Daniel Morcate

Desafiando la muerte

Que la vida es transitoria lo ha sabido el hombre desde que es hombre. Pero a través de los siglos esa transitoriedad ha ido variando a medida que ha ido aumentando la longevidad gracias al progreso de las ciencias y de la educación general. El promedio de vida en Estados Unidos se ha estancado alrededor de los 78 años. Pero ya sobrepasa los 80 en otros países desarrollados, que combinan mejor que el nuestro los servicios sanitarios con los sociales. Ahora billonarios de Silicon Valley pretenden darle un nuevo impulso a la longevidad. Para ello promueven con sus infinitos dólares investigaciones científicas que buscan elevar la expectativa de vida como mínimo a los 120 años y en algunos casos muchísimo más. Es una buena causa que puede ser aún mejor si se guía por una brújula moral.

Peter Thiel, fundador de PayPal y el primer inversionista en Facebook, dedica millones anuales a la Fundación Sen, la cual realiza experimentos para prolongar la vida por lo menos hasta 120 y tal vez hasta los 150. Sergei Brin, cofundador de Google, invierte cantidades similares en CALICO, compañía de biotecnología que combate el envejecimiento. Larry Ellison, cofundador de la empresa de ordenadores Oracle, creó la Fundación Médica Ellison para apoyar con fondos y logística experimentos que procuran frenar el deterioro físico que conduce a la muerte. Y el multimillonario ruso Dmitry Itskov fundó la New Media Stars, iniciativa que busca crear tecnologías que extiendan la vida y permitan “transferir la personalidad de un individuo a un portador más avanzado científicamente”. Son apenas algunos ejemplos de estos nuevos abanderados de la longevidad que incluyen además a Bill Gates, Mark Zuckerberg y Pierre y Pam Omidyar, entre otros.

Por años estos potentados habían trabajado con discreción en sus proyectos vitales, en parte, para evitar lo inevitable: las controversias. Pero un artículo de The Guardian a principios de este año y otro del Washington Post el pasado fin de semana le pusieron fin al misterio y destaparon la polémica. Además de las objeciones que puedan hacer las iglesias, las cuales suelen mirar con recelo muchos experimentos científicos, han surgido importantes preguntas éticas. Una es si se justifica el invertir tantos millones en experimentos de longevidad mientras dos tercios de la humanidad aún viven en la pobreza. Otra es si, con estas iniciativas, no se corre el riesgo de aumentar dramáticamente el costo de mantener poblaciones longevas en países desarrollados a expensas de poblaciones de países subdesarrollados. También se plantea la posibilidad de que el egocentrismo de los billonarios de Silicon Valley, más que el altruismo, estén impulsando estas costosas indagaciones. Los críticos señalan que la mayoría de estos nuevos ricos hicieron sus fortunas rápido y siendo aún muy jóvenes, lo que presuntamente les da una motivación especial para aspirar a vivir muchos años y disfrutar sus riquezas durante más tiempo.

Estas y otras objeciones éticas apuntan hacia la necesidad de mantener un amplio debate público sobre los nuevos esfuerzos científico-tecnológicos para prolongar la vida. Pero de ningún modo los invalidan. La lucha por la prolongación de la vida ha sido, es y será siempre una constante de la humanidad. De manera fundamental define a nuestra especie. Y ha sido el faro principal de los experimentos científicos, especialmente en el campo de la salud. Por consiguiente, cualquier intento por torpedear los experimentos que ahora emanan de Silicon Valley sería absurdo y contraproducente.

Más razonable sería dotar de un compás ético a los proyectos experimentales de longevidad. Esto permitiría trazar con mayor claridad y transparencia sus objetivos, darles un carácter de universalidad, de tal forma que cualquier resultado positivo en principio pueda aplicarse a todos los miembros de la especie y no solo a aquellos que financian los experimentos o cuentan con recursos suficientes para beneficiarse de ellos. Los científicos ya reportan logros notables en pruebas con animales de laboratorio. Ahora algunos planean dar el próximo paso: aplicar a seres humanos el conocimiento derivado de ellas. Un oportuno asesoramiento ético respondería a los dilemas que crearía la posibilidad de que las personas vivan muchos años más, tengan familias más numerosas y longevas y compitan durante más tiempo por los recursos naturales disponibles.

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