Daniel Morcate

La compra de la Casa Blanca

Aunque falta más de un año para las elecciones presidenciales, el dinero está proliferando en las campañas casi tanto como los precandidatos republicanos. Cada nueva contienda por la Casa Blanca de hecho confirma la idea de que “it’s all about the money” a la que nos hemos acostumbrado, y en muchos casos resignado, los votantes. Pero concretamente ¿qué significa eso de que nuestras campañas presidenciales tienen que ver, sobre todo, con el dinero? ¿Qué papel desempeña en ellas el poderoso caballero? Conocer la respuesta puede diferenciar al elector informado del que no lo es tanto. Pero requiere la curiosidad de un gato y el olfato de un elefante africano.

En la contienda de 2016, que comenzó hace meses, el dinero se está utilizando para amedrentar a rivales en potencia. El asunto funciona así. Miembros de las campañas de candidatos hábiles para recaudar fondos filtran a los medios cifras astronómicas de lo que planean recaudar. Y esto por sí solo basta para disuadir a rivales. Se dice que le sucedió a Mitt Romney cuando trascendió que Jeb Bush planeaba recaudar $100 millones incluso antes de formalizar su candidatura a la nominación presidencial republicana. Ahora, la campaña de Hillary Clinton ha filtrado que ésta planea recaudar cientos de millones. Y comentaristas de dudosa imparcialidad han pronosticado que entre ella y Bush recaudarán el doble de lo que recibieron Romney y Obama durante la pasada campaña, es decir, más de $4 mil millones.

El dinero también está apuntalando temporalmente candidaturas de aspirantes con escasas probabilidades de ganar. Esto explica por qué algunos, pese a sostener criterios extremistas, prejuiciados y desinformados –o sea, pese a ser auténticos cafres– mejoran su popularidad en las encuestas; y hasta es probable que se mantengan con vida durante la primeras elecciones primarias y de asambleas o caucuses. Además, mediante la acumulación de fondos sustanciales, los candidatos aspiran a obtener el respaldo de los principales diarios de la nación. Parece injusto. Pero lo cierto es que las juntas editoriales de los periódicos influyentes consideran el money chest o las arcas de los candidatos como un criterio importante de su viabilidad.

El dinero en la contienda presidencial les está sirviendo asimismo a ciertos billonarios para buscar influencia política o simplemente para darse aires de personajes influyentes. Esto explica por qué prácticamente todos los precandidatos tienen por lo menos a un multimillonario detrás. Scott Walker cuenta con los hermanos Koch y John Menard, uno de los hombres más acaudalados de Wisconsin; Rick Santorum con el rico inversionista Foster Friess; Hillary Clinton con la emperatriz de Walmart Alice Walton y el empresario de San Francisco Marc Benioff, entre otros; Marco Rubio con el poderoso vendedor de autos Norman Braman; Ted Cruz con el financista Robert Mercer; y así sucesivamente.

Como el apoyo financiero de los multimillonarios no basta, los aspirantes también han creado super comités de acción política, o super PACS, para recaudar cantidades industriales de dinero. Los han bautizado con nombres altisonantes y patrióticos. Pero su verdadero objetivo es aprovechar las leyes cada vez más laxas y plutocráticas para recaudar fondos. Los super Pacs preservan un barniz de independencia de los candidatos. En la práctica, sin embargo, son su brazo político y financiero. Prácticamente su única restricción es que, por ley, se ven obligados a revelar la identidad de los donantes. Pero tal revelación demorará tanto que apenas influirá en las opiniones y decisiones de los votantes.

Cada ciclo electoral revive la pregunta de qué se puede hacer para frenar el papel preponderante del dinero en la lucha por el cargo más importante del país. Con dignas excepciones, nuestros congresistas no se muestran demasiado inclinados a ejercer ese control porque a menudo se benefician también de las leyes electorales débiles y permisivas. Por eso expertos recomiendan que el presidente Obama emita una orden ejecutiva que obligue a los negocios que tienen contratos federales –que son miles y donan mucho– a revelar sus contribuciones políticas al momento de hacerlas. Como mínimo, la influencia extraordinaria del dinero debería figurar como tema importante de campaña. Sería un conveniente desahogo para un mal político para el que no aún no hemos encontrado remedio blando.

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