Daniel Morcate

El macabro ritual de las armas

Se dice que un estado fallido es aquel en el que la estructura política se ha desintegrado hasta tal punto que el gobierno soberano no puede cumplir ya con sus funciones básicas. La incapacidad de nuestro gobierno de protegernos de la violencia con armas de fuego, como la reciente masacre de Las Vegas, es un claro indicio de que, en un aspecto fundamental, Estados Unidos ha degenerado en un estado fallido. Me refiero al deber elemental que todo estado tiene de proteger a sus ciudadanos de la rampante violencia criminal. Los estadounidenses razonablemente bien informados conocemos la causa y la solución. Pero o bien no somos mayoría o no tenemos la voluntad política de resolver el problema, lo que pasaría por enfrentar en las urnas de manera decisiva a los practicantes y promotores de la cultura de la violencia con armas, especialmente a los congresistas que, en esencia, son auspiciadores glorificados de terrorismo doméstico.

Estos legisladores de conciencia tullida y escaso pudor empeñan literalmente sus escaños a los grupos de intereses que promueven la violencia de las armas, como la Asociación Nacional del Rifle, verdadero consorcio criminal integrado y pagado por fanáticos de las armas, a quienes no les importa poner en peligro ni siquiera las vidas de sus familiares. Cada vez que se presenta un proyecto de ley para frenar la locura armamentista, votan puntualmente en contra. Luego, con repugnante cinismo, son los primeros en dar el pésame a los familiares de los miles de víctimas de la violencia de las armas, como las 32 en la Universidad de Virginia Tech, las 14 de San Bernardino, California, las 12 en el embarcadero de la Armada en Washington, las 26 de la Primaria Sandy Hook, Connecticut, y las 49 de la discoteca Pulse en Orlando, entre otras. Estas muertes de inocentes también son sus muertes, como las son de los fabricantes y expendedores de armas que lucran con el sangriento zafarrancho y aplacan su conciencia diciendo que operan dentro de la ley, como si la proliferación de armas solo fuera un asunto legal y no moral. A la hora de la fotografía, sin embargo, podemos contar con que tanto los congresistas como los traficantes de la muerte derramen lágrimas de cocodrilo.

Las constantes carnicerías de inocentes han dado paso a un trágico ritual. Invariablemente les sigue la búsqueda de cualquier móvil que achacarle al asesino que nada tenga que ver con el acceso escandalosamente fácil a las armas, las municiones y los explosivos. Matan, nos dicen, únicamente porque están “locos” o porque son “fanáticos” políticos o religiosos, como si en el resto de los países donde no se producen masacres no abundaran esas categorías de personas. En realidad, matan e hieren a centenares porque pueden hacerlo, porque a su maldad aúnan el acceso automático a armas diseñadas para perpetrar matanzas de seres humanos, acceso que les otorgan las falsas plañideras del Congreso.

Parte del ritual macabro consiste en esperar a que se calme la indignación pública, que apenas dura tres o cuatro días, hasta la próxima masacre previsible. Mientras tanto, nos exhortan a no mencionar el problema de las armas porque “no es el momento”. ¡Nunca lo es! “No vamos a hablar de eso hoy”, dijo el presidente Trump, cuya campaña electoral recibió generosas donaciones de los maleantes legalizados de la NRA. “Creo que es prematuro hablar de soluciones legislativas”, tronó Mitch McConnell, el líder de la mayoría republicana en el Senado. Pero el premio a la desfachatez podría ir al senador demócrata Joe Manchin, de West Virginia. Practicante confeso del culto a las armas, anunció que consultaría a “los cazadores” de su estado antes de apoyar cualquier legislación que restrinja el uso de “bump stocks”, los dispositivos con que asesinos en masa como el de Las Vegas convierten sus rifles en ametralladoras que disparan hasta 800 balas por minuto.

Después de Las Vegas tampoco se hará nada significativo para parar la sicosis de las armas. Lo impedirán la NRA, la mayoría republicana en el Congreso, los fanáticos de las armas – especialmente nuestros compatriotas de zonas rurales– y nuestra propia abulia política. Seguiremos, por tanto, viviendo en un estado parcialmente fallido.

Periodista cubano.

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