Daniel Morcate

El Mundial de Putin

Artyom Dzyuba (izq.), de Rusia, celebra el tercer gol de su equipo en el partido de la Copa Mundial contra Egipto en San Petersburgo, el 19 de junio.
Artyom Dzyuba (izq.), de Rusia, celebra el tercer gol de su equipo en el partido de la Copa Mundial contra Egipto en San Petersburgo, el 19 de junio. AP

El Mundial 2018 que cientos de millones de aficionados, entre los que me cuento, estamos disfrutando, nació de un feo pecado original: la corrupción. Aunque ya apenas se habla del tema, lo cierto es que Rusia obtuvo la sede de manera similar a como logró la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y la elección de Donald Trump en Estados Unidos. Agentes de inteligencia y oligarcas rusos, teledirigidos por Vladimir Putin, maniobraron tras bastidores hasta que los máximos representantes de la FIFA le obsequiaron el gran evento deportivo, descartando la candidatura de Gran Bretaña y otros países que habían hecho más méritos y gozaban de mayor tradición futbolística.

Como a veces el mundo parece un pañuelo, el hombre que descubrió las sucias maniobras del Kremlin fue el mismo que años después documentó, en un tristemente célebre dossier, la trama rusa para elegir a Trump. Empresarios británicos que se olían las manipulaciones de Putin contrataron a Christopher Steele, exjefe de los espías británicos en Moscú, para que las descubriera y expusiera. “Mi misión”, declararía Steele después, “era entender a qué se enfrentaban y a lo que se enfrentaban era a una forma totalmente extraña de hacer negocios”. En pocos meses Steele desentrañó la gigantesca patraña. Pero, como en el caso de Trump, le pareció tan grave que consideró que trascendía el ámbito deportivo y empresarial y abarcaba el político y criminal. Por eso hizo exactamente lo mismo que en el affaire Putin-Trump. Además de entregarles su informe a los empresarios ingleses que lo habían contratado, se lo envió al FBI.

Steele documentó con nombres, lugares y fechas cómo agentes de inteligencia y oligarcas rusos hicieron acuerdos para enviar gas a ciertos países a cambio de que sus representantes en la FIFA votaran a favor de Rusia como sede del Mundial 18. También les hicieron costosos regalos a ejecutivos de la organización deportiva. El dossier de Steele sobre el caso, precursor de su expediente sobre Trump, desató una investigación de cinco años por parte del FBI y el Servicio de Rentas Internas de EEUU. Otros gobiernos y organizaciones policiales también iniciaron pesquisas.

Como aficionado al más popular de los deportes, nunca olvidaré el 17 de mayo de 2015, día en que empezaron a desfilar ante las cámaras de televisión de Zurich, Suiza, altos funcionarios de la FIFA a medida que los arrestaban. Eran los primeros de decenas que en Europa, Estados Unidos y Centroamérica serían procesados, entre otros delitos, por su venta descarada de dos mundiales, el que hoy se celebra en Rusia y el que tendrá lugar en Qatar en 2022. Los rusos se habían coludido con los cataríes para hacerse con las sedes, según los investigadores. El sudafricano Joseph Blatter, presidente vitalicio de la FIFA, milagrosamente se salvó de ir a chirona. Pero se vio obligado a renunciar. Y el mundo futbolístico supo con indignación que, a lo largo de los años, cientos, tal vez miles de millones de dólares corrieron para sobornar a funcionarios de la FIFA, escoger sedes mundialistas e incluso arreglar partidos internacionales.

La afición que muchos sentimos por el fútbol es tal que probablemente no hay corrupción lo suficientemente grande para apagarla. Pero cada vez que ruede el balón en los estadios rusos, y en los cataríes dentro de cuatro años, los aficionados deberíamos preguntarnos por la integridad de nuestro entrañable deporte. Es cierto que algunos responsables han pagado con prisión y multa sus transgresiones. Pero a la vez las investigaciones a funcionarios o exfuncionarios de la FIFA continúan sin que se nos informe con transparencia sobre ellas. Los oligarcas de Putin siguen haciendo daño impunemente, aunque algunos son los mismos a los que recién sancionó el Congreso de EEUU. Y Rusia y Qatar se salieron con la suya. El Kremlin y Putin ni siquiera figuran en los encausamientos y otros documentos oficiales de las investigaciones.

La FIFA y el fútbol profesional mantienen una deuda moral con los aficionados que no se saldará ni con los gritos de gol ni con ninguna otra hazaña del Mundial. Se liquidará solo con transparencia. Y con el compromiso firme de acabar de una vez con la corrupción interna.

Periodista cubano.

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