Daniel Morcate

El circo electoral

No es exagerado decir que el tono hilarante y bajuno de la actual campaña presidencial ha quedado establecido gracias a, aunque no exclusivamente por, la verborrea exhibicionista de Donald Trump. Con acondicionamiento pavloviano las cámaras de televisión y las otras siguen y seguirán puntualmente a Trump adondequiera que se le ocurra despotricar. Luego, con toda probabilidad, harán lo mismo con cualquier otro de las decenas de precandidatos presidenciales que haya asimilado la lección: todo lo que necesita un aspirante para llamar la atención de las multitudes, por la vía mediática, es hacer un poco el payaso, decir unas cuantas barbaridades contra alguien o algo y luego reiterarlas como si formaran parte de un discurso coherente. Por su larga experiencia en la tele, Trump conoce el paño mejor que los demás postulantes. Pero ha enseñado el camino y otros menos aptos para el exhibicionismo en los medios lo seguirán.

¿Cómo hemos llegado a esta forma de hacer campaña presidencial? Lo fácil sería admitir que las bufonadas siempre han sido parte integral de las contiendas presidenciales en Estados Unidos. Hay mucho de cierto en ello. Pero el sistemático tono circense de la actual campaña es tal que nos permite afirmar que estamos presenciando un fenómeno excepcional, un nivel de histrionismo entre aspirantes que en conjunto sobrepasa los que registra nuestra memoria reciente. Y Donald Trump no es el único protagonista aunque sea el más emblemático. Durante el feriado de pascuas, el Independent Journal Review, con la complicidad de algunas campañas, simuló que ocho aspirantes republicanos y ocho demócratas recorrían en piloto automático la Casa Blanca para ver cómo se peleaban entre ellos. Las chicas de la noche de un famoso burdel de Nevada han creado HookersforHillary.com, un portal dedicado a mostrar su apoyo entusiasta por la precandidata demócrata. La propia Clinton acordonó a los periodistas para que no se le acercaran durante un recorrido por Nueva Hampshire. Ben Carson convirtió el lanzamiento de su candidatura presidencial en un homenaje a su descomunal ego. La campaña de Ted Cruz es tan caricaturesca que ha desencadenado centenares de lemas satíricos como este que alude a su postura antiinmigrante y su nacimiento en Canadá de madre norteamericana y padre cubano: “Soy el último inmigrante que ustedes van a necesitar”. Los ejemplos son incontables.

Detrás del tono burlesco de esta campaña alienta una realidad evidente: nuestra apuesta por la civilización del espectáculo es tan fuerte que ya no somos capaces de hacer nada importante, como elegir a un presidente, sin apelar sistemáticamente a la chacota, el vacilón y la vulgaridad. Nos hemos acostumbrado tanto a la cultura kitsch que la preferimos en todos los renglones de nuestra vida. Los creadores de imágenes, como esos que moldean a los aspirantes presidenciales, entienden muy bien nuestras debilidades y preferencias. Y nos dan por la vena del gusto. Algunos son verdaderos expertos en lo que en la tele llamamos “shock value”, la práctica de provocar a la audiencia con sensacionalismo para que mantenga la sintonía.

Como no soy puritano, la verdad es que disfruto el lado jocoso de la contienda siempre y cuando no presuponga prejuicios racistas como los comentarios ofensivos de Trump sobre los inmigrantes mexicanos. Pero el tono circense implica riesgos para el proceso de elegir presidente. Uno es que tiende a reemplazar la discusión seria sobre los problemas nacionales que deberá afrontar el próximo mandatario. Otro es que puede alimentar el escepticismo y la marginación de muchos votantes, especialmente aquellos que no sepan ver más allá del kitsch y la humorada. En general, el relajo politiquero nos puede hacer olvidar demasiado que en cada elección presidencial, y en otras elecciones generales, están en juego la seguridad y la calidad de vida de todos los norteamericanos.

Sea como fuere, la campaña presidencial como espectáculo no parece tener vuelta atrás. Llegarán momentos un poco más circunspectos, como los debates entre candidatos. Pero en ella se ha instaurado con firmeza el tono de chacota y cachondeo. Esto habría hecho las delicias del inolvidable Groucho Marx, quien graciosamente definiera la política como “el arte de buscar problemas, encontrarlos en todas partes, diagnosticarlos incorrectamente y aplicarles remedios equivocados”.

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