado de emergencia. Una vez consumado el desastre, sin embargo, se han producido controversias y errores humanos de los que se debería aprender.

Funcionarios locales y federales se han criticado mutuamente, aunque la mayoría ha expresado sus críticas en forma discreta y con la intención de superar diferencias. Líderes puertorriqueños se han quejado de que algunos federales quieren tomar decisiones e impartir órdenes sin conocer bien la isla. Y líderes federales han dicho que entre los dirigentes puertorriqueños abundan los jóvenes sin experiencia en la respuesta a una crisis. Ilustra estas diferencias la controversia sobre la represa de Guajataca. El gobierno central y los federales exigieron evacuar a más de 70 mil habitantes de Quebradillas e Isabela, diciendo que corrían peligro por la rotura de compuertas. Pero los alcaldes de esas y otras poblaciones cercanas consideraron que el problema afectaría solamente a cien viviendas y que no era necesario evacuar a tantas personas, lo que representaba una pesadilla logística dadas las terribles condiciones en que María dejó a la zona.

El liderazgo local juzgó necesario el imponer toques de queda para prevenir robos por parte de delincuentes o personas desesperadas. Pero algunos federales estimaron que los toques de queda prolongados paralizaban los servicios de emergencia que tanto necesitaban los damnificados.

La pelea verbal entre la alcaldesa capitalina y Trump fue harina de otro costal. Yulín se quejó con vehemencia de la lentitud, por no decir la ausencia, de la ayuda federal durante los días que siguieron a María. “Nos estamos muriendo aquí”, dijo. Y dirigiéndose al mandatario declaró: “De manera que, señor Trump, le suplico que se haga cargo y salve vidas”. Previsiblemente, Trump le contestó con insultos no solo a ella –“qué pobre muestra de liderazgo la de la alcaldesa de San Juan”– sino a los puertorriqueños en general, a quienes acusó de pretender “que se lo hagan todo”. De esta forma se hizo eco de los prejuicios más persistentes y estúpidos sobre los boricuas y demostró su crasa ignorancia de la historia de las relaciones entre la isla y Estados Unidos. Y lo hizo mientras en los hospitales morían pacientes porque no podían recibir la atención que necesitaban. Trump demostró así, una vez más, que su temperamento volátil y vengativo no se aviene al cargo enormemente responsable que ocupa y que más bien representa un peligro para los estadounidenses y para el mundo.

Los daños extraordinarios que ha sufrido Puerto Rico están provocando un éxodo que augura una drástica disminución de la población y retos considerables para los dirigentes de las comunidades a donde están arribando los evacuados, especialmente en la Florida y Nueva York.

Los damnificados que permanezcan en Puerto Rico necesitarán la atención y la asistencia sostenidas y generosas de Estados Unidos mediante un esfuerzo coordinado, entre líderes locales y federales, en el que idealmente la política debería supeditarse totalmente a las necesidades humanitarias.

Periodista cubano.

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