Daniel Morcate

La enseñanza como estafa

Si vivimos con la constante sensación de que nos estafan, de que nos rodean truhanes que a la primera de cambio se adueñan de nuestra calderilla, no nos equivocamos. Es como aquel mensaje que paseaba por el mundo un compañero judío en mis tiempos universitarios. Solía vestir una camiseta con la leyenda “solo porque nadie te persigue no creas que estás paranoico”. Del mismo modo, podemos afirmar con matemática certeza que solo porque nadie nos esté metiendo la mano en los bolsillos no significa que no nos estén birlando nuestro dinero. En esta ocasión lo digo tras haber leído la espeluznante investigación del Herald sobre la estafa organizada, y más o menos legal, que en la Florida perpetran algunos de esos colleges que por lo menos tienen la franqueza de autoproclamarse “for profit” o lucrativos.

La investigación periodística revela que, en su afán de llenar sus aulas y arcas, muchas de estas instituciones mienten sobre las perspectivas laborales que tienen sus estudiantes, ofrecen una educación mediocre, dejan a muchos alumnos con deudas astronómicas; y que todo esto lo hacen con la complicidad de los legisladores floridanos a cuyas campañas electorales contribuyen en forma generosa. Más concretamente el diario informa, entre otras cosas, que mientras en otras partes del país se combatían los desmanes que cometen algunos de estos colleges, los legisladores floridanos aprobaban 15 leyes para potenciar y escudar sus negocios; que a pesar de que sus alumnos representan apenas el 12 por ciento de todos los universitarios, 44 por ciento de ellos han dejado de pagar sus préstamos estudiantiles; y que la estatal Comisión para la Educación Independiente, la cual debería vigilar estos colleges no lucrativos, en realidad tiene una junta directiva en la que predominan sus ejecutivos. La zorra está a cargo del gallinero.

Todo esto sucede en la Florida poco después de que el Congreso de Estados Unidos expusiera con lujo de detalles los excesos que perpetran muchas de estas entidades. En 2012, el llamado Harkin Report, el cual lleva el apellido del representante demócrata de Iowa Tom Harkin, denunció “el costo exorbitante de la matrícula, el reclutamiento agresivo y los resultados abismales para los estudiantes” de estos colleges. Son precisamente los mismos males que documenta el Herald en nuestro estado. A raíz del informe Harkin, decenas de colleges lucrativos cerraron sus puertas en el país. Gobiernos estatales, como el de California, les suspendieron la ayuda financiera a centenares de ellos. Y muchos prometieron reformarse.

Los colleges lucrativos en Estados Unidos son casi tan antiguos como la república. Y también las controversias que han causado. A fines del siglo XIX proliferaron por la misma razón que hoy proliferan: los avances tecnológicos los pusieron de moda ante la imposibilidad de que las universidades tradicionales graduaran a tantos profesionales y técnicos como requería un sistema de producción en pleno desarrollo. Andrew Carnegie, el célebre magnate del acero y filántropo, estudió teneduría de libros en un college comercial al que asistió de noche. John D. Rockefeller, el potentado petrolero y también filántropo, se hizo contable y banquero en el Folsom’s Commercial College de Cleveland, el cual, por cierto, sobrevive hoy con el nombre de Chancellor University. Pero incluso en aquellos tiempos la Comisión Nacional de Educación acusó a los colleges lucrativos de ser “especulaciones puramente comerciales”.

Y sin embargo tanto entonces como ahora los colleges lucrativos llenan un vacío importante en nuestro sistema nacional de educación. Muchos se ubican de manera estratégica en vecindarios populosos, ofrecen horarios flexibles a estudiantes que trabajan y carreras prácticas que pueden cambiar las perspectivas financieras de familias enteras. Por eso lo conveniente sería reformarlos, obligarlos a guiarse por normas de calidad similares a las que tienen universidades tradicionales. Lamentablemente, algunos colleges lucrativos se han acostumbrado a ver la educación como un servicio cualquiera, como el eléctrico, el telefónico o como la recogida de basura. Y muchos de nuestros políticos, obsesionados con la privatización de la educación, les han seguido el juego. Pero la educación nunca ha sido ni será un servicio privatizable cualquiera sino el proceso sutil y enriquecedor mediante el cual se cohesiona nuestra república y se reducen las diferencias sociales y económicas entre los norteamericanos.

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