Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: La bandera del odio

Un grupo de gente se reúne para apoyar la remoción de la Bandera Confederada del capitolio de Carolina del Sur que fue ordenada por la gobernadora Nikki Haley.
Un grupo de gente se reúne para apoyar la remoción de la Bandera Confederada del capitolio de Carolina del Sur que fue ordenada por la gobernadora Nikki Haley. Getty Images

Menudo avispero ha revuelto el debate sobre la bandera confederada. A su vez lo ha provocado la pavorosa matanza de nueve afroamericanos inocentes en una iglesia evangélica de Carolina del Sur. Su autor le rendía culto a esa bandera que aún ondea en instalaciones del gobierno de ese y otros estados.

Me temo que tendrán que producirse unas cuantas monstruosidades más para que despierte lo suficiente la conciencia de la buena gente de este país, la cual suele echarse largos sueños en espera de que el bien le gane al mal por su cuenta, es decir, sin que medie esfuerzo alguno de los buenos. La bandera confederada ha sido, es y será siempre un símbolo de odio racial. Pero muchos norteamericanos han llegado a pensar lo contrario, en parte, debido al más gigantesco revisionismo histórico que se ha realizado en Estados Unidos y que hemos padecido quienes hemos pasado por las secundarias y universidades del país. El objetivo es limpiar la mala conciencia y la derrota en la Guerra Civil de los estados esclavistas del sur.

Por más de cien años la literatura, el cine y la academia – para no hablar de políticos oportunistas y pusilánimes – han propagado la imagen de un sur bélico y prebélico felizmente poblado de damas rozagantes y caballeros bien plantados que promovían una cultura bucólica de la que formaban parte “sus negros”, fueran éstos esclavos o sirvientes manumitidos. Según los revisionistas, ese sur elegante no declaró la guerra fratricida principalmente para defender la institución genocida de la esclavitud sino el derecho de los estados a mantener cierta autonomía de un gobierno federal arbitrario. De esa narrativa falaz han partido infinitas campañas para rendirles homenaje a los símbolos y representantes del sur profundo y racista.

Es así como los generales confederados a menudo aparecen en películas de Hollywood como caballeros valerosos y gentiles. Las calles de las ciudades sureñas ostentan sus nombres con orgullo. Sus pueblos natales les han consagrado monumentos y honran su memoria año tras año. Hace unos días, en Dallas, vi las estatuas consagradas a Albert Johnson, Robert E. Lee, Stonewall Jackson y Jefferson Davis, entre otros, en cuyos pedestales se han inscrito lemas tan grandilocuentes como falsos. Uno de ellos patéticamente reza: “Los audaces labios del cañón sureño rugieron un himno sin respuesta al Dios de la Batalla”. Para darle mayor patetismo a la escena, aquella mañana una cuadrilla de trabajadores negros limpiaba la hojarasca que se esparcía por el Confederate War Memorial, situado en el corazón de la ciudad.

Pero sin duda el símbolo más exaltado por los revisionistas ha sido la bandera confederada. Y no una sino tres. La primera surgió en 1861, se conoce como la “Stars and Banners y sus principales características sobreviven en las actuales banderas de Georgia y Carolina del Norte. La segunda fue la “Stainless Banner” y se adoptó en 1863. Y la tercera es la “Blood-Stained Banner” de 1865, la cual aparece en la bandera de Mississippi y la que más veneran hoy los nostálgicos del sur racista. Muchos norteamericanos, especialmente en el sur, la enarbolan en sus casas o las exhiben en sus autos, conscientes o no de que al hacerlo les dan una bofetada sin mano a sus compatriotas negros, reniegan de las leyes que prohíben prácticas racistas y rechazan la concordia étnica que comenzó con el triunfo del norte en la guerra civil y que continúa como proyecto en desarrollo.

La necesidad de rechazar sin ambages símbolos de odio como las banderas confederadas choca con la importante protección de la libre expresión que la Primera Enmienda garantiza a todos los norteamericanos, inclusive a los ignorantes y racistas. Por doloroso que ello resulte, esa protección justifica la tolerancia del uso individual de tales símbolos. Pero no que los utilicen ni mucho menos que los veneren gobiernos, como hacen los de Georgia, las Carolinas y Mississippi.

Tal vez el debate que se ha desatado ayude a poner en perspectiva esta distinción fundamental. En la lucha contra el racismo y a favor de la tolerancia, nuestros gobiernos federal, estatales y locales tienen una responsabilidad especial porque en principio nos representan a todos por igual.

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