Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Más grande que la vida

Cada cuatro años escuchamos expresiones de júbilo y asombro por la popularidad que llega a alcanzar el mundial de fútbol. Mucha gente no acaba de entender por qué el deporte de las patadas y cabeceos mañosos e incluso artísticos —por qué no decirlo—– se adueña como lo hace de la imaginación de tantas personas hasta en el Gran Miami donde predominan los caribeños, la mayoría de los cuales tienen una relación distante con este gran deporte. Fue precisamente un caribeño ilustre, el gibareño Guillermo Cabrera Infante, quien famosamente denostara al fútbol calificándolo de “juego nefasto” que “incita a la violencia” porque “se juega con los pies” y hay “pocos movimientos tan feroces como el que supone dar una patada”. En las letras hispanas solo recuerdo un ataque más virulento contra el fútbol que el de Caín. Su autor fue Jorge Luis Borges, quien no era nada sospechoso de caribeño. “El fútbol”, escribió el genio argentino, “es popular porque la estupidez es popular”.

Es fácil atribuir las boutades de tan ilustres escritores a su carencia de aptitud y afinidad hacia los deportes en general y hacia el fútbol en particular. Ninguno de los dos parece haber hecho demasiado esfuerzo por entender la esencia del fútbol y su enorme atractivo. Para comprenderlos habría que empezar por ver al fútbol como una metáfora de la vida misma, en la que abundan los héroes, como en este mundial han sido el colombiano James Rodríguez y el mexicano Memo Ochoa, y villanos como el vampiro Luis Suárez y esos jugadores a los que han expulsado por patear más a los rivales que al balón. En cada partido, vemos desfilar por el terreno de juego a la condición humana tal y como es, sin afeites ni aderezos, sin sutilezas ni medias tintas. Esta descarnada experiencia tiene el efecto de devolvernos una imagen cabal de nostros mismos. Con espontáneo fervor aplaudimos a los héroes a quienes quisiéramos parecernos y reprobamos a los villanos. A menos que seamos como ellos. O a menos que sean nuestros villanos. Como en la vida misma.

El fútbol también se adueña de nuestra imaginación porque concita las emociones más intensas y nos da lecciones inolvidables. Multitudes enteras celebran las victorias de sus equipos sin inhibiciones, como si se tratara de un carnaval. Y las mismas multitudes lloran sin pudor las derrotas sobre todo cuando son sorpresivas o inmerecidas, como la que recientemente sufriera la selección mexicana frente a Holanda. Ver fútbol es recibir una auténtica educación sentimental e incluso más. Así lo percibió uno de los pensadores más lúcidos de la Europa de la postguerra, Albert Camus, ex guardameta en su nativa Argelia. “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres”, escribió Camus, “se lo debo al fútbol”.

Una clave de supervivencia física y emocional en la vida es entender que algunas veces ganamos y muchas perdemos. Pero esa convicción pesa como una montaña sobre nuestra conciencia. El fútbol nos alivia esa pesada carga. Porque el auténtico aficionado sabe que en el fútbol lo que realmente importa es ganar. Es verdad que en el mundial nos gratifica la actuación de jugadores y equipos imaginativos y luchadores. Pero nuestra mayor admiración la reservamos para las tres o cuatro selecciones sobrevivientes y, principalmente, para el campeón. Pocos hinchas evocan ya al vencedor del mundial de Sudáfrica, España, el primer equipo en ser eliminado en Brasil. En cambio, todos seguimos con fascinación a los equipos que han logrado meterse en los cuatros de final.

El escepticismo de los cascarrabias, como Caín y Borges, se compensa con la exaltación del juego que han hecho otros. El entrenador británico Bill Shankly, por ejemplo, famosamente declaró: “algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte. Pero es mucho más importante que eso”. Y el escritor escocés sir Walter Scott sostuvo que “la vida no es sino un partido de fútbol”. Si tuviera razón, ¿qué podríamos decir del vistoso espectáculo que estamos disfrutando en el mundial de Brasil, donde, desde el primer día, los equipos han salido al terreno para ganar? Tal vez que va resultando más grande que la vida misma.

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