Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: El dilema de los castristas

Este es el dilema que hoy enfrentan los dueños de Cuba: o bien mantienen el sistema de terror que sostiene al régimen o bien lo suavizan para acomodarse a las necesidades de realizar tratos económicos con extranjeros que no quieren dispararse el terror ni lo justifican. Raúl Castro, que siempre ha sido medio chino, cree que el modelo de Pekín pudiera tensarle esta cuerda floja. Darle la respuesta al dilema para cumplir el sueño delirante de toda utopía de ser eterna. Y ha puesto a trabajar a sus peones en su consecución. Pero hay un problema. Los cubanos no son chinos. Ni siquiera Raúl Castro lo es del todo. Y en Cuba tampoco hay suficientes habitantes para ensayar una modalidad tradicionalmente fascista como la china, mezcla de represión política y capitalismo económico. Cualquier relajamiento de la represión envalentona a los disidentes y estimula el éxodo, especialmente de jóvenes profesionales o con talentos especiales. El dilema insoluble consume a los amos de Cuba. Los va dejando sin clientela para la represión. Y poco a poco los va convirtiendo en una caricatura de lo que fueron.

Una revolución y la dictadura que suele seguirla no pueden sobrevivir sin el terror, sin el miedo que deben sentir incluso sus cómplices. Sobre todo ellos. Por eso el raulismo no deja de mostrar mano dura hacia los opositores más vocales, como Jorge Luis García Párez, Antúnez, que cuestiona su derecho a existir y abiertamente proclama: “ni me callo ni me voy de Cuba”. O la Dama de Blanco Sonia Garro, encarcelada junto a su esposo Ramón Muñoz desde hace 2 años por intentar conmemorar otro aniversario de la Primavera Negra. O el rapero contestatario Angel Yunier Remón, el Crítico, condenado a 8 años por defenderse de policías políticos que lo golpeaban durante un arresto. Las noticias que nos llegan describen un recrudecimiento de la represión en provincias, sobre todo en la caliente región oriental.

Paradójicamente, el sistema represivo castrista muestra fisuras. Pese a la intensa vigilancia y las frecuentes batidas, no logra exterminar el activismo humanitario ni el periodismo independiente, como hiciera en las primeras décadas de revolución. Cada zarpazo a un activista de derechos humanos o a un periodista independiente provoca indignación en sectores internacionales. Y compromete la estrategia oficial de usar a los propagandistas del régimen en el extranjero para limpiar su imagen y negociar dádivas y créditos que mantengan insepulto el cadáver de la economía cubana. Esto último es particuarmente riesgoso para los mandamases. Se reparten el botín que generan los negocios con extranjeros y en mantener y aumentar ese botín han encontrado una nueva causa. Pronto incluso estrenarán negocios en la zona franca de exportación e importación que el régimen autorizó en el Puerto del Mariel.

Los dueños de Cuba son generales y coroneles entre los que de vez en cuando se infiltra algún que otro político. La función primordial de ese político, como el jefe de la economía Marino Murillo, es proteger las inversiones millonarias de sus colegas militares – Murillo también lo fue – y convencer al azorado pueblo de que necesita continuar haciendo sacrificios. Ya saben, de ello depende la continuidad de la revolución. Los cubanos más avispados entienden la jugada. Y responden como siempre han respondido durante décadas de castrismo: poniendo pies en polvorosa, tomando las de Villadiego, vendiéndole el cajetín al sistema.

Los políticos castristas también dembulan por el mundo buscando legitimidad y plata para el nuevo andamiable facha. A Europa le piden que adopte una “posición común” que se traduzca en una generosa infusión de euros, preferiblemente regalados, e inversiones. El obstáculo mayor son los nuevos miembros de la Unión Europea que sufrieron en carne propia el comunismo y se solidarizan con las víctimas cubanas. A Estados Unidos los castristas le piden, mediante una ofensiva propagandística sin precedentes, el levantamiento del embargo, antesala para reclamar los créditos que necesita el régimen para garantizar su supervivencia si por fin naufraga el experimento bolivariano en Venezuela. Mientras tanto y por si las moscas, los dueños de Cuba, generales y coroneles, ponen parte de su botín a buen recaudo, en paraísos fiscales que algún día alguien revelará para el asombro de todos.

 

 

 

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