Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: La ‘traición’ de Obama

El presidente Barack Obama habla el 3 de septiembre en Tallinn, Estonia. El mandatario ha causado otra polémica por sus recientes declaraciones sobre una posible reforma migratoria.
El presidente Barack Obama habla el 3 de septiembre en Tallinn, Estonia. El mandatario ha causado otra polémica por sus recientes declaraciones sobre una posible reforma migratoria. AP

Por segunda vez durante su mandato, el Presidente Obama ha incumplido la promesa de adoptar políticas que alivien la precaria situación de miles de familias inmigrantes, especialmente las indocumentadas. Una vez pudiera haber sido casualidad, mala suerte o estrategia errada. Pero dos veces ya van siendo otra cosa. Por ejemplo, pobre liderazgo. Con esta decisión controversial, Obama y su partido demócrata se arriesgan a enajenar a un amplio sector de la comunidad hispana del país, votantes incluidos. Eso, desde luego, no afectará ninguna aspiración política personal del mandatario, quien ya va de salida de la Casa Blanca. Pero pudiera tener serias repercusiones para su partido en el futuro. La decisión de Obama alimenta la percepción de que la mayoría de nuestros políticos valora más la conquista y el ejercicio del poder que el bienestar de la gente y del país. Sin duda erosionará aún más la confianza de muchos norteamericanos en nuestra clase política y en el sistema en sí.

Obama, desde luego, está mucho más al tanto de estos riesgos que cualquiera de nosotros. Entonces, ¿por qué decidió correrlos? Las razones son variadas y complejas. Una fundamental es la enorme presión que sobre el presidente han ejercido legisladores demócratas para que frene las órdenes ejecutivas que planeaba emitir para aliviar el sufrimiento y la incertidumbre de las familias con miembros indocumentados. Particularmente fuerte han sido las presiones que han utilizado senadores demócratas que aspiran a la reelección. En estos momentos, diversas encuestas sugieren que los republicanos son los favoritos para ganar el control del Senado en noviembre, lo cual les daría dominio total del Congreso. Y es que en la Cámara baja solo están en peligro de cambiar de color 26 escaños demócratas y 12 republicanos.

Obama y sus asesores están conscientes de que las llamadas elecciones de medio término típicamente favorecen a los candidatos conservadores. Una enorme cantidad de votantes suele ausentarse de ellas. Y en esta ocasión los expertos predicen que la concurrencia electoral será aún más endémica de lo habitual. El presidente sabe asímismo que su popularidad es baja y que esto probablemente afectará a los aspirantes de su partido en noviembre. Los republicanos han obstaculizado buena parte del programa de gobierno y las iniciativas que ha promovido Obama. Y esto ha horadado su popularidad y contribuido a la percepción creciente de que su presidencia se disuelve en la mediocridad. Muchos candidatos demócratas prefieren no asociarse en público con el presidente. Y algunos le advirtieron que el partido se abocaba a una debacle electoral si él insistía en cambiar por decreto la política migratoria antes de noviembre.

Guiado por sus asesores, Obama también tomó su polémica decisión basándose en la impopularidad que tiene la inmigración ilegal en amplios sectores del país. Muchos hispanos conocen de primera mano el drama de los indocumentados y tienden a simpatizar con ellos. Pero eso no ocurre entre otros importantes grupos étnicos del país, como los blancos no hispanos y los afroamericanos. Entre ellos quienes simpatizan con los indocumentados son más bien minorías a menudo silentes. Las recientes revelaciones sobre los niños de la frontera acentuaron la visión crítica de la inmigración ilegal que tienen muchos, tal vez la mayoría, de los norteamericanos. Eso incidió de manera decisiva en lo que algunos activistas pro inmigrantes no han vacilado en calificar de “la traición de Obama”.

Lo más inquietante de la decisión del presidente es que prolonga el sufrimiento de muchas familias inmigrantes sin siquiera trazar una perspectiva clara de que, en el futuro, él adoptará las medidas que había prometido para aliviarlo. Nos quedamos con la percepción de que invariablemente aparece una razón de estado para postergar los remedios y enmiendas que necesita nuestro sistema nacional de inmigración; de que republicanos y demócratas, el Congreso y el presidente, siempre tienen motivos para no tomar a ese toro bravo por los cuernos. Esta vez la razón es el temor de la Casa Blanca y los demócratas a perder el control del Senado en noviembre. Es un comportamiento político que apunta a una ausencia o falla de liderazgo que, al menos en esta materia crucial, se han vuelto crónicos en el país.

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