Daniel Morcate

Trump desata su furia contra los indocumentados

Un sacerdote es arrestado durante una protesta frente al tribunal federal en Los Angeles contra la política migratoria del presidente Trump, el 26 de junio.
Un sacerdote es arrestado durante una protesta frente al tribunal federal en Los Angeles contra la política migratoria del presidente Trump, el 26 de junio. AP

El presidente Trump ha desatado su furia incontrolable porque se vio obligado a suspender, al menos sobre el papel, su odiosa política de separación de familias inmigrantes en la frontera. Previos mandatarios habían separado familias. Pero Trump es el único de la era moderna que lo ha hecho a propósito para desalentar la inmigración ilegal. La indignación de personas decentes y compasivas dentro y fuera de Estados Unidos le obligó a interrumpir la práctica. Pero ahora amenaza con saltarse a la torera leyes y normas nacionales e internacionales y deportar sin miramientos a extranjeros interceptados en la frontera con México.

La separación intencional de familias inmigrantes es producto del carácter atrabiliario y cruel de Trump, un narcisista que es incapaz de sentir empatía por los desvalidos y que, en su lucha interna con sus inseguridades, desesperadamente necesita mostrarse “fuerte”. El fin de semana proclamó un falso dilema entre exhibir debilidad y “toughness” (tenacidad) hacia los indocumentados, como si no hubiera alternativas sensatas y benévolas. Luego proyectó sus ínfulas de tiranuelo al declarar: “No podemos permitir que toda esta gente invada nuestro País (sic). Cuando alguien entra, debemos, inmediatamente, sin Jueces (sic) ni Casos en las Cortes (sic), devolverlo adonde vino”. También instó a republicanos a cesar de hablar de inmigración. En su mentalidad primaria, Trump se siente ya un Putin o Kim Yong Un. Y si él y sus facilitadores se salieran con la suya, no hay duda de que llegaría a serlo.

Las crudas amenazas y el comportamiento errático de Trump son un aviso de que no podemos conformarnos con que haya firmado un decreto con el que al parecer suspendía la política de separación familiar que él mismo había ordenado y que con abyección ejecutaban sus subordinados. El fiscal general, Jeff Sessions, hace méritos para reconquistar el frustrado amor de su caudillo. Por eso llegó al extremo de citar la Epístola 13 de San Pablo a los Romanos para proclamar divina la decisión de dividir a padres e hijos en la frontera. Los esclavistas del Sur y los nazis se inspiraban para sus desafueros en el mismo pasaje. Y la secretaria de seguridad nacional, Kirstjen Nielsen, otro ángel caído del averno trumpista, quiso hacer sus propios méritos negando la existencia de la política que horas después suspendería su iracundo jefe.

Hay alternativas razonables y humanitarias a la deportación sumaria, la cual viola el derecho al debido proceso que reconocen las leyes de Estados Unidos y el derecho de asilo que observan las leyes internacionales y las nuestras. Una posibilidad es permitir, como hicieron George W. Bush y Barack Obama, que los indocumentados sin antecedentes penales serios ni enfermedades contagiosas vivan en nuestras comunidades mientras se someten a vigilancia federal. Un estudio del Instituto Vera para la Justicia concluyó que ocho de cada 10 personas que solicitan asilo en Estados Unidos tienen motivos “creíbles” para hacerlo. Y el propio gobierno federal informó que, entre 2011 y 2013, nueve de cada 10 indocumentados asistieron a sus audiencias de inmigración en las cortes. Trump suele repetir el infundio de que el país tiene “miles de jueces de inmigración” –en realidad son 400– para escuchar casos de indocumentados que nunca se presentan en la corte.

El presidente ha creado una falsa crisis de inmigración para darles carne roja a sus incondicionales. El ingreso de indocumentados ha bajado de 200,000 a 40,000 al mes. Los activistas humanitarios, la oposición demócrata y la prensa deberían insistir hasta que el gobierno aclare cómo y cuándo suspenderá la separación de familias y reunificará a las que ya separó. Cualquier explicación teórica habrá de verificarse, pues no se puede confiar en la palabra de un falsario empedernido como Trump ni en la de funcionarios que, ya sea porque comparten su agenda extremista, ya sea para conservar sus puestos, cumplen sin chistar sus órdenes abusivas.

La dinámica que ha establecido Trump con sus subordinados y seguidores es un ejemplo evidente de cómo surgen las tiranías, de cómo un energúmeno es capaz de embrujar y someter a millones. Los estadounidenses que no tenemos vocación de esclavos debemos rechazar los excesos del caudillo, como la orden de separar a familias inmigrantes.

Periodista cubano.

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