Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: La amenaza a nuestra intimidad

Una mujer pronuncia un discurso en Berlín, el 1 de mayo, junto a un proyecto artístico llamado “¿Algo que decir?”, formado por las esculturas de Chelsea Manning, Julian Assange y Edward Snowden (desde la der.), que revelaron secretos del gobierno norteamericano.
Una mujer pronuncia un discurso en Berlín, el 1 de mayo, junto a un proyecto artístico llamado “¿Algo que decir?”, formado por las esculturas de Chelsea Manning, Julian Assange y Edward Snowden (desde la der.), que revelaron secretos del gobierno norteamericano. AP

Mientras la inmensa mayoría de los norteamericanos nos ocupamos en nuestras diarias y por lo general inofensivas rutinas, el Congreso y el presidente Obama deciden la suerte del programa más invasivo de nuestra intimidad en la historia de Estados Unidos y del mundo entero. Es el programa mediante el cual la secretísima Agencia para la Seguridad Nacional, la NSA por sus siglas en inglés, vigila, graba y archiva todos y cada uno de nuestros movimientos en internet, por teléfono y por correo. Se trata, a todas luces, de una operación que viola el espíritu y la letra de la Cuarta Enmienda a la Constitución, la cual desde 1792 prohíbe precisamente los registros y decomisos irrazonables y las órdenes judiciales para llevarlos a cabo. La polémica operación comenzó durante la era de George W. Bush, con la noble intención de protegernos de las maquinaciones de terroristas. Luego la amplió el presidente Obama, quien de esa manera incumplió una promesa hecha durante su primera campaña por la Casa Blanca. No es exagerado decir que, mediante esa operación, ningún ciudadano norteamericano o extranjero escapa a la tentacular vigilancia de la NSA.

Lo sabemos gracias a las denuncias que, con gran riesgo para sus reputaciones y libertades, hicieron oportunamente un puñado de norteamericanos, encabezados por el “soplón” Edward Snowden, ex agente de la CIA y de la NSA, organizados por la cineasta rebelde Laura Poitras y vocalizados por el periodista independiente Glenn Greenwald. Entre los tres pusieron en jaque a todo el sistema secreto de vigilancia ciudadana y provocaron el valioso debate público gracias al cual nuestros legisladores ahora se han visto obligados a tomar cartas en el asunto; y el presidente Obama a colocarse a la expectativa, al parecer un poco más dispuesto que antes a tomarse en serio el grave daño que se le ha hecho a nuestra maltrecha privacidad.

La ya no tan secreta operación de vigilancia gubernamental se inspiró en una interpretación desmesurada del poder que otorga al gobierno la Ley Patriota. Líderes de la NSA la usaron como explicación o excusa para ordenar la recolección diaria de millones de intercambios de informaciones y datos de todos los habitantes del planeta, misión a la que consagraron a expertos en informática como Snowden. Hoy sabemos que el joven contestatario sufrió una enorme desilusión al presenciar prácticas turbias de la CIA que en vano criticó internamente. Y en lugar de exponerlas por temor a dañar a inocentes, se infiltró a propósito en la NSA para denunciar sus evidentes abusos de poder y de la Constitución. “Cuando filtras secretos de la CIA les haces daño a personas”, ha explicado Snowden desde su autoimpuesto exilio. “Pero cuando filtras secretos de la NSA solo dañas a sistemas abusivos”.

Los gobiernos históricamente han usado los sistemas de vigilancia masiva para sofocar la disidencia y controlar mejor a los ciudadanos. El fisgoneo tentacular que realiza la NSA, apoyada en tecnología de punta, en principio no tiene ese objetivo. Pero crea el riesgo de que pueda tenerlo. De hecho ya la ha utilizado para vigilar a periodistas, lo que resultó en intentos fallidos de procesar a algunos por filtrar “secretos de estado”; y en procesos de deportación de indocumentados. Por eso es fundamental que, cuanto antes, el Congreso le ponga freno legal al espionaje de la agencia secreta a todos los norteamericanos. Es el mensaje que envió el senador republicano de Kentucky, Rand Paul, alguien nada sospechoso de antiamericanismo, al obstaculizar una votación que habría mantenido casi intacto el poder inconstitucional de la NSA.

Gracias a las históricas denuncias de Snowden, Poitras y Greenwald, el Congreso debate propuestas que, como mínimo, debilitarán las facultades de espionaje nacional de la NSA. Incluso por unos días el presidente Obama se verá obligado a suspender el fisgoneo porque expirará el inciso legal que se invoca para justificarlo. Pero tanto a los legisladores como a Obama debería quedarles claro que solo una enmienda transparente y firme a la Ley Patriota le pondrá freno permanente a la vigilancia obsesiva, minuciosa y potencialmente abusiva que en la actualidad pueden hacernos a los norteamericanos la NSA o cualquier otra agencia federal que invoquen como pretexto la seguridad nacional.

Siga a Daniel Morcate en Twitter en: @dmorca

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