Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Voces de nuestra conciencia

El gobierno del presidente Obama cometió el error histórico de excluir a la oposición interna del diálogo sobre las relaciones y el futuro de Cuba. Ya he tocado esa tecla en este espacio y no me repetiré. Además, mejor que yo lo ha hecho mi compañero de Perspectiva Carlos Alberto Montaner. Hoy quisiera hablar sobre lo que eso implica para la oposición, la conocida internacionalmente como “disidencia”, aunque a ella pertenezcan cubanos que nunca formaron parte del régimen y que, por consiguiente, se merecen el nombre más exacto y decoroso de opositores. Lo primero que implica es que esos opositores deberán intensificar sus esfuerzos por insertarse en el diálogo. Su papel como facilitadores del cambio democrático es demasiado importante como para que permanezcan excluidos. Aunque lo más probable es que, luego de que hayan cumplido ese papel esencial, sus compatriotas se lo paguen con ingratitud e incluso rencor. Me explico.

Los opositores internos son lo más parecido a hombres y mujeres libres que hay en Cuba. Con su valiente decisión de reclamar y ejercer sus derechos, cada día le recuerdan al régimen su ilegitimidad; y a la mayoría de los cubanos cuál es el camino ideal hacia la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos: la pérdida o asimilación del miedo para actuar como ciudadanos independientes del estado totalitario. De esta forma los opositores internos se han convertido en ejemplo y conciencia de la sociedad cubana. Es, para ellos, una enorme responsabilidad. Y a pesar de los humanísimos errores que algunos cometen –las rencillas internas, las caídas en trampas de infiltrados, el pugilato por el protagonismo– por lo general han estado a la altura de esa responsabilidad. A menudo su comportamiento ha sido moralmente heroico. Y ya se sabe que en moral nadie tiene derecho a exigirle heroísmo a nadie.

En el estado totalitario, la tarea de héroes de los opositores es solitaria. Al igual que ellos, la mayoría de sus compatriotas detesta los abusos del estado. Pero se conforma o se resigna. A lo sumo solo piensa en librarse de ellos mediante la emigración. En cambio, los opositores no solo no se resignan al despotismo, sino que muchos permanecen en la isla para hacerle resistencia a pesar de las presiones oficiales para humillarles, encarcelarles, desterrarles. Son aves raras de verdad.

Sin opositores perseverantes y resueltos, en Cuba no se producirán los cambios que anhelamos los demócratas. Cuando esos cambios se materialicen, la mayoría de los cubanos de la isla los aplaudirán y se lo agradecerán. Pero esa luna de miel durará poco, como ocurrió en otros países descomunizados. Pronto llegará el momento en que las mayorías mirarán con recelo a los antiguos opositores porque su sola existencia les recordará que, a pesar de la brutalidad del estado totalitario, siempre hubo la opción de no someterse ni conformarse. La opinión pública les verá con remordimiento. Puede que confíe en el liderazgo de los disidentes más políticamente moderados y astutos. Pero, en general, tan pronto tenga la oportunidad de votar con libertad, escogerá a líderes que se le parezcan, es decir, personajes que también vivieron la dictadura con conformismo, resignación o complicidad. Este fenómeno sicológico en parte explica el resurgimiento de partidos y líderes provenientes de las filas comunistas en Europa del Este.

Mientras más y mejores dirigentes de la oposición interna propicien los cambios, menos traumática y más saludable será la transición democrática en Cuba. Sin embargo, para que eso ocurra, es indispensable que se incorporen a los procesos políticos en los que se planifica el futuro de la isla. ¿Pero cómo hacerlo cuando se les margina a propósito de tales procesos, como han hecho los gobiernos de Cuba y Estados Unidos en sus conversaciones oficiales? No hay respuesta fácil. Algunos opositores han rechazado tajantemente el diálogo bilateral para protestar por la exclusión. Otros han aceptado reunirse con funcionarios norteamericanos que les prodigan disculpas y promesas de no olvidar a la “disidencia” cubana, la estrategia que tradicionalmente han seguido los gobiernos europeos. Pero está claro que solo cuando los opositores sean los principales interlocutores del gobierno veremos los primeros destellos de los cambios que llevarán a Cuba hacia la libertad.

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