Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Epidemia de miedo

Una zona en Ghana ocupada por refugiados liberianos que huyen del brote de ébola en Liberia. La epidemia ha creado pánico en Occidente.
Una zona en Ghana ocupada por refugiados liberianos que huyen del brote de ébola en Liberia. La epidemia ha creado pánico en Occidente. AP

No cabe duda de que los habitantes de África Occidental están sufriendo un alarmante brote de ébola que ha adquirido visos de epidemia. Se estima que más de 10,000 personas se han contagiado y más de 4,500 han muerto por allí. Pero sospecho que en Europa y aquí, en Estados Unidos, la verdadera epidemia que ha desatado el ébola ha sido de histeria y de miedo. La pregunta es por qué. Y si pudo haber sido de otra manera. La respuesta, creo, hay que buscarla en la compleja y sofisticada psiquis que hemos desarrollado los occidentales; y en la nada envidiable tarea que tienen nuestras autoridades políticas y sanitarias de buscar un equilibrio razonable entre la necesidad imperiosa de prevenir el contagio con ébola en nuestras comunidades abiertas y la necesidad igualmente importante de evitar que el pánico nos haga daño sicológico y material.

Cuando digo que padecemos una epidemia de histeria y miedo no hablo a la ligera. Veamos ejemplos. En la localidad de Alorcón, situada en las afueras de Madrid, se han desplomado los ingresos prácticamente de todos los negocios porque allí vivía María Teresa Romero, la enfermera española que contrajo ébola. Romero, por fortuna, ya recupera su salud. Pero las arcas de los comerciantes no se van a recuperar en largo tiempo. En Macedonia, las autoridades colocaron en cuarentena durante días a un hotel luego que un empresario británico que allí se hospedaba muriese de “síntomas extraños”. Decenas de turistas se quedaron varados en su interior. Pero el empresario del cuento resultó ser un infeliz borrachín que pagó con la vida sus veleidades etílicas. Y en París la alcaldía clausuró dos edificios porque en ellos sendos africanos se enfermaron con síntomas “parecidos a los del ébola”. Días después, ambos dieron negativo en las pruebas médicas. Sin embargo, los edificios continuaban cerrados al momento de escribir estas líneas.

Aquí en Estados Unidos no nos va mucho mejor. Centenares de empleados se han negado a limpiar aviones en distintos aeropuertos a menos que les garanticen que no se van a contagiar. 200 de ellos no acudieron al trabajo en el Aeropuerto de La Guardia en Nueva York la semana pasada argumentando que no tienen suficiente protección. Y una reciente encuesta del Washington Post y la cadena ABC revela que dos de cada tres norteamericanos están muy preocupados por la posibilidad de que se desate una epidemia de ébola en nuestro país. Cuatro de cada 10 temen contraer la enfermedad. Esto, a pesar de que los expertos sanitarios no han cesado de aclarar que son mínimas las posibilidades de contagio en nuestra sociedad médicamente avanzada.

Esta tendencia al pánico en parte es el resultado de la relativa seguridad con que nos hemos acostumbrado a vivir los occidentales, sobre todo en lo que respecta a la posibilidad de padecer epidemias. Sabemos o presumimos que los brotes de enfermedades raras surgen en otras latitudes menos afortunadas y que nosotros contamos con medios muy desarrollados para evitarlos. Pero esta convicción nos da un falso sentido de confianza que se resquebraja tan pronto se desata un fenómeno potencialmente global como el ébola. Entonces cuestionamos la efectividad de las autoridades a las que hemos confiado nuestra protección. Y tendemos a confiar en los medios que no siempre saben ni quieren poner el problema en perspectiva. Se lo impide a menudo el afán de dar más y más noticias sobre la amenaza de moda. Y de darlas antes que los medios de la competencia.

“En nuestro mundo racional y científico no queda espacio para lo desconocido”, advierte Claudin Burton-Jueangross, socióloga de la Universidad de Ginebra. El ébola, una enfermedad cuya cura definitiva está por inventarse, representa un riesgo que desafía nuestro optimismo racionalista. Esto nos hace muy difícil el mantener el problema en perspectiva. No es que la amenaza de ébola en Occidente sea tan grave como algunos la pintan y como tantos creen. Es más bien que el carácter desconocido del ébola alimenta nuestra sensación de inseguridad. Esto obliga a reaccionar constantemente a nuestros líderes y medios, creando un círculo vicioso que se prolongará hasta que llegue la próxima “amenaza” desconocida.

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