Daniel Morcate

Leyes antidemocráticas

Estás en una barbacoa con amigos y de pronto alguien con ganas de tocarte el gorro dispara: bueno, asere, tú que dices que eres periodista, explícanos por qué la gente suele votar tan mal o no votar. Uno, claro, tiene muchas opiniones sobre ese tema y sobre cualquier otro que le sirvan en una barbacoa. Pero en vez de arruinarles el convite a los amigos prefiere dejar la respuesta para la columna semanal. Vaya, pues, como respuesta parcial a la pregunta del amigo lo que pienso del tema a la luz de la contienda presidencial prematuramente en marcha. Y lo que pienso es que a este paso nos van a dar gato por liebre. Que nos estamos perdiendo el bosque por mirar el árbol. Y que mientras seguimos con arrobo cada anuncio de candidatura, la verdadera noticia electoral, la que más debería conocer el público, está en otra parte, como la vida en ciertas novelas de Milan Kundera. No debería sorprendernos, entonces, que mucha gente se quede en Babia a la hora de ir a votar. O que sencillamente no vaya.

Tiene su gracia eso de que cada semana que transcurre anuncien sus aspiraciones presidenciales tres o cuatro personajes. Pero lo que ya no la tiene es que, por el rumbo que llevan los acontecimientos, millones de norteamericanos no vayan a poder votar en las elecciones de 2016. Se lo debemos al avance puntual y sistemático de las antidemocráticas leyes de supresión de votantes que promueven, principalmente, legisladores y gobernadores republicanos en los estados que controlan, que son la mayoría. La última vez que miré 14 estados liderados por republicanos, incluyendo la Florida, habían adoptado tales leyes. Otros planeaban hacerlo. ¿En qué consisten esas medidas? Algunas recortan los días de votación temprana para que menos votantes, especialmente trabajadores, puedan acudir a las urnas. Otras exigen identificaciones con fotos a sabiendas de que 11 de cada 100 norteamericanos en edad de sufragar carecen de ellas. Y aun otras purgan las listas de electores mediante criterios sospechosos.

La ofensiva republicana para suprimir votos comenzó, no sin cierta justificación, en 2009. Fue a raíz del descubrimiento de que miembros de la organización comunitaria liberal ACORN descaradamente inscribían a votantes que no calificaban. Sin embargo, sucesivas investigaciones estatales y federales revelaron que la inmensa mayoría de personas que se inscriben en forma indebida como electores en realidad nunca llegan a votar. Y que los casos de votos fraudulentos son tan mínimos que resultan estadísticamente insignificantes. Las malas acciones de ACORN se han convertido en un pretexto socorrido mediante el cual candidatos conservadores intentan mejorar sus perspectivas electorales.

Las leyes de supresión de votantes perjudican en forma desproporcionada a las minorías étnicas, especialmente a hispanos y afroamericanos. Así lo están advirtiendo con carácter de urgencia líderes de derechos civiles desde que estalló la más reciente ola de maltratos policíacos a afroamericanos desarmados. Muchos republicanos las promueven porque saben que, mientras que casi 7 de cada 10 blancos no hispanos votan por su partido, las minorías tienden a favorecer a sus rivales demócratas. Y les resulta más fácil suprimir electores de minorías que expandir la plataforma política de su partido con ideas y posturas que atraigan a más miembros de esos grupos étnicos.

Organizaciones cívicas, como la Unión Norteamericana para las Libertades Civiles, han demandado a gobiernos estatales para frenar las leyes de supresión de votantes. Pero esas batallas largas y complicadas acabarán ante la Corte Suprema, la cual más bien ha tratado con desdén el problema de la supresión de votantes desde que también la controlan conservadores. En 2013, el Supremo de hecho debilitó la Ley de Derecho al Voto en el caso de Shelby vs. Holder. De manera que ahora el futuro de ese derecho, fundamental en la democracia, depende de republicanos visionarios que entiendan que la supresión de votantes no es la solución a largo plazo a los problemas de su partido para recuperar la presidencia. Las tendencias demográficas sugieren que dentro de poco tiempo las minorías étnicas serán mayoría. Para entonces, las leyes de supresión de votantes no bastarán para ganar elecciones generales, sino que el partido deberá desarrollar un discurso abarcador, convincente y atractivo para la nueva mayoría.

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