Daniel Morcate

Mentes secuestradas

Dentro de unos días tendremos la oportunidad de conocer más sobre la manipulación de la opinión pública norteamericana por parte del régimen ruso y otros extranjeros hostiles. Investigadores del Congreso citaron a testificar el primero de noviembre a ejecutivos de Facebook, Twitter, Buzzfeed y Google, entre otros gigantes tecnológicos, cuyas plataformas han utilizado y todavía utilizan depredadores rusos bajo el mando del siniestro autócrata Vladimir Putin. Con certeza les harán preguntas incómodas, tales como cuánto sabían y cuándo supieron de las operaciones de espías y hackers para manipular votantes y sembrar discordia entre los norteamericanos y cuánto dinero recibieron de esos maleantes. Pero la ocasión también será propicia para que los norteamericanos incrédulos o ingenuos entiendan por qué, décadas después de la caída del totalitarismo comunista, algunos rusos nos siguen odiando y subvirtiendo y qué podemos hacer para defendernos de sus agresiones e injerencia en nuestros asuntos domésticos.

Responder adecuadamente esas y otras preguntas requerirá una transparencia y honestidad que no están ni remotamente garantizadas, teniendo en cuenta el foro político en el que se desarrollará la discusión y lo delicado del tema. Cabe esperar que legisladores republicanos resistan la idea de que parte de la operación clandestina rusa iba dirigida a socavar la candidatura presidencial de Hillary Clinton y a ayudar a elegir a su rival Donald Trump. Y es previsible que legisladores de ambos partidos ignoren la posibilidad de que los ataques de Putin y los que probablemente realizan otros enemigos de Estados Unidos sean en parte una retribución por el espionaje cibernético que practicara Washington durante los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama. Cuando trascendió ese fisgoneo tentacular, a raíz de las revelaciones de Edward Snowden, algunos advertimos que la venganza de nuestros adversarios sería inevitable e implacable.

Incluso antes de que comiencen las audiencias, ya tenemos suficientes evidencias para inferir que nuestra nación ha sido víctima de un grave y sistemático ataque extranjero a través de las plataformas antes citadas. Tres de ellas han admitido que los rusos les compraron anuncios para alentar las divisiones entre los norteamericanos e inclinar el voto a favor de Trump; una ofensiva sin precedente cuyo objetivo era y sigue siendo secuestrar y manipular las mentes de los norteamericanos.

En Facebook, colocaron anuncios con mensajes divisivos, utilizando cuentas falsas y concentrándose en los estados indecisos en la elección presidencial. En Twitter, piratas cibernéticos se disfrazaron de usuarios estadounidenses para promover noticias falsas contra Clinton y a favor de Trump. Todavía hoy trumpistas obtusos las repiten como si fueran verdades irrefutables. Buzzfeed ha admitido que una cuenta apócrifa rusa se hizo pasar por el Partido Republicano de Tenesí y llegó a tener 130,000 miembros. La empresa la dejó funcionar durante 11 meses a pesar de las protestas del auténtico GOP en ese estado. Solo Google continúa negando que se dejó mangonear, a pesar de que el Washington Post informó que una investigación interna que llevó a cabo la plataforma había descubierto numerosas operaciones secretas de los rusos.

Algunos rusos, como los cubanos castristas, buscan nuevas formas de agredirnos porque no se resignan al fracaso del sistema y la ideología a los que ellos, sus padres y sus abuelos consagraron sus vidas. El odio agresivo, para el que están acondicionados, les resulta más fácil que un examen de conciencia honesto y una rectificación. En el caso específico de Putin, sangra además por la herida política y moral que le infligió el Magnitsky Act, ley bipartidista que adoptó el Congreso, en contra de la voluntad del presidente Obama –quien no tuvo otro remedio que firmarla– para castigar a los verdugos del abogado y contador Sergei Magnitsky, a quien asesinaron en una prisión de Moscú en 2009. Pagó con la vida su cruzada contra la corrupción. La ley que inspiró ha paralizado negocios billonarios de algunos norteamericanos con Putin y los oligarcas de su entorno, quienes anhelan que el presidente a quien ayudaron a elegir la derogue o ignore.

Las inminentes audiencias legislativas deberían arrojar luz sobre los enemigos que usan métodos complejos para socavar nuestra democracia, los compatriotas que temerariamente les hacen el juego y lo que el resto de nosotros podríamos hacer para que fracasen.

Periodista cubano.

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