Daniel Morcate

Manejando hasta la muerte

Una de las enseñanzas más prácticas de mis largos años de estudiante, que por fortuna nunca han terminado, me la dio el profesor de economía mientras cursaba el doceavo grado en la secundaria Miami Spring: “en Estados Unidos vive siempre cerca de tu sitio de empleo y te ahorrarás muchos dolores de cabeza y pasta”. El consejo del doctor Green resuena con particular relevancia hoy cuando el tráfico de vehículos en el Gran Miami ha degenerado en tortura vietnamita, tal y como ha documentado el Herald. Los miamenses nos hemos convertido en esclavos de un tráfico de pesadilla, agravado por eternas construcciones, reparaciones y remodelaciones. La vida, o parte de ella, se nos está yendo frente al volante. O en un asiento de pasajero. Y encima estamos pagando una friolera por esta diaria e irreparable pérdida vital.

¿Cuán grave es el problema? Según la oportuna serie informativa, el miamense promedio está perdiendo una hora de su vida en la autopista y 37 al año atascado en el tráfico; cada trabajador está dejando de producir casi $800 anuales por culpa de los embotellamientos; apenas cuatro tramos del Turnpike, el Palmetto y el Dolphin son responsables de una pérdida anual de $97 millones en productividad laboral; algunas empresas empiezan a ver nuestro tráfico como un obstáculo; y los incidentes por cabreo al volante, el infame “road rage”, aumentan cada año. Y todo este panorama deprimente ni siquiera abarca la cantidad de accidentes que está provocando el perenne estado de construcción y confusión en que se hallan nuestras principales carreteras. Alguien seguramente lleva la cuenta. Pero tal vez por piedad no la comparte con nosotros.

¿Cómo y cuándo se nos fue de las manos el tráfico, elemento clave para el desarrollo de cualquier comunidad? En este sentido, el Gran Miami es víctima de su éxito. Miles y miles de norteamericanos y extranjeros cada año lo escogen para residir o trabajar, atraídos por su belleza natural, sus playas acogedoras, su clima benigno –al menos para quienes sabemos soportar las altas temperaturas– y su diversidad cultural. Pero en los últimos años el problema del tráfico ha empeorado además por la pobre planificación, la miopía con que nuestros dirigentes políticos han aprobado proyectos de viviendas sin tener debidamente en cuenta la infraestructura que debería acompañarlos y el estado permanente de la construcción y reparación de calles y autopistas, algo que se ha convertido en un modus vivendi para muchos. Ahora mismo en Doral, donde resido y trabajo, un solo urbanizador construye diez mil viviendas nuevas, lo que probablemente duplicará la población y los atascos.

Además de robarnos valiosas horas de la vida, el tráfico lento y pesado nos provoca estrés y frustración, dificulta las respuestas de emergencia de las autoridades, conduce a la congestión de calles secundarias por las que en vano tratan de escapar muchos choferes y genera el ya mencionado “road rage”, término que no en vano surgió en EEUU en los 80. Y lo peor es que somos parte de una tendencia nacional que nadie sabe revertir. Al menos nueve metrópolis norteamericanas sufren congestiones peores que las del Gran Miami. Una de ellas es la bella San Francisco, a cuya entrada por el imponente Bay Bridge pasé 45 minutos atrapado en el tráfico la semana pasada.

En un mundo ideal, debería concluir en un tono positivo, con los consabidos consejos para aliviar la situación. Pero la verdad es que no se avizora mejoría en nuestra pesadilla de tráfico. Las autoridades locales ensayan ya el “road pricing”, la estrategia de cobrar un ojo de la cara para desalentar el tránsito por nuestras autopistas y a la vez recaudar fondos. Sin embargo, miles de miamenses no tendrán otro remedio que aflojar la astilla para desplazarse a sus trabajos, colegios, universidades. También parece improbable que alguna vez terminen la construcción y las reparaciones de carreteras, las cuales generan empleos y estimulan la economía local. Y para colmo una regla de oro indica que mientras más autopistas y calles se construyen y ensanchan más vehículos transitan por ellas. Solo nos queda, entonces, aprender a morir poco a poco mientras manejamos, como buenos soldados de nuestra agitada vida contemporánea.

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