Daniel Morcate

El mito de Donald Trump se desmorona

El presidente Donald Trump habla con la prensa en la Casa Blanca, el 29 de agosto. La semana no ha sido fácil para el mandatario, después que su ex abogado reveló contribuciones ilegales a su campaña electoral.
El presidente Donald Trump habla con la prensa en la Casa Blanca, el 29 de agosto. La semana no ha sido fácil para el mandatario, después que su ex abogado reveló contribuciones ilegales a su campaña electoral. NYT

Una persona muy querida suele preguntarme cuando nos vemos cada semana: ¿ya encausaron a Donald Trump? Me lo dice medio en serio y medio en broma, como una expresión a la vez de duda y esperanza de que, de alguna forma, el mallete de la justicia comience a sonar para cobrarle los abusos de poder y arbitrariedades a quien sin duda pasará a la historia como uno de los presidentes más indecorosos de este gran país. La semana pasada finalmente presenciamos como comenzaba a desmoronarse el mito de Trump. Es un mito hecho de puras mentiras, fantasías delirantes y actos potencialmente ilegales, algunos probablemente graves, si se confirma la sospecha de que, en efecto, él y/o miembros de su campaña presidencial se confabularon con el dictador ruso, Vladimir Putin, durante las elecciones de 2016.

El mito de Trump comenzó a desbaratarse en el curso de tres días la semana pasada. Su abogado personal durante 12 años, Michael Cohen, se declaró culpable en una corte de Nueva York de haber violado la ley sobre el financiamiento de campañas y de haber sobornado a dos mujeres para que guardaran silencio sobre sus amoríos extramaritales con Trump. En su declaración de culpabilidad, Cohen enfatizó que su jefe le había ordenado hacer esos pagos vergonzosos e ilegales. En una corte de Virginia un jurado declaró a su exdirector de campaña, Paul Manafort, culpable de ocho cargos de fraude bancario y evasión de impuestos, delitos por los que podría ser condenado a 80 años de prisión. Ahora aguarda un segundo juicio en Washington D.C.

Además, David Pecker, presidente de la corporación American Media, aceptó inmunidad de la fiscalía neoyorquina a cambio de declarar lo que sabe sobre la decisión de “matar” informaciones negativas sobre Trump que consideraba publicar el semanario sensacionalista National Enquirer. Y en lo que podría resultar un golpe severo contra el presidente descarriado, Allen Weisselberg, jefe financiero de la Organización Trump durante décadas, también aceptó inmunidad y testificará sobre la operación secreta para sobornar a la modelo de Playboy Karen McDougal y a la actriz porno Stormy Daniels y sobre otros posibles actos ilegales de Trump y sus empresas.

Si a estos casos sumamos los de funcionarios de su campaña y de su gobierno que han renunciado o han sido procesados por corrupción y otras transgresiones, se hace evidente que Trump funciona como si fuera un mafioso, rodeándose de vividores y delincuentes dispuestos a violar toda clase de leyes y normas. Como narcisista maligno, siente un profundo desprecio por las reglas de la civilización democrática. Y desdeña la inteligencia de sus conciudadanos, especialmente de aquellos que le apoyan de manera incondicional. Es lo que quiso expresar cuando declaró que sus seguidores le respaldarían “aunque matara a balazos a alguien en la Quinta Avenida” de Nueva York.

Al desplomarse el mito, el verdadero Trump se va haciendo transparente incluso a los ojos de quienes se niegan a verlo como es. Está acosado por desafíos legales, como los de la lenta pero sistemática investigación de Robert Mueller sobre la trama rusa y como el de la investigación de posibles violaciones a la ley de financiamiento de campaña. Está asimismo herido políticamente a medida que sus amigos y socios le dan la espalda y hacen revelaciones embarazosas, las cuales lo obligan a convocar frecuentes actos públicos para despistar y enardecer a sus fieles y para prepararlos para un imaginario combate contra la prensa, sus rivales demócratas y el resto de los norteamericanos.

Nuestra democracia dista mucho de ser perfecta. Baste como ejemplo el que resulta prácticamente imposible que las cortes puedan encausar a un presidente en funciones por actos delictivos o por traición. Tan ingrata tarea queda en manos del Congreso, una institución hoy por hoy tullida por la politiquería, el sectarismo y la corrupción. Pero, a la vez, otras instituciones de nuestra democracia, como las agencias de inteligencia y policiales, las cortes y la prensa, están librando una ardua batalla para que todos los norteamericanos conozcamos bien quién es realmente Donald Trump. Es lo que suelo decirle al ser querido que me pregunta, cada semana, si ya lo encausaron.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios