Daniel Morcate

Hijos de la pobreza

La cantante y compositora Gwen Stefani interpreta su música en una concentración en Washington el pasado 18 de abril, para exigir el fin de la pobreza extrema y una solución al cambio climático.
La cantante y compositora Gwen Stefani interpreta su música en una concentración en Washington el pasado 18 de abril, para exigir el fin de la pobreza extrema y una solución al cambio climático. Getty Images for Global Citizen

Una de las consecuencias de la reciente crisis económica que padeció el país ha sido la postergación de cualquier intento serio por mitigar la pobreza y la desigualdad de oportunidades. Ahora que la economía nacional mejora conviene hacer el balance de este problema. Un efecto ha sido el comprobar que nuestra inversión pública y privada en la atención médica continúa aumentando sin que por ello mejore esa atención. Estados Unidos gasta más en asuntos sanitarios que cualquier otro país desarrollado, pero ese gasto no propicia la misma calidad de cuidado médico que reciben los ciudadanos de otras naciones ricas. La reforma sanitaria, el famoso Obamacare, podría mitigar el problema. Pero no lo solucionará. Sin una red adecuada de protección social, ni Obamacare ni ningún otro plan resolverá por sí solo la paradoja de que el país desarrollado que más invierte en atención médica sea uno de los que peores servicios ofrece a sus ciudadanos.

Sin una eficiente red protectora, el país también se condenará a sufrir otros problemas sociales recurrentes. Uno de ellos lo expone un nuevo estudio del Urban Institute. Revela que la deserción escolar pudiera estar empeorando en muchas de nuestras comunidades; y que 30% de nuestros jóvenes entre 16 y 18 años que no se han graduado de secundaria ni siquiera están asistiendo a la escuela. El estudio subraya que esto ocurre porque en su mayoría estos adolescentes se ven obligados a trabajar para sostener a sus familias de escasos recursos. Tres de cada cuatro nacieron en Estados Unidos. Y entre ellos el número de hispanos es superior al promedio de la población hispana del país.

De los millones de jóvenes que no están asistiendo al colegio, solo 17% pertenecen a familias que reciben asistencia del seguro social. Apenas 23% a familias que reciben cupones de alimentos. Y más de dos tercios viven en hogares que se hallan por debajo o en el límite mismo del nivel de pobreza. Ese nivel promedio equivale a una familia de cinco con ingresos de $28,500 anuales. Los infortunados desertores escolares contribuyen a esos ingresos, haciendo trabajos rudimentarios y mal remunerados pero sin los cuales se desintegrarían sus familias.

En pleno siglo XXI, y en la nación más productiva del mundo, estos hijos de la pobreza están jugando con los dados marcados en su contra. La mayoría no terminará nunca la secundaria, lo que limitará sus posibilidades de conseguir empleos decorosos y fundar familias estables. Sus aportes al bienestar de sus comunidades y del país en general serán más limitados de los que harán otros jóvenes afortunados. Y difícilmente se les podrá culpar por ello. Si abandonan los estudios, es porque se lo exige la necesidad imperiosa de contribuir a la supervivencia de sus familias pobres y socialmente desprotegidas.

En comparación con otras naciones prósperas, Estados Unidos invierte relativamente poco en defender a sus ciudadanos menos afortunados de la pobreza. Por ejemplo, mientras gasta menos del 10% del Producto Interno Bruto en servicios sociales, Francia, Suecia, Suiza, Austria y otras naciones europeas gastan 20%. Se lo debemos a la ética puritana, que desde la fundación del país ha hecho hincapié en el esfuerzo individual y mirado con recelo cualquier forma de dependencia del estado; y a prejuicios calvinistas contra el ocio. Por eso en nuestro país los esfuerzos por independizar a los ciudadanos del gobierno suelen ser más intensos que los esfuerzos para proteger a los pobres. Y por eso los programas de asistencia social, como el welfare, el Medicaid y el plan de sellos alimenticios, se hallan constantemente en jaque, reciben presupuestos inadecuados y son blanco de críticas virulentas.

Estudios como el del Urban Institute nos invitan a replantearnos el debate sobre el papel preventivo que desempeñan las redes de protección social en un país desarrollado como el nuestro. Y el mejor momento de hacerlo es cuando la nación vuelve a experimentar prosperidad como sucede ahora. Los problemas sociales y económicos de un importante segmento de nuestra población requieren soluciones económicas y sociales. Para buscarlas, debemos reconsiderar algunas de nuestras preconcepciones, como la de que solo la deficiencia académica y las escuelas “fallidas” provocan la deserción escolar.

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