Daniel Morcate

Cuba en la imaginación

Un grupo de turistas descansa en el hotel Nacional, a la vista del Castillo del Morro, en La Habana, el pasado 17 de diciembre, cuando el presidente Obama anunció el restablecimiento de las relaciones con Cuba.
Un grupo de turistas descansa en el hotel Nacional, a la vista del Castillo del Morro, en La Habana, el pasado 17 de diciembre, cuando el presidente Obama anunció el restablecimiento de las relaciones con Cuba. AP

Desde que estalló la noticia de la reanudación de relaciones entre Washington y La Habana, en los medios se ha desatado una campaña de desinformación que ha vuelto a Cuba irreconocible. En ella se describe a un país abierto de par en par a la inversión extranjera, súbitamente listo para acoger a empresarios emprendedores, preparado incluso para una generosa infusión de ideas e intercambios culturales y políticos, en fin, una especie de tierra prometida en la que de repente turistean orondos y satisfechos desde deportistas y artistas hasta papas y domadores de fieras, desde corredores de bienes raíces hasta estudiantes. Esta Cuba de ficción es primordialmente el producto de la propaganda del régimen, las mentiras y verdades a medias de cubanos que hablan enmascarados con periodistas extranjeros y el wishful thinking de quienes noblemente desean ver otra cosa de lo que en realidad ven.

Como ejercicio imaginativo, mucho más útil sería ir pensando en los retos que aguardan a quienes se aprestan para eventuales cambios en la isla, especialmente los opositores, los activistas de derechos humanos e inclusive los integrantes del gobierno interesados en esos cambios. Son más o menos los mismos retos con los que han tenido que lidiar los sobrevivientes del comunismo en Europa del Este. El primero es el de qué hacer con el antiguo régimen, sus numerosos miembros y todo el intrincado engranaje totalitario. El asunto no es precisamente de coser y cantar. Porque se trata de desmantelar un sistema de vida brutal y primitivo que a lo largo de los años apuntalaron muchos cubanos, que la mayoría padeció en silencio y al que se acostumbraron casi todos. Enfrentar este reto es buscar una salida creativa, justa y humanitaria al problema de qué hacer con los burócratas del régimen y con los militantes del partido comunista, diferenciando, por ejemplo, entre aquella minoría que cometió crímenes de lesa humanidad y la mayoría que solo actuó por oportunismo, ceguera ideológica, ignorancia o simplemente por instinto de supervivencia.

Asimismo será necesario, en la Cuba de los cambios, diferenciar entre la necesidad que sentirán muchos cubanos –por ejemplo, los que han sufrido presidio político– de que se les haga justicia y el deseo de revancha que sentirán otros. Hacer cierta justicia será indispensable para entrar con buen pie a una sociedad más justa, aunque algunas personas nobles se inclinen por el borrón y cuenta nueva. Y es que, como advirtiera Adam Michnic, el ex líder disidente y periodista polaco, “solo podemos absolver los males que nos han hecho a nosotros, porque no está en nuestras manos el absolver los males que les han hecho a otros”. El revanchismo, en cambio, solo perpetuaría las peores vilezas de la dictadura.

Otro reto a resolver será el de llenar el vacío ideológico y de poder que dejará el régimen. El comunismo en Cuba y en todas partes ha debido su popularidad a la forma simplista y maniquea con que explica el mundo y las relaciones humanas. Muchos cubanos, consciente o subconscientemente, se han habituado a su paternalismo avasallador. En la Cuba del futuro habrá que inculcar los valores más sofisticados de la libertad y la democracia, algo totalmente nuevo y complicado para millones. “Qué difícil es ser un hombre libre”, me decía con característica ironía el poeta Heberto Padilla poco después de que saliera de Cuba y “chocara” con las responsabilidades que acompañan a la libertad.

En la Cuba de los cambios, los cubanos deberán cuidarse de los promotores de otras utopías falsas, como esos que en sus maletas ya empiezan a llevar a la isla propuestas para un capitalismo depredador, como el chino, o recetas que, de tomarse en serio, conducirían a alguna forma de fundamentalismo religioso, como el que derrotaron a tiempo los polacos. Los cubanos del cambio deberán, además, prepararse para formar partidos políticos y coaliciones de gobierno que en su agenda propongan como prioridad no solo la inmediata instalación de la democracia sino su rápida consagración. Esto será esencial porque los demócratas cubanos enfrentarán pronto el escepticismo y hasta la decepción de muchos de sus compatriotas que buscarán en la democracia lo imposible: el remedio instantáneo a todos sus problemas.

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