Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Esclavos modernos

Médicos cubanos varados en Colombia realizan una protesta en la plaza Banderas, en Bogotá, por la demora en recibir visas de Estados Unidos, el sábado pasado.
Médicos cubanos varados en Colombia realizan una protesta en la plaza Banderas, en Bogotá, por la demora en recibir visas de Estados Unidos, el sábado pasado. AP

Una consecuencia previsible de la normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba será la desvalorización de esos cubanos que hoy ruedan por el mundo con rumbo incierto. Ya se palpa en el ambiente. Si Estados Unidos reconoce como legítima a la dinastía de la familia Castro, razonan otros gobiernos, entonces nosotros no tenemos por qué tratar con miramientos a los cubanos que nos dan la paliza con eso de que quieren asilo o refugio. Que regresen por donde vinieron. O que se marchen con sus plañidos a otra parte. Es lo que les está pasando a más de mil médicos que “desertaron” de las misiones castristas en Venezuela, Ecuador y Bolivia y que permanecen varados en Colombia; a centenares de cubanos en México, donde el padre Alejandro Solinde, tenaz defensor de los humildes y perseguidos, denuncia que son víctimas de extorsión y otros maltratos; y a aquellos que prefieren arriesgarse en precarias embarcaciones por el peligroso Estrecho de La Mona antes que continuar soportando privaciones en la Isla de la Española.

“Nosotros somos esclavos modernos”, dice con amargura la doctora Inalbis Lao Miniel, una de los médicos encallados en Bogotá. “Somos profesionales y estamos buscando libertad para ejercer nuestra profesión”, agrega la odontóloga Mara Martínez. Uno de sus raros defensores, Julio César Alfonso, de Solidaridad sin Fronteras, pone el dedo en la llaga. “Es muy probable”, afirma, “que esto tenga que ver con las conversaciones entre La Habana y Washington y el acercamiento entre ambos gobiernos. Es bien sabido que el régimen castrista está haciendo presión para que se quite el programa (norteamericano) de refugio a médicos cubanos”. Y es bien probable que el gobierno de Estados Unidos mienta cuando asegura que el problema es solo burocrático, agrego yo.

En estos momentos ser un cubano que escapa de la isla es ser casi nada. Pero no siempre fue así. Al contrario. Durante décadas de represión y miseria en Cuba, siempre hubo por lo menos un gobierno, el norteamericano, dispuesto a mostrar compasión y asistir a los cubanos en fuga. Y siempre hubo organizaciones y líderes exiliados dispuestos a auxiliarles, a hacerles llegar ayuda básica para que en ningún momento dejaran de sentirse personas; y a luchar por su derecho a rehacer sus vidas en Estados Unidos u otros países. Yo fui uno de esos cubanos que, cuando llegué a España con mi familia en los setenta, recibí apoyo de exiliados que nos habían precedido.

Hoy parece haber mermado el celo humanitario de muchos exiliados. Es en parte el resultado de un destierro que ha durado demasiado. Pero también pudiera deberse a que algunos en realidad no son o no se sienten exiliados sino “cubanos del exterior”, como los ha bautizado la propaganda castrista. A menudo la asistencia que dábamos a los recién escapados de Cuba se canalizaba a través del gobierno norteamericano o de iglesias. Pero hoy tanto el uno como las otras están demasiado ocupados haciendo las paces con el régimen de los Castro, ayudando diligentemente a construir el futuro chino o vietnamita de los cubanos. Y los compatriotas que ahora influyen sobre nuestro gobierno son “true believers”, gente buena –entre la que tengo amigos– pero fanáticamente decidida a ver solo el lado rozagante de las nuevas relaciones con La Habana. Basta con observar cómo celebran como críos cada paladar que surge en la isla; el más reciente “gesto” del “historiador” de La Habana Eusebio Leal; o la última boutade cínica de Silvio Rodríguez (“Cuba sí, yanquis también").

Y sin embargo los cubanos que se saben o se sienten esclavos modernos merecen mejor suerte y defensa por parte de aquellos que les precedimos en esa terrible condición. Merecen recibir ayuda material enviada a través de organizaciones del destierro (aunque los true believers las acusen de robar); mayores esfuerzos de los legisladores que hemos escogido (aunque los true believers los acusen de demagogia); y más apoyo moral y económico de quienes antes pasamos por lo que ellos pasan (aunque los true believers nos acusen de aferrarnos al pasado). “El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”, dijo Faulkner. Su sentencia viene como anillo al dedo a la situación de los cubanos.

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