Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Ortega y la mala fe

Supongo que ya escucharon la noticia. En Cuba, por fin, ya no hay presos políticos. La difundió el inefable cardenal Jaime Ortega en una entrevista con la Cadena Ser de España. Cuba se convirtió así en el primer país totalitario en la historia en abolir el presidio político. Por fin un ingrediente original en la cocina totalitaria del Caribe. Se lo debemos, por supuesto, a la imaginación calenturienta y cínica del prelado cubano, quien ya nos tiene acostumbrados a lindezas de este género. Es una de tantas manifestaciones de mala fe que emanan de la isla y de las que se contagian incluso compatriotas que viven entre nosotros. De aquella mala fe que nos pintara con elocuencia el viejo Sartre y de la que él, ay, llegara a ser un ejemplo. En la Cuba comunista siempre ha abundado. No podía ser de otra manera. La mala fe desemboca en autoengaño. Y en la sociedad totalitaria el autoengaño es un mecanismo de supervivencia. De él viven tanto verdugos como algunas víctimas. Tal es el caso de Ortega.

En la sociedad totalitaria, la mala fe, el autoengaño, surgen de la necesidad instintiva que tienen los verdugos de poder contemplarse en el espejo, mirar a la cara a sus padres, a sus hijos, a sus víctimas. También nace de la necesidad instintiva que tienen algunas víctimas de reacomodar un pasado humillante, como el que tuvo el cardenal cubano, quien sobrevivió a un campo de concentración marxista-leninista, y de forjarse una realidad tolerable. Ni los verdugos pueden soportar todo el tiempo las atrocidades que cometen ni las víctimas el hecho de ser blanco de ellas. De ahí que ambos a menudo recurran a la mentira y el autoengaño. Con meridiana claridad explicó este fenómeno sicológico Primo Levi, sobreviviente de un campo de exterminio nazi: “La mayor deformación del recuerdo de un crimen cometido es su supresión”. Es así como Ortega puede decirle sin empacho a una radioaudiencia europea que en Cuba ya no hay presos políticos. Si le dan tiempo y espacio es posible que llegue a afirmar que nunca los hubo.

Hay una diferencia moral importante entre los verdugos castristas y sus víctimas que practican la mala fe como Ortega. Pero víctimas así son útiles para sus verdugos. Por eso las toleran y estimulan. Por eso hacen pactos con ellas. Y cuando es posible les ofrecen foros y audiencias. A los ojos de las personas libres, los verdugos siempre mienten. Carecen totalmente de credibilidad. Pero las víctimas que se engañan a sí mismas parecen decir la verdad. Cualquier cubano honesto sabe que Ortega miente cuando afirma que en Cuba ya no hay presos políticos. Pero Ortega no hizo esa declaración en Miami ni en Hialeah. Ni siquiera la hizo ante cubanos de la isla. Se la infligió a una audiencia española que difícilmente entendería que el jefe de la principal iglesia cubana pueda mentir con tanta desfachatez.

Por su influyente posición como líder de la iglesia católica, Ortega ha sido un pionero de la mala fe en Cuba. Pero la reanudación de relaciones entre La Habana y Washington ha estimulado la mala fe y el autoengaño entre muchos cubanos y otros que no lo son. Es así como en pocos meses se ha propagado una imagen irreal de Cuba y de su régimen. Se ha vuelto moneda corriente que personalidades extranjeras viajen a la isla, se reúnan con algún Castro o cualquiera de sus alabarderos, se despidan fascinados por “los cambios” y anuncien las buenas intenciones del castrismo. Pero tan pronto dejan la isla atrás los castristas los ponen en ridículo propinándoles una nueva mano de palos a opositores pacíficos como las Damas de Blanco, encarcelando a deportistas que pretendían “desertar” o arrestando a jóvenes por el delito totalitario de “salida ilegal”.

Los castristas y sus compañeros de viaje, tengan estos buena o mala fe, dirán lo que quieran. Pero en Cuba, como en todo país sometido a dictadura, los opresores siempre serán opresores. Las víctimas siempre serán víctimas. Y el deber elemental de las personas decentes siempre será condenar y si es posible castigar a los opresores y defender y proteger a sus víctimas.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios