Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Animales políticos

Como suele suceder en época electoral, las campañas políticas han subido (¿o bajado?) el tono en algunos casos a nivel de cloaca. Prolifera el intercambio de insultos y descalificaciones en lugar del debate de ideas y temas de interés para los ciudadanos. Los anuncios radiales y televisivos se limitan casi a sacar, y en ciertos casos a inventar, los esqueletos del armario de cada candidato. Y luego, incomprensiblemente, éstos se quejan de que los periodistas nos enfocamos demasiado en los trapos sucios que se arrojan entre ellos. Se entiende, entonces, que muchos votantes se sientan hastiados de la politiquería reinante y amenacen con no acudir a las urnas en noviembre. Está a la orden del día el “para qué voy a ir a votar si ningún candidato se lo merece”. Esta vez se lo he oído decir a gente de toda laya, desde un empleado del Aeropuerto Internacional de Miami hasta una universitaria, desde un abogado de inmigración y un médico hasta, ay, un colega periodista que año tras año dedica días enteros a informar sobre las campañas. Los expertos predicen un inquietante ausentismo electoral.

Y sin embargo se impone preguntar sobre la responsabilidad que todos tenemos en este panorama aparentemente desolador que lamentamos. Porque, vamos a ver, ¿de dónde salen los políticos que se despedazan mutuamente durante cada campaña? ¿No es acaso de nuestra propia voluntad electoral? ¿Y por qué recurren a métodos tan bajunos para procurar nuestros votos? ¿No es precisamente porque nosotros se lo consentimos y no pocas veces les alentamos a hacerlo? Nada estimula más la politiquería que tanto desdeñamos como nuestra propia indiferencia a la política, esa actitud entre arrogante y simplona que nos hace alejarnos de las discusiones y lecturas políticas y, en el peor de los casos, de las urnas mismas.

En la democracia, todos somos políticos, aunque algunos crean o finjan no serlo. Nuestra condición política se refleja, sobre todo, en los esfuerzos que hacemos para informarnos y educarnos a la hora de votar y escoger a quienes nos van a representar. Mientras menos nos esforcemos para entender los retos de cada momento, menos capacitados estaremos para escoger bien a nuestros representantes. O por lo menos para seleccionar a los menos malos. Pues en definitiva de eso se trata.

En esta materia hay varias posibilidades. Una es que la gente sea mejor que los políticos a los que elige para gobernarla. Otra es que los políticos sean mejores que la gente que los elige pero se vean obligados a disimularlo para ganar elecciones. Y la tercera, por la que me inclino, es que los políticos tengan más o menos la misma calidad humana que tienen aquellos que votan por ellos. Si en efecto es acertada esta intuición, sería un motivo para aspirar a que todos mejoremos como personas, tanto el ciudadano común como el político, de tal manera que podamos enfrentar con mayor eficacia y beneficio para todos los inevitables desafíos que nos depara la vida en común. Pero exactamente ¿en qué consistiría esa mejoría estipulada? Consistiría en cobrar plena conciencia de nuestra condición de animales políticos, dejar de imaginarnos o fingir que la política no nos atañe, informarnos mejor, participar más en la cosa pública y, de ser necesario, involucrarnos en las contiendas en las que se deciden los asuntos que incidirán sobre nuestras vidas.

El mejor antídoto para la politiquería no es la indiferencia sino el empleo consciente y activo de nuestras facultades políticas. Por supuesto, esto no garantiza resultados. A veces elegimos a patanes o a ineptos cuando creíamos haber escogido buenos candidatos. Pero la suerte es que podemos revocarlos en las próximas elecciones. Se trata de una facultad y un derecho extraordinarios del que goza menos de la mitad de la humanidad. Gracias a ellos, los beneficiarios de la democracia siempre podemos aspirar a mejorar nuestro sistema político, soñar con los cambios que ese sistema necesita para estar a la altura de nuestras expectativas y anhelos como ciudadanos. Tales mejoras, desde luego, solo pueden ser el resultado del ejercicio paciente y eficaz de nuestros derechos políticos.

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