Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: La mala hora de Donald Trump

El candidato presidencial Donald Trump responde una pregunta durante el primer debate de los aspirantes republicanos en el Quicken Loans Arena, en Cleveland, el 6 de agosto.
El candidato presidencial Donald Trump responde una pregunta durante el primer debate de los aspirantes republicanos en el Quicken Loans Arena, en Cleveland, el 6 de agosto. ap

Han surgido indicios de que la campaña populista de Donald Trump hace agua. Mucho había demorado. Pero era previsible. Los demagogos, que con su narcisismo suelen elevarse sobre las espaldas de los ingenuos, terminan enseñando sus peores cartas. En muchos otros países, un tipo como Trump tendría una larga carrera política y acabaría imponiendo su voluntad a un rebaño sumiso, apocado y políticamente ignorante. En Estados Unidos eso es más difícil. Tan difícil que nunca ha sucedido en más de 200 años de república. Esta es una razón importante: la democracia es el producto de un ejercicio prolongado y constante de las facultades políticas de un pueblo, de la puesta a prueba de sus instituciones cívicas y del consenso mayoritario de que se trata del menos malo de todos los sistemas de gobierno. Algunas instituciones democráticas mantienen en jaque a Trump y lo conminan o bien a renunciar al populismo –algo que difícilmente podría hacer dado su narcisismo– o bien a desacreditarse o abandonar la contienda presidencial.

El mejor ejemplo fue el primer debate presidencial republicano. Contra pronósticos y expectativas, el equipo periodístico de la Cadena Fox bombardeó a Trump y a los demás participantes con preguntas contundentes sobre los puntos débiles de sus respectivas campañas. Algunos pasaron la dura prueba con decoro. Otros, en cambio, pusieron en evidencia que sus debilidades son crónicas y probablemente irremediables. Fue el caso de Trump. Ante una audiencia de republicanos influyentes, el empresario de bienes raíces fue el único que rehusó comprometerse a respaldar a un nominado del GOP que no fuera él y a no postularse por un tercer partido; dio respuestas evasivas a preguntas concretas sobre temas sustanciales; y se enfrascó en una controversia personal con la moderadora Megyn Kelly, quien desnudó su zafiedad. Apenas horas después del encuentro, Trump sugirió que Kelly lo había maltratado porque estaba menstruando. El niega que ese fuera el sentido de sus palabras.

El primer debate presidencial republicano fue un momento grande para el periodismo norteamericano, la institución democrática que lleva sobre sus hombros el peso de evaluar e informar sobre los aspirantes a la Casa Blanca. Como Fox corporativamente se ha labrado un nicho significativo entre los conservadores, muchos esperaban o temían que sus periodistas se mostraran complacientes con Trump y otros candidatos. Pero los periodistas de Fox se colocaron por encima de esas expectativas y temores y fueron admirablemente fieles a su mandato profesional, haciendo las preguntas que se debían hacer y no las que hubieran querido escuchar los participantes y sus partidarios. Trabajos periodísticos de esa altura y honestidad arrancaron a Oscar Wilde estas memorables palabras hace un siglo: “En Estados Unidos, el presidente reina durante cuatro años pero el periodismo gobierna siempre”. Como justa recompensa, 24 millones de personas vieron el encuentro de Fox, la mayor audiencia que ha presenciado un debate presidencial durante las primarias.

Trump, desde luego, cuenta con suficientes simpatizantes y dinero para permanecer en la contienda republicana incluso como puntero. Y como él mismo indicara, podría quedarse en ella como aspirante independiente o de un tercer partido. Pero su actuación en el debate lo dejó política y moralmente maltrecho. La conferencia RedState de activistas conservadores en Atlanta le retiró una invitación como orador por la vulgaridad con que trató a Kelly. Su principal asesor político, Roger Stone, abandonó la campaña, criticando las “distracciones” del candidato respecto a los temas que lo llevaron a postularse. Y millones de televidentes vieron su incapacidad de sustentar con evidencias sus comentarios populistas, como la afirmación de que el gobierno mexicano nos envía a sus peores ciudadanos.

Aves de mal agüero advierten que en Estados Unidos llegó la hora del populismo. Citan como ejemplo las ruidosas candidaturas presidenciales de Trump y otros como el demócrata Bernie Sanders y el republicano Ted Cruz. La realidad es que en el país, como en todas partes, populismo ha habido siempre. Y siempre lo habrá, aunque algunas veces haga más bulla que otras. Pero las sólidas instituciones democráticas norteamericanas solo dejan dos opciones a los populistas: o se moderan y convierten en candidatos sobrios y circunspectos o se condenan a ser meras anécdotas para la historia.

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