Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Sicólogos de la tortura

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 exacerbaron el patriotismo sano de muchos norteamericanos. Pero también el insano de algunos. Una manifestación poco conocida de este último fue la aparente colaboración de sicólogos y líderes de la Asociación Norteamericana de Sicología, APA por sus siglas en inglés, en las torturas disfrazadas de técnicas legítimas de interrogatorio a sospechosos de terrorismo. Todo indica que les prestaron una mano importante a agentes del Pentágono y de la CIA que simulaban el ahogamiento de sospechosos, les impedían dormir durante días y les infligían otros castigos violentos para agotarlos, desmoralizarlos y arrancarles confesiones que, por cierto, nunca llegaron. Al menos no por esos métodos primitivos. Esta semana la APA delibera finalmente sobre estos hechos durante su convención anual en Toronto, Canadá. Y tiene la oportunidad de cerrar de una vez ese capítulo oscuro de su historia.

A petición de nuevos dirigentes de la APA, un abogado de Chicago, David Hoffman, encabezó un panel de expertos que investigaron el rol de sicólogos en las torturas que se llevaron a cabo durante el gobierno del Presidente George W. Bush. El resultado fue el Informe Hoffman, 542 páginas que detallan no solo la complicidad de sicólogos militares en las torturas sino también cómo funcionarios de APA se congraciaron con el Pentágono alineando el código ético de su organización con las nuevas y brutales pautas de interrogatorio. “La oficina de ética de la asociación”, destaca el informe, “dio prioridad a la protección de los sicólogos – inclusive de aquellos que pudieran haber mostrado una conducta poco ética – por encima de la protección del público”.

El reporte identifica asimismo a sicólogos “externos”, es decir, ni militares ni miembros de la inteligencia, que se prestaron para proteger los programas de interrogatorio que eventualmente provocaron un escándalo mundial y a los tuvieron que renunciar la CIA y el Pentágono. En conjunto, estos especialistas proporcionaron la sicología de la tortura que buscaba el gobierno.

Como suele ocurrir en casos en que la decencia está en juego, apenas un puñado de miembros de la APA se atrevió a denunciar desde el principio los excesos que cometían sus colegas. Y pagaron un alto precio por su civismo, pues fueron víctimas de calumnias y hostigamiento profesional que duran hasta hoy. Pero la tortilla pudiera estar virándose. La APA se acaba de disculpar por el comportamiento de sus antiguos dirigentes, muchos de los cuales se vieron obligados a renunciar o fueron despedidos. Los transgresores, desde luego, no se han resignado, siguen invocando su patriotismo y quejándose de que son víctimas de una supuesta conspiración antigubernamental. En Toronto la APA puede y debe aclarar los hechos y trazar pautas éticas estrictas para sus integrantes.

La meta de la APA ha de ser contribuir a que no se repita la complicidad de sus dirigentes y miembros en acciones ilegales y contraproducentes. Las torturas que practicó el gobierno de Bush lesionaron a prisioneros a veces de manera permanente; muchos resultaron ser inocentes, según demostraron investigaciones posteriores que realizaron el propio gobierno y el Congreso; las autoridades no lograron presentar un solo ejemplo de tortura que condujera a una confesión que a su vez previniera un atentado terrorista; y encima algunos funcionarios que infligieron las torturas han sufrido daños emocionales. Solo la irracionalidad y la desinformación sobre lo ocurrido con los sospechosos de terrorismo aún hacen que muchos norteamericanos confundan el recurso de la tortura con una manifestación válida de patriotismo.

Pero acaso la consecuencia más grave de estas prácticas deleznables es que apartaron a Estados Unidos de una noble tradición: más de seis décadas de denuncia consecuente de las torturas que han practicado y practican otros gobiernos. La presunción de Washington era que la emergencia nacional provocada por el 9/11 justificaba el torturar a sospechosos. Bastaba con rebautizar los métodos de suplicio. Era una presunción falsa en el principio que la animaba – el fin justifica los medios – y nociva en sus efectos, como revelan los propios informes oficiales. El Informe Hoffman no es oficial, pero puede y debe servir de guía para que la APA termine de sacudir la mata pues en sus filas aún quedan algunos patriotas descarriados.

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