Daniel Morcate

El lío de parquear en Miami

El estacionamiento del Dadeland Mall está lleno el pasado 21 de octubre. Estacionar en Miami puede ser con frecuencia una pesadilla.
El estacionamiento del Dadeland Mall está lleno el pasado 21 de octubre. Estacionar en Miami puede ser con frecuencia una pesadilla. el Nuevo Herald

Estacionar el auto en el Gran Miami ya está a mitad de camino entre el lujo estrafalario y el cólico nefrítico. Los choferes no solo competimos en buena lid por los espacios disponibles para los vehículos; también nos miramos con recelo, nos insultamos, nos liamos a golpes y, cuando nada de eso nos calma la ira, nos caemos a puñaladas o balazos. De todo eso he visto en mis largos años de conductor en Miami-Dade. Pero una reveladora serie informativa de The Miami Herald nos advierte ahora que todo eso es apenas el comienzo de la pesadilla que nos aguarda por la creciente desproporción entre el número de autos y la cantidad de garajes y espacios para estacionar. Se lo debemos a la cultura del automóvil en un lugar que, a pesar de los huracanes y alguna que otra calamidad ocasional, constituye un imán para miles y miles de personas cada año.

La cultura del automóvil es una de las más antiguas y arraigadas de Estados Unidos. Cumplió ya más de cien años y, lejos de haber envejecido, parece rejuvenecerse cada año con la variada oferta de vehículos modernos que en estados como la Florida, California y Texas nos prometen una mezcla irresistible de conveniencia y placer. Históricamente el automóvil nos ha dado independencia, movilidad, diversión. Pero lo que oportunamente plantean las crónicas del Herald, bien documentadas y elocuentemente escritas por René Rodríguez, es que esas virtudes inherentes al automóvil se ensombrecen cuando reparamos en que, en comunidades de alta densidad poblacional como la nuestra, el chofer promedio pierde 17 horas anuales en buscar estacionamiento, malgasta $345 en el lance y paga casi $100 de más por los espacios. Estos inconvenientes se agregan a las decenas de horas despilfarradas en congestiones de tráfico, los casi $13,000 invertidos como promedio al año en gasolina y los accidentes que cobran 53,000 vidas de estadounidenses anuales y que disparan los precios de los seguros y la atención médica.

Expertos en desarrollo sostienen que la solución estriba en darle prioridad a un estilo de vida urbano –en el que más personas trabajen, estudien y hagan sus compras cerca de donde residen– sobre la actual cultura del automóvil. Como admirador de ambos, preferiría una combinación de los dos. Es una preferencia que refleja mi personal transformación de guajiro holguinero en animal más o menos cosmopolita. Pero también refleja mi convicción de que el automóvil es y seguirá siendo estrella de nuestra película urbana.

Su protagonismo, sin embargo, cambiará. Y de hecho está cambiando ya. Un ejemplo son los servicios que prestan compañías innovadoras como Uber y Lyft, cuyos choferes nos transportan a lugares congestionados o inhóspitos a precios razonables, reviviendo la antigua tradición del carro público que tan importantes servicios prestara a nuestros abuelos. Carlos Markovich, planificador de Miami Beach, me señala otro ejemplo de mezcla innovadora entre automóvil y urbanismo: los vehículos sin conductores. Aunque todavía se hallan en fase de experimentación, Markovich asegura que ya forman parte íntegra de la planificación urbana de nuestras ciudades. Podrían convertirse en alternativa a los cada vez más costosos e imprácticos sistemas de transporte masivo, funcionando como vehículos de preferencia para trasladar a pequeños grupos de pasajeros que de esa forma no tendrían que conducir sus autos a lugares de actividad intensa.

Cuando aterricé en el Gran Miami, hace más de cuatro décadas, eran gratis muchos de los estacionamientos por los que hoy pagamos buen dinero en cualquiera de nuestras ciudades. Aquello que parecía una bendición era también –irónicamente– una señal de subdesarrollo urbano, de que el sur de la Florida aún no había adquirido el magnetismo que hoy atrae a cientos de miles de inmigrantes y turistas. Uno de los precios que pagamos por el cambio es la lucha cotidiana por encontrar un parqueo casi siempre inconveniente y caro. Aquellos viejos tiempos no volverán. Lo que sí es posible y deseable es armonizar mejor nuestro inveterado culto al automóvil con un estilo de vida que incluya el uso más eficaz de transporte público y el redescubrimiento del saludable hábito de caminar por comunidades donde todo lo básico lo encontremos al alcance de la mano.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios