Daniel Morcate

La campaña en Puerto Rico

Rincón – La contienda presidencial de Estados Unidos está encontrando fuerte eco en un Puerto Rico gravemente herido en lo económico. El Puerto Rico de la deuda impagable de $72,000 millones. El de las decenas de tarifas e impuestos nuevos. El que se deshace de su gente nativa, incluyendo la más joven y promisoria, porque no puede mantenerla. El que coloca el duro lastre de la supervivencia sobre las espaldas de sus ciudadanos productivos, esa clase media que va desapareciendo como por arte de magia negra. El que recurre a la delincuencia, el fraude y la corrupción para poner un plato de comida sobre la mesa familiar y tal vez algo más. Ante este panorama desolador, los puertorriqueños se preguntan qué significa el temprano desfile de aspirantes a la presidencia, qué pueden aportar los ilustres visitantes más allá de las promesas y mensajes de conmiseración, qué dejan en la isla además de sacos de palabras cuidadosamente elaboradas y qué se llevan de ella que pueda ser útil para Puerto Rico en el futuro.

Ojalá hubiera una respuesta clara pero no la hay. Es intrínsecamente bueno que los aspirantes a la Casa Blanca se den un garbeo por Puerto Rico. Aquí pueden tomarle el pulso a la crisis económica que ya dura una década. Evaluar de primera mano sus efectos en la salud de los puertorriqueños, como hizo Hillary Clinton la semana pasada; en el sistema de educación pública, en el que el éxodo de 140,000 puertorriqueños en los últimos años ha obligado a cerrar escuelas y recortar plazas de maestros; en la seguridad pública, seriamente amenazada por quienes optan por la marginalidad extrema del robo, el asalto y el tráfico humano y de drogas.

Lo que sí parece evidente es que los aspirantes vienen a Puerto Rico porque les conviene políticamente. Con un status inferior a la estadidad, los puertorriqueños de la isla no votan en las elecciones generales para presidente. Pero sí pueden votar en las primarias siempre y cuando estén inscritos como demócratas o republicanos. Puerto Rico envía la nada desdeñable cantidad de 23 delegados a las convenciones partidistas. Y esto puede resultar particularmente importante para los republicanos. La Regla 40 b del GOP exige que, para llegar a la convención partidista, un candidato gane las primarias en ocho estados y territorios de Estados Unidos, como Puerto Rico. No en vano dos contendores republicanos, Jeb Bush y Marco Rubio, ya han hecho campaña en la isla. Y otros planean visitarla antes de que termine el año.

Pero la apuesta por Puerto Rico es, sobre todo, una apuesta por el voto potencialmente decisivo de los puertorriqueños que viven en estados cruciales para la elección general, como la Florida y Ohio, y otros que son claves para las primarias, como Nueva York y Nueva Jersey. Estimulados por los problemas de la isla, el doloroso éxodo en masa y las campanas cívicas, los puertorriqueños se están inscribiendo en cantidades récord para votar en Estados Unidos. Los precandidatos presidenciales lo saben. En el caso de los demócratas, como Martin O’Malley, quien también visitó la isla en agosto, y la propia Clinton, necesitan el voto boricua para mejorar sus perspectivas de triunfo. Clinton lo obtuvo en las primarias de 2007 cuando superó fácilmente a Barack Obama por un margen de 2 a 1 en Puerto Rico. Por eso describió su reciente viaje como “una visita de agradecimiento”. Por eso y por el medio millón de dólares que recaudó aquí, cifra no muy diferente a la que se llevó Marco Rubio. Sumas nada despreciables para un país que no puede pagar sus cuentas.

En el mejor de los casos, los presidenciables que visitan Puerto Rico pueden llevarse una idea más completa de la magnitud de la crisis económica y de sus causas, algunas de las cuales pasan directamente por Washington. La más evidente y perniciosa fue la erradicación de los incentivos de impuestos a empresas norteamericanas bajo la Sección 936 del Código de Impuestos de Estados Unidos, decretada por el gobierno del presidente Clinton en los 90 y respaldada por congresistas de ambos partidos. Desde entonces no ha cesado la fuga de empresas estadounidenses ni el galopante desempleo que la acompaña. También ha hecho mucho daño, preciso es admitirlo, la drástica reducción de las bases y tropas norteamericanas en la isla. Quien conquiste la Casa Blanca podría ofrecer incentivos, con ayuda del Congreso, para que empresas norteamericanas se establezcan en Puerto Rico. Y podría coordinar con las autoridades puertorriqueñas una estrategia sensata para reestructurar la deuda sin ahondar el sufrimiento de los isleños. Por ahora, sin embargo, los ilustres visitantes parecen conformarse con declarar que vienen a escuchar y a entender el grave problema. No es poco. Pero tampoco basta.

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