Daniel Morcate

Trump contra la Primera Enmienda

El presidente Donald Trump, junto a su esposa, Melania, saluda a los periodistas en un centro de entrenamiento del Servicio Secreto en Maryland. Trump volvió a acusar a los medios de difundir noticias falsas.
El presidente Donald Trump, junto a su esposa, Melania, saluda a los periodistas en un centro de entrenamiento del Servicio Secreto en Maryland. Trump volvió a acusar a los medios de difundir noticias falsas. Getty Images

El presidente Trump realizó su más feroz ataque contra los medios y la libertad de prensa desde que ocupa la Casa Blanca. Esta vez el blanco principal de su ataque fue la Cadena NBC, la cual lo sacó de sus casillas al informar que, en julio, Trump había considerado la posibilidad de multiplicar por diez el ya enorme arsenal nuclear de Estados Unidos. Habría sido al término de una reunión de alto nivel sobre ese tema cuando el secretario de Estado, Rex Tillerson, llamó a Trump “moron” o idiota. Tillerson no lo ha negado, aunque se va por la tangente cada vez que los periodistas le preguntan si es cierto. Consciente de que lo es, Trump retó a Tillerson a una competencia de coeficientes de inteligencia. Pero el efecto más grave del incidente fue el asalto verbal a NBC y los medios, con el cual el presidente descarriado violó su juramento inaugural de proteger la Constitución y alentó, ilegalmente, la persecución a la prensa.

En Twitter, su medio de expresión favorito, escribió: “Con todas las noticias falsas que provienen de NBC y las Cadenas (sic), ¿en qué momento es apropiado retar sus Licencias (sic)? ¡Malo para el país!” Luego, en presencia del primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, quien le visitaba, declaró resentido: “Es francamente repugnante la forma en que la prensa puede escribir todo lo que quiere escribir y se debe investigar”. Después tuiteó: “Las noticias de las cadenas se han vuelto tan partidistas, distorsionadas y falsas que se deben retar y, cuando lo amerite, revocar sus licencias”. Posteriormente la Casa Blanca y altos funcionarios del gobierno, como el vicepresidente Mike Pence, defendieron la diatriba antidemocrática de Trump.

Con esas palabras, indignas no ya de un presidente, sino de cualquier funcionario público en Estados Unidos, Trump amenazó con usar el poder del gobierno federal que encabeza para coartar la libertad de transmisión, expresión y prensa de los medios. La amenaza equivale a una flagrante violación del juramento mediante el cual se comprometió a defender la Constitución, cuya primera enmienda expresamente prohíbe adoptar leyes que impidan la libertad de expresión y prensa. Esto, por sí solo, podría ser motivo para que el Congreso le inicie un proceso de destitución o “impeachment”.

Al proferir sus amenazas desde su poderoso cargo, Trump cruzó la frontera entre la crítica –a la que tiene derecho precisamente bajo la Primera Enmienda– y las amenazas de utilizar al gobierno para perseguir y acallar a la prensa. Esta es una diferencia fundamental que reconocen las cortes. En “American Family Inc. Vs. San Francisco”, por ejemplo, una corte falló en 2002 que “un funcionario público que intenta cerrar una avenida de expresión de ideas y opiniones, mediante la imposición real o amenazante del poder o sanciones del gobierno, viola la Primera Enmienda”. Y en “Walker Vs. Texas Division, Sons of Confederate Veterans, Inc.” otra corte decidió en 2005 que “la capacidad del gobierno de expresarse no carece de restricciones”. El gobierno, concluyó la corte, no tiene derecho a hacer pronunciamientos que “asfixien la libertad de expresión de los ciudadanos privados”.

Las amenazas de Trump lo rebajan a la categoría deplorable de Hugo Chávez, Vladimir Putin y otros autócratas que han usado el poder para silenciar a periodistas. La Comisión Federal de Comunicaciones, FCC, se compone de miembros que nombran los presidentes y tiene facultad para regular, prohibir y multar a los medios. Una de sus integrantes, Jessica Rosenworcel, recordó que “la Corte Suprema caracteriza a nuestra Primera Enmienda como un profundo compromiso nacional con un debate robusto y abierto que a veces golpea duro a los funcionarios públicos”; y lamentó que sus colegas de la FCC permanezcan callados. Es fácil imaginar el efecto intimidatorio que las amenazas presidenciales pueden tener sobre la FCC y sobre dueños, inversionistas y periodistas de las cadenas de televisión y otros medios de prensa; también como sus detestables palabras pueden alentar la persecución a periodistas en países más vulnerables a la coerción política.

Trump intuye que solo puede gobernar de la forma arbitraria y errática en que gobierna proclamándose autócrata. Su amenaza a la prensa podría ser el primer paso en esa dirección.

Periodista cubano.

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