Daniel Morcate

Socios en el crimen

El líder norcoreano Kim Jong-Un (centro) inspecciona un complejo de apartamentos para educadores en la Universidad de Tecnología Kim Chaek, en Pyongyang.
El líder norcoreano Kim Jong-Un (centro) inspecciona un complejo de apartamentos para educadores en la Universidad de Tecnología Kim Chaek, en Pyongyang. AFP/Getty Images

El régimen de la familia Castro está añadiendo a su abultado currículum una nueva misión internacionalista: interceder por la brutal dictadura de Corea del Norte. Mientras sus compañeros de viaje le tiran la toalla al castrismo en las capitales de Occidente, el castrismo recorre las mismas capitales para rogar que se la tiren al impresentable dictadorzuelo Kim Jong Un. El Diablo los cría y ellos se juntan. Y compinches e ingenuos de cada generación se hacen eco en nuestras democracias de sus maniobras propagandísticas al tiempo que ignoran sus tropelías. Veremos la misma película una y otra vez mientras haya dictaduras. Y gente inconsecuente. O sea, siempre. Por fortuna, el final de la película no tiene que depender solo de los infatigables fellow travelers.

Pero me desvío del asunto de estas líneas. El asunto es que en estos días diplomáticos castristas van de país en país intentando convencer a los gobernantes democráticos de las bondades ocultas del tercer emperador de la dinastía totalitaria norcoreana. El mismo que mata de hambre a miles de sus súbditos cada año y mantiene a cientos de miles en campos de concentración. “Los cubanos”, le dijo un diplomático europeo a la revista Foreign Policy, “han estado haciendo la diplomacia de los norcoreanos porque éstos no son tan hábiles”. ¿Y en qué consiste la “hábil diplomacia” cubana? En esencia, La Habana les está pidiendo a las democracias que se abstengan de condenar los crímenes de lesa humanidad de Corea del Norte que detalla un reciente informe de 372 páginas de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

El régimen castrista comparte con el norcoreano el temor de que ese informe conduzca a un juicio internacional contra Kim Jong Un. Varios países, encabezados por Japón, impulsan el proceso. Lo mismo hacen miembros de la Unión Europea que se liberaron del comunismo. Y La Habana teme que, de materializarse, se convierta en otro antecedente que eventualmente pueda invocarse para tratar de procesar a la dictadura familiar de los Castro. Al Castro de turno, vamos. ¿Temor exagerado? No, si tenemos en cuenta que un juez honrado y consecuente lucha, precisamente, por llevar ante la justicia a gobernantes que de manera sistemática violan los derechos humanos. Se llama Michael Kirby, es australiano y encabeza la comisión de la ONU que recomendó enjuiciar al tiranuelo norcoreano. “Las Naciones Unidas”, subraya Kirby, “habla interminablemente de derechos humanos…y de la obligación de que aquellos culpables de crímenes contra la humanidad respondan ante la justicia por sus crímenes”. Kirby le reclama al mundo democrático que actúe sobre la base de los principios humanitarios que dice profesar.

El informe de Kirby no solo expone los crímenes contra la humanidad de Kim Jong Un. También demuestra que no son circunstanciales, sino parte íntegra de las políticas de estado del dictador norcoreano. Es exactamente lo mismo que históricamente ha hecho la dictadura de los Castro. Por eso, sus emisarios recorren el mundo portando el mensaje de que Kim no es tan malo como lo pintan y que está dispuesto a probarlo. ¿Cómo? Autorizando, por primera vez en la historia, una visita a Corea del Norte del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU. Es algo en lo que Cuba también tiene experiencia. En cierta ocasión, La Habana autorizó una visita similar que no sirvió de nada salvo para quitarse de encima presiones internacionales.

La complicidad entre dictaduras ayuda a apuntalarlas y prolonga el sufrimiento de los pueblos que las padecen. Lamentablemente, no figura en los cálculos de quienes recomiendan políticas de compromiso o engagement con ellas. El tema brilla por su ausencia en la actual discusión pública sobre cuál debería ser la política norteamericana hacia Cuba. Pero la complicidad castrista con la aborrecible tiranía norcoreana es un buen ejemplo de por qué sí debería figurar. La Habana también ayuda a Pyongyang a violar el embargo armamentista que se le impuso por ser un régimen paria y agresivo, que ni siquiera vacila en encarcelar y torturar a civiles extranjeros. Cuando se hable de política hacia Cuba, alguien debería tener estos elementos en cuenta. De ello podría depender el bienestar de millones de personas que no pueden participar en este debate crucial.

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